Pasa de un momento a otro, sin que sepas decir exactamente cuándo. No es al aterrizar, ni al llegar al hotel. Puede que sea, más bien, cuando subes al coche o, mejor, cuando circulas en él. Bien pensado, puede que sea el coche y no tú. Un 4×4 blanco con una gran antena llama la atención en un paisaje de motocicletas y tobillos cansados de tanto caminar. O quizás es al bajar. Pies en la tierra —literalmente—, portazo y primeros contactos. Entonces te das cuenta. Te miran.

Has venido a que te cuenten. A escuchar. A entender. A mirar. Y, ahora, de repente, no esperabas que fuera a ti a quien observaran. Estás a más de 5.000 kilómetros de casa, en Gambella, una región de Etiopía que ya tiene más refugiados que población local. Se dice pronto. Pero sucede despacio. Todo empezó en el 93, cuando se creó el primer campo de refugiados, Pugnido 1. Ahora, 67.000 personas viven en él. Después, han venido otros. Otros campos y otros miles de refugiados. Huyendo de lo mismo. La guerra en Sudán del Sur. La hambruna.

Alejarse de un país en llamas no les garantiza nada. Pero deben intentarlo. Al fin y al cabo, a unos kilómetros de casa, en una Etiopía que tiene política de puertas abiertas con los refugiados, no hay tiros y sí hay cobijo. El problema es que también hay otras cosas. Porque son muchas las necesidades y pocos, cada vez menos, los recursos. Y te miran. Te miran porque lo han entendido rápido. Quizá tú tengas la clave para que algo mejore.

Eso intenta el proyecto MOM que desde hace dos años llevan a cabo ACNUR y la Obra Social ”la Caixa” en 10 campos de refugiados de Etiopía. Que algo mejore. Que mejoren, por ejemplo, los índices de malnutrición, que azotan a los niños refugiados con más dureza y frecuencia que a los locales, amenazando su vida y su futuro. El proyecto otorga un papel central a las madres. Son ellas las que te escrutan buscando la clave, sin saber aún que son ellas quienes la tienen.

 

 

El 87 % de la población en los campos son mujeres o niños. Es una cifra confirmada por la sensación que te invade en el campo. Estás, exclusivamente, rodeada de vida y de quienes la hacen posible incluso en las peores circunstancias. Porque sí, existen malas circunstancias. A menudo, las mujeres llegan a los campos con traumas difícilmente olvidables. Por si fuera poco tener que marcharse de su país, ahora tienen que asumir heridas nuevas, violencias nuevas, sucedidas en el camino o en los propios campos.

Por ello, el proyecto MOM ha creado los grupos de madres y los espacios amigos del bebé, siempre situados estratégicamente cerca del lugar donde se hace el reparto de alimentos. Que nadie se pierda nada. En los grupos de madres, estas pueden aprender a dar el pecho así como qué comida es más nutritiva para sus hijos. Los espacios amigos del bebé son, literalmente, lo que su nombre indica: un lugar tranquilo donde sucede la magia de los niños jugando ajenos a todo, bajo la atenta mirada de sus madres.

En un espacio amigo del bebé en el campo de Kule, conozco a una mujer de facciones duras. Me pregunto si he conocido aquí a alguna mujer que no las tenga. Como haría con cualquier otra madre de cualquier país del mundo, me intereso por saber el nombre de su bebé. Me lo dice en idioma nuer. Y lo traduce inmediatamente: “Light”. Sonaba precioso, me prometo que no voy a olvidarlo, pero nunca he escuchado su lengua y media hora después ya no queda ni rastro en mi cabeza. Su mirada, en cambio, se me queda grabada. Es universal. Es luz.

No sé cuántas miradas como estas he podido coleccionar. Las de los niños decían “¿Jugamos?” o “Hazme una foto con mis amigos”. Las de las madres, a menudo muy jóvenes pero siempre maduras, interrogaban, pedían, extrañaban. Con ayuda de un traductor, recibimos discretas demandas: una linterna solar (que haga menos peligroso el camino a buscar leña), productos de higiene femenina, aceite para cocinar. En cuanto podemos, les transmitimos nuestra única petición: “Sigue así. Lo estás haciendo muy bien”. Lo creo de veras. Las madres están en el centro de la respuesta. Las madres están siempre en el centro de cualquier respuesta. Y nos miran.

 

Texto: Andrea Pelayo
Fotografía: Luis Tato