No todos los héroes llevan capa. Es más: hay algunos que, por no llevar, ni siquiera llevan nada remotamente parecido a esos trajes ajustados a lo Spiderman. Marcar tipín no está entre sus prioridades y tampoco tienen un villano contra el que pelear (ni les interesa tenerlo). Además, como todo héroe, salvan decenas de vidas (y mejoran y facilitan las de muchos más), pero lo hacen casi en secreto, sin montar numeritos. De hecho, es probable que alguno se haya cruzado contigo hoy mismo y ni te hayas dado cuenta. No importa. Ellos no nacieron para llevarse medallas, sino para hacernos la vida más fácil. El Vitra Design Museum en cooperación con Hi-Cone y con el apoyo de la Obra Social ”la Caixa” les han rendido homenaje en la exposición “Héroes ocultos. Inventos geniales. Objetos cotidianos”.

 

EL BOLÍGRAFO
Aunque ahora parezca absurdo, durante mucho tiempo escribir fue un privilegio reservado a los ricos. No solo por los niveles de alfabetización, sino por el elevado precio de los materiales necesarios para escribir. Y, aun resueltos estos costes, al introducir una vena de tinta en un tubo de plástico, nadie conseguía que el flujo de colorante sobre el papel fuese constante… Hasta que un día de 1938 el periodista László József Bíró se topó con unos niños que jugaban a las canicas. Al ver como una de estas pasaba por un charco y dejaba una estela firme tras de sí, se le ocurrió que los bolis podían funcionar igual. Introdujo en su extremo una bolita diminuta, y así nació este héroe de la democracia que hace posible que cualquiera pueda escribir y, por consecuencia, acceder a la cultura.

 

LA PINZA PARA TENDER
Cinco centímetros de pura perfección tecnológica. Eso es lo que es una pinza para tender. Tanto sus materiales (madera o plástico) como su mecanismo son de una sencillez absoluta: dos piezas unidas por un muelle. Al hacer presión con los dedos, se abre. Al soltarlo, se cierra. Nada más. Pero, solamente con esto, es capaz de cerrar todos los paquetes del mundo y de sujetar en un tendedero todos los jerséis y calcetines y sábanas que salen a diario de todas las lavadoras del planeta. Esta heroína oculta salva miles y miles de hogares al día: es económica, todo el mundo se la puede permitir y es eficaz, pues colgada es como la ropa se seca antes.

 

 

LA TIRITA
Si fuésemos superhéroes, no necesitaríamos que este héroe oculto viniese en nuestra ayuda. Pero resulta que no somos invulnerables. Nos tropezamos y nos pelamos la rodilla, cortamos el pan con prisas y nos hacemos un tajo. Por suerte, siempre podremos contar con una tirita. Su origen es fácil de imaginar: coges un trozo de gasa y uno de celo, y los pegas. Pero no fue hasta 1920 cuando apareció tal y como la conocemos. Se le ocurrió a Earle Dickson para curar un corte que se hizo su mujer. Poco después, la empresa en la que era comercial, Johnson & Johnson, empezó a vender el invento como producto farmacéutico. Un producto que ha aportado enormes beneficios para la salud: que no haga falta acudir a un médico para frenar la hemorragia y, claramente, que haya menos riesgos de infecciones.

 

EL PARAGUAS
Cuidar, proteger y estar siempre ahí, sin pedir nada a cambio. Es lo que se supone que hace el amor verdadero. Aunque podríamos decir lo mismo de un paraguas. Si bien originariamente servía para protegerse del sol y no de la lluvia, en 1928 el alemán Hans Haupt inventó el primer paraguas plegable de bolsillo. Una sociedad que cada vez hacía más vida fuera de casa necesitaba un compañero de viaje tan útil y entregado como este, siempre dispuesto a dar cobijo. En definitiva, quien tiene un paraguas tiene un amigo.

 

EL CARTÓN PARA BEBIDAS
Ligero y ágil, pero resistente a los golpes. No se rompe, no se dobla. Su armadura no deja pasar ni un hilo de aire ni un rayo de sol. No, no hablamos de Iron Man, sino del tetrabrik (por Tetra Pak, el nombre de la primera empresa de cartones para bebidas). Este héroe oculto fue idea de Ruben Rausing, un empresario sueco que, allá por 1940, buscaba una alternativa más barata a la clásica botella de leche. El resultado fue este ladrillo de cartón y aluminio que protege los alimentos sin necesidad de llenarlos de conservantes y que, como Rausing soñó algún día, ha tenido un papel clave en la alimentación infantil.