Un olivo puede renovar el ánimo y la economía de un pueblo entero. Y una parra de uvas puede devolver la confianza a alguien que la había perdido. Según un estudio realizado por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) e impulsado por el programa RecerCaixa, la agricultura social, basada en criterios ecológicos y en la inclusión laboral de todo tipo de personas, aporta beneficios a toda la sociedad.

Cultivar productos ecológicos, dar trabajo a personas que el mercado laboral suele excluir y, además, lograr que el negocio sea rentable no parece fácil. Uno podría pensar que una empresa así tendría dificultades para generar ingresos. Y se equivocaría. El estudio “La agricultura social en Catalunya”, llevado a cabo por la UAB y RecerCaixa, demuestra que las empresas que se dedican a la agricultura social no solo son rentables, sino que tienen un alto impacto social: por cada euro invertido en ellas, estas devuelven tres a toda la sociedad.

Desde el año 2010, L’Olivera Cooperativa elabora los vinos Vinyes de Barcelona en la masía Can Calopa de Dalt (una de las entidades analizadas por el estudio), y en todo el proceso participan personas con algún tipo de discapacidad intelectual que residen en la masía. Un modelo aprendido en Vallbona de les Monges (Lleida), donde la cooperativa tiene su sede central desde hace más de 40 años.

 

 

“En el origen de la cooperativa está el respeto a las personas; incluir a todos aquellos que iban quedando al margen de la sociedad”, cuenta Pau Moragas, el vicepresidente. “Cuando decidimos hacer de la experiencia una actividad económica, vimos que teníamos que ser respetuosos con más cosas: con el medioambiente y con los propios trabajadores. Se trata de construir una organización fundada sobre la participación y la equidad”. Y la agricultura es una actividad donde siempre hay algo que hacer. En ella, personas con diferentes capacidades pueden encontrar una habilidad a la que dedicarse. Desde la siembra hasta el embotellado, todos participan: en L’Olivera, detrás de cada botella de vino o aceite está el trabajo conjunto de todos los que lo han hecho posible.

El estudio también apunta otro dato importante: cada vez hay más entidades que se dedican a la agricultura social. “Yo creo que es una respuesta a la situación misma de la sociedad”, prosigue Pau. “Ante un modelo que crea más desigualdad, tenemos que buscar fórmulas que jueguen en sentido contrario: una sociedad que ponga en el centro a las personas y el valor que todas pueden aportar. No es fácil, pero nosotros siempre decimos que estar vivos es un síntoma de que es posible”, sentencia.

 

Fotografía: Rita Puig-Serra