Cuando la música suena, el mundo gira a 33 revoluciones por minuto. Ahí está la desgarradora Strange Fruit de Billie Holiday, que se convirtió en un himno contra los linchamientos raciales en los Estados Unidos de los años 30, o Waving Flag de K’naan, que fue capaz de llamar la atención sobre la situación de los refugiados en un contexto como el Mundial del 2010. La música es capaz de cambiar el mundo porque nos mueve y nos inspira a movernos. Incluso a pequeña escala, como en el concierto solidario que Antonio José dará el 13 de agosto en el Festival de Cap Roig, patrocinado por la Obra Social ”la Caixa”: parte de los beneficios se destinarán a hacer realidad una serie de talleres que fomentan la ocupación laboral en personas con problemáticas de salud mental.

Según un informe de la Confederación de Salud Mental de España, a día de hoy, el 84 % de las personas diagnosticadas con un problema de salud mental no tiene trabajo. Pero desde la fundación TRESC, a la que irá parte de lo recaudado en el concierto de Antonio José, trabajan día a día para que estas cifras sean cada vez más bajas.

A los varios talleres de preparación laboral que realizan —desde clases de informática hasta reparación de muebles, pasando por el mantenimiento de un supermercado solidario— se suma ahora un taller de reparación de bicis. “Cada vez hay más jóvenes con alguna problemática mental”, afirma Anna Maria, representante de TRESC en su sede de Palafrugell (Girona). “Por eso queríamos montar una actividad que incluyera mecánica y deporte, algo que les motivara”.

En esta primera toma de contacto del taller (que empezará oficialmente después del verano), los chicos empezaron a dar una segunda vida a bicis viejas —sacadas del depósito de la ciudad o de donaciones de vecinos. Estuvieron engrasando cadenas, inflando ruedas y dando una capa de pintura a los cuadros. Una vez arregladas, las donarán a personas que quieren una bici y no pueden permitírsela. “El hacer algo por alguien que lo necesita es una buena motivación para ellos; les ayuda a fijarse y mantener un objetivo y a mejorar su autoestima”, cuenta Mónica, educadora de TRESC.

 

 

“Obviamente no todos serán mecánicos o trabajarán en un supermercado”, prosigue. “Lo importante es que adquieran competencias laborales básicas: aprender a trabajar en equipo, tener una rutina y unos horarios, mantener el orden y la limpieza, comunicarse con los compañeros, etc.”. Porque, llegado un momento, todos queremos irnos de casa, vivir nuestra vida y empezar nuestros proyectos. Y, para eso, tener un trabajo es fundamental.

“Yo de pequeña quería ser astronauta”, cuenta Paula, a quien sus compañeros han bautizado hoy como “la Rambo” por las marcas que se ha pintado en las mejillas. “Pero, ahora que soy mayor de edad, creo que me gustaría abrir una panadería o ser editora de libros manga. ¡Soy una otaku!”, espeta con la alegría que le dan sus 19 años.

Algunos, más mayores, ya tienen experiencia laboral. Nassera estuvo trabajando de limpiadora en una lavandería y también de auxiliar de cocina, a lo que le encantaría dedicarse. Jordi, por su lado, ha trabajado en un hotel y en un camping. “Aunque la verdad es que a mí, que soy bastante manitas, esto de las bicis me gusta mucho”.

Para Anna Maria, la verdadera barrera a la que se enfrentan estos chicos y chicas para entrar en el mundo laboral no es su enfermedad, sino el desconocimiento. “En la sociedad, todavía hay mucho estigma sobre la salud mental. En cuanto dices la palabra ‘psiquiatra’ la gente piensa en problemas de conducta o de aprendizaje, cuando nosotros lo que trabajamos son emociones y pensamientos”, afirma. “Por parte de la empresa, solo tienes que intentar conocer a tu empleado para saber, por ejemplo, que si le gritas mucho se bloqueará o que si no le das espacio se sentirá incómodo. En realidad, es tan fácil como estar un poco atento a lo que necesita esa persona”, añade Mónica.

En la Fundación TRESC van a seguir trabajando a diario por el derecho de las personas con problemáticas de salud mental a un empleo digno. Y el 13 de agosto podemos sumarnos a su causa. ¿Por qué quedarnos sentados mirando, si podemos levantarnos a bailar y cantar para hacer del mundo un lugar un poquito más justo? Y si no puedes venir al concierto, también puedes contribuir desde casa. Como proclamaba a golpe de guitarra Patti Smith: “podemos darle la vuelta al mundo, hacer girar la Tierra en otro sentido, porque la gente tiene el poder”.