Son las seis y algo de la mañana. Poquito a poco, amanece en Barcelona. Media ciudad duerme todavía pero, en la plaza de la Ciencia de CosmoCaixa, dos girasoles se abren para perseguir el sol un día más. Sin embargo, no son girasoles como los demás: miden tres metros de altura y tienen placas fotovoltaicas en lugar de pétalos. Y junto al también nuevo jardín vertical son, sobre todo, un paso más del museo hacia la sostenibilidad. Un paso más… hacia una sociedad más justa.

Aunque la naturaleza tenga la capacidad de regenerarse por sí sola, no lo hace al mismo ritmo que los seres humanos consumimos sus reservas. Por eso ser sostenibles es precisamente “intentar ajustar nuestro desarrollo para que, como mucho, sea paralelo a la regeneración de los recursos naturales”, apunta Jordi Portabella, director del área de divulgación científica y CosmoCaixa. Con la búsqueda de este equilibro en mente, el centro ya contaba con un huerto urbano y un punto de recogida de aguas fluviales pero ahora, gracias a unas plataformas solares inteligentes, también vive de energía solar.

Como girasoles de verdad, en cuanto ven el sol, los Smartflower POP se lanzan a su busca y captura: se abren automáticamente como abanicos y siguen con sus placas el recorrido del astro para aprovechar sus rayos al máximo e inyectar la radiación solar en la red eléctrica del museo. Luego, al caer la noche, ellos solitos se vuelven a cerrar. Y así día tras día. En una hora, generan la energía suficiente como para mirar películas o series durante 15 horas. Y, al año, producen 11.600 kWh, lo que equivale al consumo medio anual de tres familias europeas. Esta iniciativa nos acerca un poco más, por tanto, a ese compromiso de la Unión Europea de utilizar al menos un 32 % de energías renovables en el 2030.

 

 

Y esta no es la única innovación introducida por el museo en términos medioambientales. Justo al lado de la cafetería, está empezando a crecer desde abril un muro hecho de romero, lavanda, tomillo, hiedra y todo tipo de plantas, 4.000 en total, de 14 especies propias de la zona mediterránea, que viven con muy poca agua y casi no necesitan mantenimiento. Los 115 m² de jardín vertical funcionan no solo como un oasis de biodiversidad dentro de la jungla de asfalto, que ayuda a mejorar la calidad del aire y a combatir los efectos del cambio climático, sino también como un laboratorio viviente: “Estamos analizando los tipos de sustratos que tenemos, dos hidropónicos y tres de tierra, para saber cuáles pueden ser más eficientes de cara al futuro”, avanza Jordi.

Lo que ya se sabe a ciencia cierta, cuenta, es que “la proximidad a jardines mejora la salud de las personas y, en especial, la capacidad de atención de los niños”. Así que padres, madres, profesores y profesoras, ya saben: a partir de ahora llenad aulas y habitaciones de plantas y sacad más a los chavalines al patio y a los parques. O quizás podáis empezar por llevarles a las visitas guiadas que CosmoCaixa organiza tanto en torno al jardín vertical y su evolución desde los jardines de Babilonia como a los girasoles solares.

No hay que olvidar que cuidar la calidad de los espacios donde vivimos es también un camino hacia una sociedad más justa. “Es conocido que, en Barcelona, por ejemplo, la esperanza de vida media puede variar hasta 11 años dependiendo de la zona en la que vivas. Esto deriva de muchos factores, y entre ellos están las condiciones ambientales. Por eso, defender la sostenibilidad es defender también la igualdad de oportunidades”. ¿Y qué mejor sitio desde el que promover esta causa que un sitio accesible y al servicio de todos los ciudadanos como es un museo?

 

Fotografía: Laia Sabaté