Pueden hablarte de filosofía o de astronomía con teorías y números en una pizarra, o pueden leerte el cuento del niño que cayó del asteroide B 612 a la Tierra en busca de respuestas. Tu cerebro necesita emocionarse para aprender. Creatividad, imaginación y narrativa —historias— atizan el recuerdo a largo plazo. Y precisamente esto es lo que pretende el concurso para centros educativos Hagamos cuentos de ciencia.

La decimosexta edición de este concurso organizado por la plataforma educativa EduCaixa busca estimular el interés por el pensamiento científico en estudiantes mediante la escritura. Porque expresar una idea en una narración, un cuento, nos ayuda a entenderla, a percibirla como nuestra. Se estimulan competencias lingüísticas, en matemáticas, ciencia y tecnología, a la vez que se impulsa la creatividad. Así, niños y niñas de hoy podrán ser los ingenieros, programadores, neurólogos y astronautas del mañana.

La convocatoria del 2018 está abierta y se admiten originales hasta el 6 de abril. A continuación te dejamos el relato ganador del año pasado, escrito por niños y niñas de 2º de primaria de la Escola Poble-sec en Barcelona.

 

 

Érase una vez, en un colegio que estaba a lo alto de una montaña, un grupo de niños y niñas muy especial. Eran los científicos y las científicas.

Tenían como mascota de la case un cohete con ojos y boca, de color rojo y azul. También tenía líquido que se movía y parecía gasolina. Podía llegar a todas las galaxias, es decir, viajar fuera de la Vía Láctea. Además, tenía mucha turbopulsión y podía ir muy rápido.

Un día, unos niños y niñas de la clase vieron en las noticias que los científicos habían descubierto siete nuevos planetas. Se lo contaron emocionados a la maestra, y ella les puso la web de Trappist-one para explicárselo. También realizaron un pequeño experimento. Cerraron las luces, bajaron las persianas y pusieron un pequeño planeta de plastilina en un palo. La luz de los agujeritos de la persiana brillaba un montón. Pasaron el planeta de plastilina por delante de los agujeros de la persiana y se veía muy bien cuando pasaba por allí. En cambio, cuando lo hacía por delante del agujero de la ventana de la puerta de la clase, era más difícil de ver. El Trappist-one es una estrella pequeña, y por eso los planetas grandes que pasan enfrente de él pueden verse muy bien.

Los científicos y científicas, con tanta nueva información, estaban boquiabiertos. Decidieron investigar los siete nuevos planetas y se dieron cuenta, como los científicos de las noticias, de que el planeta F era un planeta donde podía existir vida, porque era rocoso y parecía tener agua y temperatura cálida.

Hicieron una asamblea y decidieron construir un cohete de verdad de su mascota de clase. Utilizaron metales reciclados, pusieron una pequeña radio para hablar con la Tierra y muchos mandos de control. También pusieron una máquina que daba agua y comida, y un pulsador que al presionarlo hacía desaparecer la gravedad en el cohete, los objetos no flotaban y podían beber agua y comer tranquilamente. Pensaron en todo, ¡hasta en el puerto de aterrizaje, las literas y la cápsula de emergencia para toda la clase!

Cuando lo tuvieron listo, transportaron el cohete a la plaza del Surtidor y trajeron una máquina “engrandecedora”, que disparaba rayos láser. Entonces, un rayo salió disparado hacia al cielo y otro hacia el pequeño cohete, que poco a poco fue engrandeciéndose y después, más rápido, hasta parar. Entonces, los científicos y científicas se quedaron boquiabiertos sentados en el suelo.

Cogieron todo tipo de utensilios y objetos para sobrevivir en el espacio. Cuando ya lo tenían todo, cogieron la ropa de ir al espacio, es decir, el vestido espacial, ¡y ya estaban listos!

Nadie sabía pilotar, pero habían creado un pulsador automático de conducción. A través de un micrófono, dijeron: “¡Rumbo al Planeta F!”. Algunos niños tenían miedo, otros eran un poco más valientes. En el viaje, pasaron por una lluvia de asteroides y activaron un campo de protección de emergencia.

Cuando por fin llegaron al Planeta F, ¡encontraron vida! Allí descubrieron una planta rarísima. Era una planta tóxica y no la tocaron. También hacía música y andaba. Eso les hizo mucha gracia. Pero cuando la estudiaron mejor, descubrieron que era buena e hizo una flor muy bonita. Un día, al oscurecer, empezaron a caer gotitas negras como de lluvia. Entonces la planta habló:

­­– Venid a conocer a mi civilización. Estaremos protegidos porque allí nunca llueve.

Los científicos y científicas decidieron que volverían a la Tierra y escribirían un cuento sobre la planta rara que tanto les había ayudado. Terminaron el libro por Sant Jordi, y dicen que hasta vino una pareja de astronautas a comprar su libro.

FIN

 

Nota: Los niños y niñas no pueden ir al espacio, pero hemos escrito esta historia de ciencia ficción para poder soñar en que un día trabajaremos muchísimo y lo lograremos.

 

Ilustraciones: Alexis Bukowski