Antes del cierre de las escuelas debido a la COVID-19, el colegio Andalucía, en el Polígono Sur de Sevilla, se convertía cada tarde en un auténtico centro social. Coordinados por la asociación Entre Amigos en el marco del programa CaixaProinfancia, mientras los niños y niñas asistían a actividades de refuerzo escolar, sus madres participaban en un taller de telas que encontró en Tania García, una de las vecinas, su mejor aliada para implicar al resto de las mujeres en propuestas que persiguen mejorar la vida en uno de los barrios más discriminados del país.

Tania puede con todo. Lo mismo limpiaba los mocos a uno de sus seis chiquillos que daba instrucciones para hacer una talega de pan a una de las 15 mujeres que participaban en el taller de trapos creando todo tipo de productos con telas que de otra manera habrían acabado en el contenedor. Todo ello, con mucho brío y con ese efecto que producen las personas con carisma.

Lo que fabricaban lo vendían. “Antes del confinamiento tuvimos mucha demanda de bolsas de tela, con eso de la guerra contra el plástico”, explica Juana Macías, quien desde hace 12 años dirige este taller por el que ha visto pasar a medio centenar de mujeres. Los beneficios los reinvierten para seguir con una actividad que para ellas es más que aprender un oficio: “Es compartir, ganar en independencia, implicarse unas con otras”.

 

 

En esa tarea, Tania es una pieza fundamental. La asociación Entre Amigos la propuso para los Reconocimientos CaixaProinfancia, que homenajean a personas que han logrado romper el círculo de la pobreza. En su caso, ella, su pareja y sus seis hijos se llevaron el premio de Empoderamiento familiar. “Tania ha sido siempre un referente para las demás. Tira de ellas. Y, además, es un ejemplo de superación y el pilar de una familia que ha sabido aprovechar las oportunidades del programa CaixaProinfancia. Tenemos muchas familias; trabajamos con más de 300 en el Polígono Sur. Pero nos pareció la más adecuada por reunir varios de estos elementos”, explica María José Domínguez, una de las coordinadoras de esta entidad social que en el 2020 cumple 35 años en el barrio.

Tania lleva las riendas de la familia Buzón-García, con seis niños: dos de 13 años, una de 11, otro de nueve, una de cinco y otro de dos y medio. “Ten en cuenta que aquí somos las mujeres las que lo hacemos todo. En un día normal prepandemia, me levantaba, me tomaba mi café y preparaba a los niños para el colegio. Y de ahí, a trabajar. Trabajo en una casa y, cuando toca, de monitora en la escuela de verano. Cuando salgo del trabajo, de vuelta para recoger la casa y hacer la comida”.

Los talleres les brindaban a ella y a sus vecinas la oportunidad de aligerar esa espiral de obligaciones. “Y, además, en ellos aprendí un montón. Ahora me lo hago todo, hasta las cortinas”, afirma. Ella, como otras mujeres, ha seguido un itinerario pensado para una intervención social integral desde las familias en que los talleres son una herramienta más. “Funcionan como un grupo de autoayuda para gente con las mismas inquietudes y los mismos objetivos: salir de las condiciones precarias en las que viven”, expone Trinidad Díaz, otra de las coordinadoras de la entidad. “Nosotros estamos a pie de calle y detectamos las necesidades para luego trabajar con proyectos como el de CaixaProinfancia. En este trabajo, Tania es el modelo para otras y una guía. Para nosotros es un pilar fundamental para que estas mujeres ganen seguridad y autoestima, en un contexto en el que muchas no tienen ningún referente social”.

La trabajadora social Anabel Gamaza es la “referente familiar” en el colegio Andalucía dentro del proyecto de la entidad. “Funcionamos así: primero hacemos una evaluación de las familias y a continuación elaboramos un plan de trabajo, que se revisa cada año, ya que sus circunstancias varían”, cuenta sobre un programa de acompañamiento que trabaja todas las áreas: desde el control del absentismo escolar hasta la asistencia psicoterapéutica, pasando por la gestión de las necesidades más básicas.

En esa ruta, este taller servía sobre todo para fortalecer la comunidad. Desde hacía unos meses, además de las donaciones, trabajaban también con telas africanas que les mandaban mujeres de Burkina Faso, con las que se repartían los beneficios de la venta de sus creaciones. En el aula, todo era compartir experiencias y risas. Tania nos cuenta que se lo pasaban tan bien que hasta la portera del colegio no pudo resistirse y un día se coló entre ellas para terminar una de las talegas de pan.

 

Texto: María Sánchez-Campa
Fotografía: Sonia Fraga