Después de una época “chunga” en la que perdió dos años de instituto, Óscar Rodríguez parecía abocado a un abandono escolar temprano, como muchos chicos de El Tinte, el barrio obrero de Utrera (Sevilla) que lo ha visto crecer. Pero, a sus 24 años, contra todo pronóstico, está terminando el máster con el que dará el salto a la docencia como profesor de latín y griego. “Probablemente”, puntualiza, porque después de graduarse en Filología Clásica ahora se plantea “hacer otro grado, en Trabajo Social”, para devolver a la sociedad parte de lo que él recibió de la Asociación de Mujeres de Santiago el Mayor, que, con el apoyo del programa CaixaProinfancia, tiene como principal objetivo la lucha contra la pobreza y la desigualdad. 

Pasan de las ocho y media de la tarde y Óscar Rodríguez abandona la Facultad de Filología escoltado por dos compañeros. Lo despiden en la puerta con un “hasta mañana” y, entre bromas, le desean suerte para “la entrevista” para este reportaje. No la necesita porque le sobra el desparpajo a este joven natural de Utrera, una ciudad media —ya supera los 50.000 habitantes— del área metropolitana de Sevilla. “Tengo un rato largo para la entrevista, porque cojo el tren de vuelta a las diez menos diez”, comienza, como contexto de su rutina diaria de estudiante de máster en la Universidad de Sevilla y residente en un municipio a unos 30 kilómetros.

 

Óscar Rodríguez, ejemplo de superación, camina hacia un futuro mejor

 

El año pasado se graduó en Filología Clásica y está inmerso en la recta final de su trayectoria universitaria, con el máster que lo habilitará para poder ser profesor de instituto. “O igual no, porque lo mismo espero un poco y, en vez de presentarme a oposiciones, hago otro grado”, asevera. ¿Cuál? “Seguramente Trabajo Social porque es algo que antes nunca me habría planteado pero cada vez me atrae más, y lo veo también importante para un profesor”, responde con el convencimiento de que le gustaría devolver a la sociedad algo de lo que ha recibido. De hecho, nunca ha dejado de estar vinculado a la entidad a través de la cual logró un apoyo imprescindible para no poner coto a sus aspiraciones pese a haber tenido una infancia complicada. Se trata de la Asociación de Mujeres de Santiago el Mayor, que, con el apoyo del programa CaixaProinfancia, tiene como principal objetivo la lucha contra la pobreza y la desigualdad. 

“Mi madre y yo vivíamos al lado de la asociación. No sé cuándo fuimos por primera vez porque, en realidad, desde que tengo uso de razón estamos vinculados a ella. No éramos de las familias que estaban peor, ni mucho menos, pero esa ayuda fue fundamental para nosotros. Para mí y para mi hermana, que es más chica que yo”, comenta. Y lo agradece, porque el apoyo de CaixaProinfancia les llegó en un momento muy delicado, en una época que describe como “chunga” y “turbulenta”. Sus padres se acababan de divorciar y él entró en un bucle de rebeldía que lo llevó a repetir dos cursos del instituto. “Fue importante el apoyo psicológico que me prestaron para superar aquello. No porque fuera especialmente dramático, sino porque quizá por mi edad no lo encajé bien. Con mi actitud de dejar de estudiar solo estaba llamando la atención de mi padre, y se me hizo todo una bola”, recuerda. 

Por suerte, la ayuda psicoterapéutica que recibió le sirvió, igual que “los cheques” que entonces se le facilitaban a través de CaixaProinfancia para material escolar, ropa “e incluso unas gafas”, según recuerda. Con la misma entidad pasó de beneficiarse de su programa de ocio a formarse como monitor y encargarse del tiempo libre de otros niños y niñas. Había decidido que ya no pararía: se puso las pilas y luego le llegó la hora de pensar qué iba a estudiar: “Primero quería ser abogado; luego, historiador… Pero ya en segundo de bachillerato me decidí por Filología Clásica. Me gusta y se me da bien”, agrega. Y es cierto. De su promoción han salido solo cinco graduados, “de los 60 que empezamos”. Y eso que lo ha compaginado con “trabajillos”, dando clases de refuerzo para escolares en una academia “y en lo que me sale”.

Hace un año dio el paso a la independencia y vive de alquiler con su pareja. “Hace años nunca me hubiera imaginado independizado, con casa, con trabajo… La verdad es que a veces en nuestro círculo de amigos no nos entienden bien porque nosotros dos ya estamos con las preocupaciones normales de la vida: que si pagar la luz, que si trabajar. Hemos sacrificado mucho para esto. Cuando estábamos haciendo el grado, el ocio que teníamos era algún fin de semana y llegar más temprano a Sevilla para desayunar, porque terminaban las clases y era volver corriendo a Utrera para trabajar”, ríe. 

Pero no le pesa haber tenido más responsabilidades que otros universitarios, ni haberse perdido esas multitudinarias fiestas de primavera o simplemente no haberse permitido gastar las horas muertas tirado en el césped del campus entre conversaciones tantas veces anodinas. “Perdí dos años”, se repite, casi como si pensara en voz alta, y luego se ha metido prisa: “Quiero aprovechar el tiempo”.

 

Texto: María Sánchez-Campa
Fotografía: Miguel Ángel Morenatti