Coincidiendo con el Día Universal del Niño, queremos rendir homenaje al arma más potente de la que disponen los más jóvenes para alcanzar sus objetivos: la educación. Por eso nos hemos ido al barrio de La Marina, uno de los más afectados en Barcelona por el fracaso escolar, para conocer el trabajo de la Fundación Mans a les mans, integrada en la Fundación Pere Tarrés y apoyada por CaixaProinfancia, el programa de lucha contra la pobreza infantil de ”la Caixa”. ¿Su razón de ser? Hacer posible que, sean de donde sean, todos los niños y niñas tengan las mismas oportunidades y reivindicar que las nuevas generaciones deberían ser nuestra prioridad todos los días del año.

Situado en la frontera de la ciudad, entre L’Hospitalet de Llobregat y el puerto, La Marina ha sido tradicionalmente un barrio aislado y demasiadas veces abandonado. Pero las cosas están cambiando. La remodelación del barrio y, sobre todo, la tan ansiada llegada del metro, están contribuyendo a que los vecinos se sientan más integrados en Barcelona y puedan vislumbrar un futuro más halagüeño.

Pero no hay futuro sin educación y, desde las diferentes asociaciones del barrio, hace décadas que se ha declarado la guerra al fracaso escolar. Corría el año 1979 cuando se creó el Esplai Submarí, vinculado a la parroquia del barrio, para dar refuerzo escolar a los jóvenes de la zona, y antecedente de la Fundación Mans a les mans creada en el 2004.

 

 

Irene, que además de formadora lleva la comunicación de la fundación, nos cuenta que el barrio destaca por su alto índice de abandono escolar y por la presencia de familias socialmente muy vulnerables: “Muchos de los jóvenes que atendemos no encuentran su lugar en la escolaridad tradicional y nuestro objetivo es ayudarles a finalizar la ESO y conseguir que no acaben en la calle.” Para ello, Mans a les mans trabaja en colaboración con los institutos de la zona y ofrece una atención más personalizada, con un máximo de 12 alumnos por aula.

No se trata solo de obtener mejores resultados en la escuela, sino también de ensanchar su visión del mundo, de hacerles ver que su procedencia no debe impedirles marcarse los objetivos que ellos deseen. “Te encuentras con niños y niñas de 14 años que ni se han planteado qué hacer de mayores: es difícil hacer proyecciones de futuro cuando se vive en la precariedad.” Quien habla es Neus Cerdà, directora de la fundación desde el 2010, para quien la prioridad es “generar un espacio de oportunidades y que estos jóvenes vean posibilidades que ni siquiera se habían imaginado.”

Las actividades para abrirles a un nuevo mundo son diversas, desde las salidas culturales o las rutas en bicicleta hasta las colonias. “Algunos nunca habían ido al cine o al teatro, explica Neus, y no puede ser que el mundo vaya a dos velocidades, con unos niños y niñas que estudien música, por ejemplo, y otros que ni se planteen esta posibilidad”.

La exclusión social nace muchas veces por el simple hecho de no haber tenido las mismas experiencias de ocio que los chicos y chicas de barrios más acomodados. “Intentamos hacer cosas de las que ellos puedan sentirse orgullosos, como ir a Port Aventura”, nos cuenta Roberto, otro de los educadores del centro.

Para este joven formador, una de las prioridades es mejorar las dinámicas de grupo. “En los institutos del barrio, los conflictos se suelen resolver mediante la agresividad. Nosotros queremos enseñarles a resolverlos mediante el diálogo.” A este cambio de rol contribuyen los debates en grupo, pero también el saber darles poder de decisión: “No están acostumbrados a que se les escuche y nosotros queremos que ganen en autoestima y autonomía, y por ejemplo les ofrecemos que ellos mismos establezcan el programa de las colonias”.

A lo largo de los años, la Fundación Mans a les mans se ha ido consolidando como una referencia en la vida social del barrio, y una de las mayores satisfacciones de los formadores es ver a antiguos alumnos volver al centro para reencontrarse con el equipo y explicarles cómo les va la vida ahora. “Nos ven como un ancla, resume la directora, porque para muchas familias la fundación es el único espacio fijo que tienen. Y cuando vuelven antiguos alumnos y nos dicen que la vida les va bien gracias a lo que hicieron aquí, piensas que ha valido la pena”.

 

Texto: Raúl M. Torres
Fotografía: Carla Step