En el 2007, The Washington Post le propuso al prestigioso violinista Joshua Bell un experimento. Tras el lleno completo de su actuación apenas tres días antes en el Boston Symphony Hall, ahora tenía que tocar en la estación de metro L’Enfant Plaza, epicentro de Washington D. C. De incógnito y en hora punta. La prueba era ver cuántos transeúntes se pararían a escucharle. Bell aceptó, y de las más de mil personas que pasaron delante de él en menos de una hora, solo siete se pararon. Decepción total. El experimento dejó en el aire una pregunta incómoda: ¿estamos preparados para reconocer la belleza fuera de los espacios artísticos tradicionales? El programa de danza en las escuelas Sudansa prueba que, como decía Platón, si sabemos mirar, la belleza puede estar detrás de cada esquina, detrás de cualquier pupitre.

Aunque hace ya casi 12 años que en la Asociación Sudansa empezaron el programa, este año, con el apoyo de Art For Change ”la Caixa”, han conseguido llevar la danza a espacios donde antes parecía imposible: en los colegios de algunos de los barrios más desfavorecidos de la ciudad de Barcelona, como Trinitat Vella o Ciutat Meridiana. “Los bienes culturales e intelectuales no pueden pertenecer a una minoría”, afirma Lynda Miguel, directora de la asociación. “Tienen que ir más allá de los terrenos tradicionales (museos y galerías) para llegar a otras instituciones y entidades sociales más habituales en el día a día de la gente”.

Este año, Sudansa permitió a más de 700 alumnos acercarse a la danza y crear sus propias coreografías, trabajando mano a mano con sus profes y con coreógrafos profesionales durante el curso escolar. Pero hay más: el pasado fin de semana presentaron el resultado por todo lo alto en el Mercat de les Flors, una institución que es algo así como El Bulli de la danza.

 

 

“Este proyecto siempre es muy mágico”, cuenta Olga Sasplugas, coreógrafa y asesora pedagógica de Sudansa. “En las escuelas donde el alto índice de inmigración implica una barrera lingüística, el trabajo desde el movimiento permite crear un espacio común de descubrimiento, exploración y expresión totalmente inclusivo. Un espacio único e íntimo donde poder ser ‘parte de’ sin distinciones”.

No se trata de aprender a bailar y ya está, como el que se pone en su casa el Just Dance de la Play. Partiendo siempre de la improvisación y de sus propios movimientos, “cada niño desarrolla su lenguaje coreográfico, su propia escritura, a partir de las herramientas que propone el coreógrafo”, dice Lynda. Así como escribir es organizar palabras en un trozo de papel, “la danza se compone en el espacio, jugando con la sucesión del tiempo, la energía del cuerpo, las dinámicas… Bailar es una modalidad del ‘decir’ que nos lleva a la dimensión poética de cada persona y su interpretación metafórica del mundo o de lo que le atraviesa: hay cosas que quizá no podemos explicar, porque son muy íntimas, pero que salen de otra manera”.

“El día de los encuentros de Sudansa en el Mercat de les Flors, cuando cada grupo presenta su pieza coreográfica, es maravilloso”, cuenta Olga. “Ser mirado es tan importante como mirar. Y ese día ellos ven el trabajo de los demás y se dan cuenta de que forman parte de una realidad mayor, y aunque todas las escuelas han partido de una temática transversal, cada grupo ha creado su propia pieza con su mirada particular. Así, los niños, en su cabeza, entienden que están creando un objeto poético, que es la magia de hacer que otro se emocione”.

De hecho, como te imaginarás, la decepción de Joshua Bell tras el famoso experimento no vino por no haber llegado al nivel artístico que él esperaba, sino por no haber sido visto por (casi) nadie. Porque el arte nace de la intención de hacer algo bello, sí. Pero necesita de unos ojos que miren. Es una emoción compartida. Y esto es precisamente lo que consigue el proyecto de Sudansa: compartir con todos nosotros la magia de encontrar la belleza en sitios donde no solemos mirar, ya sea una estación de metro o el aula de un colegio.

 

Fotografía: Rita Puig-Serra