Cuando la sonda Voyager emprendió en 1977 su fascinante viaje de 40.000 años hacia la estrella más próxima, llevaba en su interior un disco de gramófono con la más diversa información esquemática sobre el ser humano junto a una selección de piezas musicales. Si unos seres inteligentes se topan algún día con la sonda, puede que no comprendan los saludos y mensajes incluidos, pero probablemente sí sean capaces de sentir la calidez que desprenden la Quinta Sinfonía de Beethoven o La consagración de la primavera de Stravinsky. Y es que cuando se trata de música, o de danza como su expresión física, sobran las palabras para conectar y comprenderse. Así quieren promoverlo desde la Asociación Dan Zass a través del proyecto La danza como expresión en las personas con trastorno del espectro del autismo, seleccionado en la convocatoria 2018 de Art for Change ”la Caixa”.

“No existen personas con problemas de comunicación, solo tienen otra forma diferente de hacerlo, basta con encontrar la vía adecuada”, nos explica Cristina Arauzo Ruiz-Capillas, directora de la Asociación Dan Zass y responsable de la iniciativa La danza como expresión en las personas con trastorno del espectro del autismo (TEA), un proyecto que cuenta con el apoyo de Art for Change ”la Caixa”. Desde hace una década, esta asociación venía impartiendo clases de danza como actividad extraescolar para alumnos con TEA en el Colegio Concertado de Educación Especial CEPRI, en Majalahonda (Madrid). Sin embargo, para este año se plantearon ir un paso más allá: permitir que todos los niños y jóvenes del centro descubran el mundo de la danza. Así nació este proyecto, que desde enero hasta junio hará partícipes de la experiencia a los 59 alumnos del CEPRI y a 17 de sus profesionales.

 

 

No existe cura para el TEA, solo educación y apoyo constante. En este sentido, desde la asociación plantean la danza como una vía de expresión y de comunicación para estos niños y jóvenes, un canal nuevo y por explorar para personas con este trastorno. Las clases tienen un máximo de cinco alumnos, con cuatro sesiones por cada grupo, “que se quedan cortas, pero como primera toma de contacto está bien”. Además, todo el trabajo desarrollado a lo largo de estos meses está siendo registrado para servir de base a un documental que pueda inspirar a otras entidades que trabajen con personas con TEA, al mostrar las posibilidades de abordar esa relación a través de la danza.

“Todos nos comunicamos a través del cuerpo”, explica Cristina Arauzo. “Nuestro cuerpo da información, cuando estamos tensos, relajados, preocupados… Por eso trabajar a través del cuerpo es una forma de entablar un diálogo. En mis clases hablo un poco con lenguaje oral, pero mucho más con el cuerpo. Si quiero que alguien se ponga de pie o se siente, no lo verbalizo sino que le informo corporalmente. Es un lenguaje universal”. Además, también es una forma completamente nueva de relacionarse para estos jóvenes en la que, ante todo, prima el respeto y el movimiento natural. “Algunos prefieren el contacto a través de la musculatura, otros a través del peso, para así encaminarles en la percepción de su esquema corporal”, nos describe esta bailarina y trabajadora social, que con sus manos y todo su cuerpo se hace una con el estudiante bailarín para sugerir o inspirar sus movimientos, nunca para imponerlos. “Algunos tienen hipersensibilidad y el mero contacto les produce mucha risa, y otros prefieren evitar el contacto directo. En esos casos recurrimos a cojines o a telas. Cada uno toma el extremo de la tela y es esta la que se mueve, la que baila; ahí tenemos ya un punto de conexión”, describe.

Lo bueno es que los alumnos no son los únicos que aprenden. “A veces, sin darnos cuenta, proyectamos nuestros deseos o nuestras necesidades en otras personas, todo se vuelve urgente”, advierte Cristina Arauzo, “y ellos me han enseñado que hay que respetar el hecho de que cada uno tenemos nuestro propio ritmo en la vida, que no debemos tener prisa”. Cristina dice que también ha aprendido de ellos que parar y observar es muy importante en la vida, “y de hecho es algo que estoy aplicando en mi día a día”. Y le han dado además una lección de vida al hacerle ver que no hay barreras cuando hay voluntad: “Me han enseñado que todas las personas pueden bailar, que el concepto es mucho más amplio. No consiste en hacer tres piruetas para ser bailarín, la danza también es lo que a ti te hace sentir y lo que tú transmites. Y estos chicos bailando puedo asegurarte que transmiten muchísimo”. Y seguro que a través de este proyecto, muchos más llegarán a emocionarnos.

 

Texto: Javier Márquez Sánchez
Fotografía: Bárbara Lanzat