Solemos asociar la vejez con la tranquilidad. El cuerpo se cansa y los movimientos se hacen lentos. Los oídos, cansados de escuchar, prefieren el silencio. Y la mente se dedica, principalmente, a recordar. O eso creemos quienes lo vemos desde lejos. Luego vas cumpliendo años, te jubilas y nadie quiere pasar todo el día sin hacer nada. Nadie quiere dejar de hacer lo que le gusta. Y, de sonreír, aún menos. Este año, hemos querido celebrar el Día Mundial de la Sonrisa con aquellos a los que, por años que tengan a sus espaldas, todavía les queda mucho por lo que sonreír.

Silencio, lentitud y calma. Todo lo contrario al ambiente que se respira en el EspacioCaixa Sant Lluís, uno de los 600 centros repartidos por todo el territorio que la Obra Social ”la Caixa” ofrece a las personas mayores para que participen en actividades e iniciativas de todo tipo. Se oye desde un coro cantando hasta gente practicando inglés, desde animadas partidas de cartas hasta marchosas clases de zumba. Y, sobre todo, se oyen muchas risas.

Para ser sinceros, solemos rodear a las personas mayores de muchos estereotipos. Una de las cosas que se suele decir es que preguntar la edad es de mala educación. Al escucharlo, Rosita ríe, y, con orgullo, saca a relucir sus 93 años. Ella y sus amigas llevan 18 jugando a las cartas juntas. Cada tarde, sin fallar, hay una mesa y una baraja esperándolas, además de unas sillas vacías, por si alguien quiere sumarse. ¿Quién dijo que fuera tarde para hacer amigos? Amigos como Eulalia, de 72 años. “Yo no quería venir, las miraba y me parecían todas muy mayores”, confiesa. “Pero, por suerte, mi hija me apuntó. Y mira, desde entonces.” Se sonríen unas a otras. “Somos como una familia”.

Ángel y Mercè practican en el coro una vez por semana desde hace 10 años. Y los domingos, baile de salón, country o lo que venga. “Lo estamos pasando mejor que nunca. No es una obligación, vienes a disfrutar”, puntualiza él. “Llevamos casi 50 años casados. 50 años bailando. ¡Y que dure!” Se miran el uno al otro y, en absoluto silencio, comparten una de esas sonrisas poco comunes que nada tienen que ver con el humor. Una de esas sonrisas que te hacen sentir como en casa.

En cambio, Arseni se limita a decir que siempre le ha gustado el ajedrez, así que por qué no seguir jugando ahora. Es un hombre de pocas palabras, y, además, “un hombre serio, extremadamente serio, tan serio que puedo decir sin reír que tararítererítararítororí.” Unas milésimas de segundo, y estalla en una contagiosa carcajada. Al final, lo último que se pierde en esta vida es el sentido del humor. Ya lo decían los Monty Python, que del tema saben un rato: “La vida es una carcajada y la muerte un chiste, es cierto / Ya verás que es todo un show / La gente se reirá en tu cara / pero el último en reír siempre puedes ser tú”.