Aún no son ni las ocho de la mañana, pero decenas de chavalines llegan como flechas en patinete a la puerta del Institut Pau Claris de Barcelona. “Los dejan ahí, sin atarlos ni nada”, cuenta Mercè Miralles, la directora, señalando los dos soportes metálicos que hacen de aparcapatinetes en el vestíbulo del centro. “Y en dos años, ¡no ha desaparecido ni uno!”. Lejos de ser un detalle sin importancia, es en este respeto por las cosas de los demás donde se refleja el espíritu de comunidad que caracteriza este cole. Aunque no siempre fue así: esta cohesión social es fruto de un largo proceso que, ahora, ha valido al centro ser finalista del Premi Ensenyament, que la Fundación Círculo de Economía y el programa EduCaixa de la Obra Social ”la Caixa” entregan cada año a escuelas que hacen de la educación un camino para transformar la sociedad.

Así como el hábito no hace al monje, la mezcla de culturas no hace la multiculturalidad. Y esto es algo que en el Institut Pau Claris saben muy bien. Al estar situado en Ciutat Vella, un distrito con mucha diversidad de culturas, por sus pupitres iban y venían cada año chicos y chicas de hasta 30 nacionalidades distintas, lo que hizo que las familias autóctonas no viesen en el colegio una opción de educación estable para sus hijos.

Era un pez que se mordía la cola: cuantos menos alumnos del territorio, más alumnos extranjeros. Y sin contacto con la cultura del país en el que vivían, no había manera de que los chicos se integraran en la comunidad. Como apunta Mercè, “tener el 90 % de alumnado de países de todo el mundo no era multiculturalidad: era segregación.” Había que hacer algo para salir del bucle. Así que, en 2009, el Pau Claris puso en marcha la iniciativa por la que han quedado finalistas del Premio Ensenyament, titulada La innovación educativa para la cohesión social.

 

 

Primero, gracias al proyecto eduCAT 1×1, que aboga por un ordenador para cada alumno, consiguieron la equidad. “Al estar todos los recursos en internet o digitalizados, garantizamos que todos los alumnos sin falta tuvieran el mismo acceso al material escolar”, cuenta la directora. Poco a poco, el mundo digital fue cambiando la manera de trabajar en el aula, centrándose en un aprendizaje más personalizado: en lo que aprende el alumno y no tanto en lo que enseña el profe.

Estas metodologías punteras, por un lado, y el hecho de entender la educación como un bien público y de saber valorar los centros adscritos, por el otro, llamaron la atención de las familias del barrio y, por fin, en el curso 2013-2014, cuarenta se matricularon en bloque en el colegio. A partir de ahí, año a año se fue ganando en cohesión social, y el alumnado extranjero representa hoy el 30 % del total. Ahora sí que los chavales del Pau Claris forman una comunidad de verdad. Se nota en el respeto hacia los patinetes de los demás, en el patio abarrotado de chavales, en las cartas que le llegan a la directora con propuestas como comprar una mesa de ping-pong y decidir los menús del comedor, o en la Coral dels Joves del Pau Claris, un coro en el que hasta 40 chicos y chicas de todo el mundo tienen un objetivo común: sentirse orgullosos de representar su centro a través de la música.

Y no hay que olvidar que la cohesión social es como un puente: siempre va en dos sentidos. No son solo los niños de otros países los que han salido ganando con la convivencia. “La globalización es una realidad cada vez más presente”, señala Mercè. “Así que, en este sentido, los padres de aquí también están preparando a sus hijos para el futuro, para este circuito de nacionalidades que caracterizará nuestro siglo”.

 

Fotografía: Laia Sabaté