Puede que Garcilaso, Góngora, Quevedo y toda la gang barroca no se pusieran de fondo canciones de 2Pac o Kendrick Lamar al sentarse a escribir, pero, en el fondo, ellos también buscaban un ritmo. Uno que mantener en la cabeza e imprimir en el papel. Porque la poesía es, en esencia, eso: puro ritmo. Por eso no sorprende que el taller Rapeando a los clásicos, impartido por el actor Sergio Adillo en colaboración con la Obra Social ”la Caixa” desde hace ya cuatro años, tenga tanto éxito entre la chavalada.

 

 

 

 

Uno, dos, tres, cuatro. Otra vez. Uno, dos, tres, cuatro. Sigue el ritmo. Quizás ponerte “The Next Episode” de Dr. Dre y Snoop Dog o “The Real Slim Shady” de Eminem te ayude. Mételas a todo volumen y cuenta en voz alta: uno, dos, tres, cuatro. El ritmo es un traidorzuelo. Se cuela en tu cuerpo sin mediar palabra, se agarra a tus piernas y ya no las suelta. Tú solo tienes que dejarte llevar. Y eso es precisamente lo primero que aprenden los chicos y chicas que participan en Rapeando a los clásicos, una actividad enmarcada dentro del proyecto educativo EduCaixa.

 

 

El taller empieza con ejercicios de ritmo y relajación, y termina con grupos de siete u ocho jóvenes recitando a golpe de rap un poema de su puño y letra. “Inspirándose en modelos clásicos y apoyándose en ritmos contemporáneos, la idea es que los chavales aprendan a comunicar esos sentimientos y experiencias que no suelen tener un lugar en el aula”, subraya Sergio. “Quiero que entiendan que si Garcilaso o quien fuera, en determinado momento, dijeron una cosa determinada es porque en ese momento necesitaban decirlo, y que ellos también pueden hacer lo mismo.”

“Es muy importante”, prosigue Sergio, “que los chicos vean que la literatura no se estudia porque haya que estudiarla y punto, sino porque hoy en día sus temas nos siguen hablando y, si les prestamos atención, podemos hacerlos nuestros”. Así, las bases de hip-hop y la literatura hacen de puente entre los siglos, y los estudiantes de secundaria se dan cuenta de que, en realidad, tampoco hay tantas diferencias entre ellos y esos poetas de ropa estrafalaria. Al final, ¿qué fue la rivalidad entre Góngora y Quevedo, ese “Érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa” y todos los versos-flecha que le siguieron, sino una batalla de gallos más?

 

Fotografía: Laia Sabaté