Aunque la imagen que tenemos de Nietzsche es la de un tipo duro, casi más martillo que hombre, en el fondo él también era un romántico. En uno de sus aforismos de Humano, demasiado humano defendía que el amor, por encima de todo, es una larga conversación. Que lo que había que preguntarse antes de casarse era si te imaginabas charlando con esa persona hasta el fin de tus días. Pero habría que ir un paso más allá: no es solo el amor de pareja el que se basa en la construcción de un lenguaje común, en hablarse y escucharse, sino el amor en general. El amor por tus amigos, por tu familia, y también el amor por el compañero con el que compartes escenario. Así lo prueba Una guarida con luz, una obra en la que el lenguaje teatral borra todas las fronteras.

Una lección de amor. Esto ha significado para la directora Paloma Pedrero su más reciente pieza, Una guarida con luz, que ha contado con el apoyo del programa Art for Change ”la Caixa”. Porque lo que descubren los intérpretes de esta obra —un grupo de refugiados, inmigrantes, actores profesionales y personas sin techo— es que no hace falta ni hablar el mismo idioma para poder crear un lenguaje común.

La obra —que Paloma y su compañía teatral, la ONG Caídos del Cielo, estrenaron hace unas semanas en un Teatro Conde Duque de Madrid abarrotado— narra la historia de un grupo de perros a la espera de que su ama salga del hospital, donde esta se debate entre la vida y la muerte. “Crear un lenguaje animal, con sus sentidos y movimientos, ha sido nuestra manera de crear ese lenguaje común”, cuenta Paloma, “porque a los animales no les importa tu nacionalidad, idioma, identidad sexual o edad”. Y el escenario, en ese sentido, se comporta de forma similar: la dramaturga explica que a los que llegan a su compañía por primera vez no se les pregunta su historia, “porque no buscamos hablar de su dolor sino transformarlo en belleza, y el teatro, que es el arte de la escucha y la comunicación, es perfecto para eso.”

 

 

Por este motivo, no ha hecho falta nada más que teatro para conseguir que personas que casi ni se movían o que a duras penas chapurreaban castellano terminaran la noche del estreno bailando, cantando y bromeando entre bambalinas. “Nos hemos limitado a trabajar lo artístico, porque no hay mejor terapia que eso, y les he exigido lo mismo que a un actor, ya que para mí es lo que son”, apunta la directora. “Tú no pides a quien crees que no puede dar. Si pides es porque crees que esa persona puede responderte. Y así es como se ha creado un equipo en el que todos necesitan de todos y todos creen en todos.”

“En la ronda de presentaciones, al principio”, recuerda Paloma, “una chica se presentó como extranjera, porque era de Santo Domingo. Yo le contesté que en el grupo todos éramos de un sitio diferente, que nadie era extranjero y que nuestro único país era el teatro”. Lo que nos enseña Una guarida con luz es que el amor al otro, entendido como respeto, nace del hablar, del escucharse, de la conversación: sea en el lenguaje que sea.

 

Fotografía: Silvia Varela