Somos los únicos animales conscientes de su propio final. Eso hace que, al enfrentarnos a la muerte, nos volvamos también más humanos que nunca. Buscamos entonces la comprensión, el perdón o quizá tan solo un gesto de cariño. Buscamos a los demás, porque en los demás está el sentido de una vida que ha valido la pena ser vivida. El Programa para la Atención Integral a Personas con Enfermedades Avanzadas de ”la Caixa” cumple 10 años de acompañamiento y cuidado al final de la vida y lo celebra organizando encuentros en distintas ciudades para reconocer la enorme labor de los 42 equipos de atención psicosocial (EAPS) repartidos por todo el territorio.

Hoy ha sido el turno de Bilbao, donde se han reunido las instituciones que han colaborado en la iniciativa, familiares de pacientes, voluntarios y miembros de los EAPS provenientes de todo el País Vasco. Profesionales como Julio Gómez, director del EAPS Santurtzi, y Lori Thompson, directora del EAPS Donosti, que han visto crecer el programa y cómo la atención psicológica, social y espiritual al final de la vida llegaba a cada vez más gente.

 

flores

 

“Tuve la suerte de que la Fundación Matia fue de las primeras en apostar por la figura del psicólogo dentro de los cuidados paliativos, ya en el año 1993. Pero era una figura muy nueva y me sentía muy sola”, rememora Lori. “La creación del programa significó no solo encontrar un equipo con el que trabajar, sino 41 equipos más con los que compartir experiencias y opiniones”, afirma con relación a las frecuentes jornadas de debates y formación que organiza el programa.

Para Julio, este currículum técnico-profesional debe complementarse siempre con lo que llama currículum interior. En un mundo perecedero como el nuestro, el sufrimiento y el duelo nos ha tocado y nos tocará a todos. La muerte, en cierto modo, nos iguala. Por eso, un buen profesional de la atención integral antes debe haber trabajado sus propias experiencias relativas a la pérdida y sus estragos. “No podemos acompañar a las personas a los lugares donde no nos atrevemos a entrar”, apunta. “Necesitamos profesionales que, ante un sufrimiento tan profundamente humano, no huyan, sino que se queden y se comprometan a lidiar con él”.

Lori lo sabe bien. Con 18 años, vivió la muerte de su madre en un contexto en el que la atención psicosocial todavía no existía. Fue entonces cuando experimentó en su propia piel “la necesidad que tenemos todos de sentirnos comprendidos, aliviados y acompañados por otras personas durante este proceso”. Porque el dolor físico, el final de la propia vida o la muerte de un ser querido son inevitables; pero no lo son el sufrimiento y la soledad. “Como médico, tienes que aceptar que no siempre puedes curar una enfermedad. Pero lo que siempre puedes hacer es acompañar. Porque habrá enfermos incurables, pero ninguna persona es incuidable”, añade Julio.

Cuando se da este acompañamiento, cuando se vence el miedo y la soledad con gestos de cariño, compañía y compasión, incluso la muerte puede convertirse en un proceso de aprendizaje: una vía de descubrimiento de aficiones que uno no sabía que tenía o de reencuentro con personas que se creían ya perdidas. “Tuvimos un paciente que era del País Vasco pero que había vivido toda su vida en Estados Unidos, solo, cuidando ovejas. De mayor, cuando volvió a su pueblo, se dio cuenta de que había pasado tanto tiempo solo que ya no sabía convivir con otras personas”, recuerda Lori. “Fue muy difícil entablar una relación con él. Pero, poco a poco, aprendió a reconectar primero conmigo y luego con toda su familia, que estaba ahí queriendo acompañarle y con la que él siempre había mantenido cierta distancia. Sus últimas palabras fueron que era una pena haber vivido tan solo y no haber aprendido a conectar con las personas antes. Pero lo aprendió, en el verdadero final lo aprendió. Fue muy gratificante tanto para él como para su familia, a la que por fin había dejado acercarse y acompañarle en un momento tan único e importante”.

 

Texto: Patri di Filippo