Cuando una catástrofe natural se abate sobre un país, es fundamental poder contar con una actuación lo más rápida y efectiva posible. Mozambique tuvo la enorme desgracia de sufrir dos ciclones en menos de un mes, un hecho que no se había producido nunca. La ONG Semillas de Esperanza, ubicada en el norte del país, tuvo la buena idea de recurrir a la plataforma de micromecenazgo migranodearena y se convirtió en “La causa del mes” en mayo, un premio a las iniciativas más populares que recibe el apoyo de la Obra Social ”la Caixa”. Gracias a estos fondos, la ONG pudo atender las necesidades más básicas de los menores que estaban a su cargo mientras duró la catástrofe e iniciar las labores de reconstrucción.

A su paso por la capital, Maputo, para valorar los daños causados por los huracanes, el secretario general de la ONU, António Guterres, hizo hincapié en la paradoja que supone que, sin apenas contribuir al calentamiento global, un país como Mozambique sea una de sus principales víctimas.

Los ciclones causaron un total de 648 víctimas mortales y unos daños materiales difícilmente calculables que afectaron a unos 2,2 millones de personas. Debido a la complicada situación social y a la fragilidad de las infraestructuras todos los esfuerzos en pos del desarrollo y el bienestar de la población corrían el riesgo de venirse abajo de un día para otro.

 

 

“El paso del ciclón Idai en la zona centro del país fue devastador. Por eso cuando recibimos la alerta de otro ciclón, Kenneth, tuvimos mucho miedo, pero lo positivo es que nos movilizó y consiguió que reaccionáramos de manera rápida y eficaz. Pudimos dar formación a las familias e implementar un plan logístico de emergencia que consistió en abastecer a los centros de alimentos básicos y medicamentos, y en trazar un plan de refugio para los niños internos en las zonas más seguras de la ciudad.” Quien habla es Marta Paños, una madrileña que empezó como voluntaria de Semillas de Esperanza y es ahora su responsable de salud.

La Fundación se creó en Mozambique en 1999 después de que la trabajadora humanitaria italiana Laura Pierino llegara al país, tras una estancia en Etiopía, y detectara grandes necesidades en el campo de la atención a la infancia. “Laura vio que, además de muchos huérfanos desatendidos, había graves problemas de exclusión social y que había que hacer algo”, nos cuenta María Yáñez, directora de Semillas de Esperanza desde 2017. “En Mozambique las adopciones internacionales están prácticamente prohibidas debido a los casos de tráfico de niños que hubo en el pasado.”

Estos límites legales han hecho que las necesidades de acogida de menores sin hogar sean más altas que en otros países de África. De ahí que Laura decidiera crear dos orfanatos: el Centro de La Esperanza, para niños y niñas abandonados, y el Centro Talita Kum, reservado a las chicas. A través de estos dos centros y los otros ocho que tiene en la región (cada uno centrado en una función específica: tratamiento de la desnutrición, discapacidades, prevención del fracaso escolar, etc.) la fundación da apoyo de forma habitual a más de 600 menores.

Kenneth no fue, afortunadamente, tan mortífero como Idai, pero su paso por la ciudad de Pemba dejó un fallecido y numerosos daños materiales. La mayoría de casas ya están reconstruidas, pero para Marta, el trabajo más difícil sigue siendo el de “valorar las situaciones individuales de cada niño y niña en relación con las consecuencias físicas y emocionales producidas por el ciclón.” También hay que luchar contra las infecciones como el cólera o el dengue, que incluso afectaron a algún miembro de la fundación.

Los problemas más graves son los que se plantean a largo plazo: pese al descubrimiento de gas y petróleo en la región, sigue siendo muy difícil que estos niños y niñas puedan desarrollar en el futuro un trabajo cualificado. Al habitual freno que supone tener un gobierno corrupto, la amenaza del cambio climático, sumada a otros desastres ecológicos, es el primer escollo que la sociedad local debe superar.

“Lo realmente preocupante, se indigna Marta, es que estos países actúan como basureros del primer mundo. Los caladeros del Índico presentan una gran cantidad de plástico y la deforestación de espacios naturales que deberían estar protegidos se consiente en los despachos.” Por desgracia, “la conciencia ambiental desaparece cuando los intereses económicos de las empresas nacionales e internacionales se interponen…”

Pero nadie pierde la esperanza. La formidable respuesta solidaria ante los daños causados por los huracanes es un incentivo sin igual para seguir adelante: “Resulta asombroso observar la rápida capacidad de adaptación al cambio y la resiliencia innata de la población mozambiqueña ante el desastre”.

Y si bien es cierto que el desánimo podría apoderarse de estos incansables trabajadores, lo importante es encontrar la fuerza necesaria “para no dejar que el pesimismo, las quejas y la negatividad se apoderen de nuestros pensamientos.” Lo que está claro es, según Marta, que el futuro pasa por el empoderamiento de la población local: “Creemos en la importancia de la educación para trabajar y también para desarrollar una conciencia ambiental. Pero evitamos verlo como ‘ayuda’, porque consideramos que el que necesita ayuda no es capaz por sí mismo. Nos gusta más pensar que acompañamos desde la autonomía.”

 

Texto: Raúl M. Torres