Platón ya decía que “la música es para el alma lo que la gimnasia, para el cuerpo” y, por tanto, no es de extrañar que sus virtudes terapéuticas se hayan apreciado desde el establecimiento mismo de las reglas de la armonía. Conscientes de los enormes beneficios que puede aportar la música, los miembros del Quantum Ensemble, la orquesta de cámara residente del Auditorio de Tenerife, con el apoyo de Voluntarios de ”la Caixa”, ofrece actuaciones personalizadas dirigidas a los colectivos más desfavorecidos de nuestra sociedad. El resultado es sorprendente no solamente para las personas beneficiadas, sino también para los propios músicos, que, acostumbrados a un público rígido y a veces encorsetado, aprecian la espontaneidad de la respuesta de este público inhabitual.

La musicoterapia como tal es una disciplina relativamente reciente pero hay constancia, desde el antiguo Egipto, de la búsqueda de beneficios para la salud física, mental y emocional a través de la producción de sonidos. De hecho, nada menos que Pitágoras puso en relación la armonía musical con la del cuerpo y Aristóteles incluso asignaba a cada modo armónico un estado de ánimo. En la actualidad la musicoterapia plantea promover el autoconocimiento y la expresión personal para satisfacer así necesidades tan básicas como la autoestima y las relaciones con los demás.

 

 

Carlos Vázquez es responsable de la oficina técnica de voluntariado y gestiona el programa de Voluntarios de ”la Caixa” en Tenerife. Nos explica que la iniciativa surgió de los propios músicos y que los voluntarios se lanzaron con entusiasmo al proyecto, en el que también están implicados los educadores. “El proyecto va dirigido a un público muy amplio, desde niños con discapacidad funcional hasta mujeres en riesgo de exclusión social. El mes pasado vinieron mujeres procedentes del mundo de la prostitución, que habían sido víctimas de trata de blancas, que vivían en albergues… mujeres que han tenido una vida muy dura y que por primera vez iban a un auditorio”. El simple acceso a otras facetas de la vida, relacionadas con la belleza y la cultura, ya justificaría una actividad como esta, pero la aportación es mucho mayor y alcanza una trascendencia difícil de calibrar.

Una de las voluntarias, la joven Maribel, destaca que “para los niños con Asperger o autismo, la música les permite conectar con sus emociones, algo fundamental para ellos”. Dar forma a nuestras emociones es el primer paso para conocerlas y, por tanto, conocernos mejor a nosotros mismos. Pero la música también es una herramienta sin igual para entrar en contacto con los demás y con el mundo, un mundo que para muchos de estos colectivos presenta demasiadas veces un rostro hostil. Así lo confirma la educadora Laura Costa: “Los niños se abren más a expresar lo que sienten y aprenden que todos compartimos los mismos sentimientos. Les ayuda a conocer sus propias emociones y a identificarlas, a comunicarse, a abrirse a los demás y a expresar sentimientos de tristeza o frustración”.

Guacimara Alonso, ayudante de producción del auditorio, destaca la diversidad de respuestas expresadas por los niños, así como sus ganas de participar: “En noviembre, cuando vinieron grupos con niños que sufren Asperger y autismo, fue muy curioso ver sus reacciones, porque fueron muy diferentes. Se rompió la famosa cuarta pared del escenario y más de uno quiso dirigir a la orquesta”. Lo importante para acotar correctamente las actividades, para Guacimara, es que el grado de discapacidad sea relativamente similar entre los niños, y destaca también el valor de abrirles nuevas experiencias: “Hay que tener en cuenta que hay niños con discapacidad a los que nunca les llevan al cine porque si se aburren o algo les molesta se pueden levantar o ponerse a hablar”.

Para Cristóbal Barrios, clarinetista del Quantum Ensemble, “la experiencia siempre es maravillosa”. Frente al exceso de ceremonia y seriedad del público habitual de música clásica, los músicos agradecen la espontaneidad de unos colectivos que no están sometidos a las normas de comportamiento habituales. “El sentimiento que tenemos los músicos es que somos nosotros los que deberíamos estar agradecidos de que nos traten con tanto cariño”, apunta Cristóbal. “Normalmente hay una barrera entre el músico clásico y el público, y agradecemos que aquí no la haya y que puedan ocurrir cosas diferentes. Por ejemplo, el otro día, una niña de 4 años quiso dirigir al grupo. Le dimos unas pautas y fue muy divertido. ¡Al final todos los niños querían hacerlo!”

Además de aproximar a estos colectivos a música e instrumentos con los que no se suelen relacionar, la actividad puede incluso despertar vocaciones. Es el caso de la pequeña JM, una niña de 10 años fan de la música urbana y que escuchaba música de cámara por primera vez en su vida. El impacto debió ser fuerte porque ahora la pequeña no quiere rapear, no quiere bailar reguetón, ni siquiera quiere tocar la guitarra eléctrica, sino que… se plantea aprender a tocar la viola.

 

Texto: Raúl M. Torres
Fotografía: Rubén Plasencia