Haz una respiración profunda. ¿Ya? Vamos a hablarte del final de la vida. Porque somos muchos los que soñamos poder morir sin dolor, habiendo cumplido todo lo que queríamos hacer. Pero la realidad, a veces, es otra. Y aunque parezca que no hay nada bueno en saber que moriremos, cuando nos informan de un mal pronóstico y pensamos en ello (porque tenemos una enfermedad y el proceso se acelera) se abre una oportunidad para mejorar nuestra calidad de vida, reconstruir nuestro presente y marcharnos en paz.

Este es el objetivo de los Equipos de Atención Psicosocial (EAPS), distribuidos por todo el Estado, y del programa para la Atención Integral a las Personas con Enfermedades Avanzadas de la Obra Social ”la Caixa”, que este próximo año celebra su primera década con 18 actos de reconocimiento a todos los profesionales, voluntarios y familiares que trabajan para que la vida siga siendo vida hasta el último instante.

“Nosotros no tenemos varitas mágicas, no podemos transformar esa tristeza en felicidad, pero podemos acompañar en la tristeza: hacer que la entiendan, que la gestionen y facilitar que puedan llegar a transformarla para que la experiencia final sea otra, sin sufrimiento”, nos cuenta Laura Espinàs, doctora en psicología, psicooncóloga y coordinadora del EAPS del Hospital Sant Joan de Déu de Palma.

 

 

El enclave del hospital es precioso. El mar calma. Se nota que la doctora Espinàs lo da todo a diario para aliviar una de las experiencias más duras que vive, ha vivido y vivirá el ser humano: la muerte y la pérdida. Uno de los puntos clave del proyecto es que no solo se cuida el cuerpo enfermo, también se trabaja la dimensión emocional, relacional, social y espiritual de la persona. Por eso, los equipos de EAPS están formados por trabajadores sociales y psicólogos como Laura.

En nuestra cultura, hablar abiertamente de la muerte es difícil. Tiene que ver con los sistemas de protección. Las personas piensan que si se evita tocar el tema, el dolor no lo sentirán. “Y no es verdad. Las personas sufrimos porque el sufrimiento forma parte de la vida. Es mejor compartir ese sufrimiento y afrontarlo conjuntamente, que no hacerlo de forma aislada. Fomentar la comunicación reduce los niveles de malestar emocional tanto del paciente como de la familia”, dice la doctora Espinàs.

¿Y los que le tienen miedo a la muerte, pueden llegar a vencerlo? Según la psicóloga, la respuesta es sí. “Un pronóstico de vida a corto o medio plazo es siempre un impacto muy grande para la persona y su familia: al principio los sentimientos son de rabia, impotencia, desesperanza… Pero, conforme la enfermedad va avanzando, hay una experiencia de aprendizaje del proceso de enfermedad y de madurez vital por parte de la persona y de la familia”. Aunque perder el miedo a la muerte no es lo mismo que aceptarla.

Cuenta Laura Espinàs que hay un número muy elevado de personas con dificultades para mirar a la muerte de cara cuando se acercan al final de vida. Mueren en proceso de negación, porque les resulta menos difícil que aceptarlo. “Morir pensando que mañana volverán a ver a su familia no es malo en sí, es una estrategia de adaptación. Hay gente que no tiene la capacidad de afrontar según qué procesos”. Otros, explica, pueden realizar la despedida sin malestar, perdonar abiertamente, decir a familiares y amigos que los quieren. Cada persona es única y su muerte no es una excepción. Los EAPS trabajan desde el respeto, sin juzgar, desbloqueando todo lo que es posible desbloquear para tener una muerte digna y hacer que el acompañamiento sea la aceptación final.

Los grandes aliados son el apoyo incondicional de los que tienes cerca y el lenguaje no verbal, que vence todas las barreras. El tacto y el oído son los últimos sentidos que perdemos; por lo tanto, dar una caricia, recordar anécdotas, agradecer o estar en silencio juntos son de las mejores ayudas en los últimos momentos compartidos. “Cuando realmente les das un acto de amor que no tiene nombre es cuando les das permiso para partir”, explica. “Ve tranquilamente donde tengas que ir, descansa si necesitas descansar, nosotros estaremos bien y seguiremos adelante. Si tienes que irte, sigue tu camino”. Durante nuestra conversación, Laura representa este acto de dejar partir con las manos, como si un pájaro se escapara de entre sus palmas.

Y ahora la pregunta del millón. Sí, en este trabajo los profesionales también lloran. ¡Claro que lloran! Porque por más años de experiencia que tengan, son humanos y conectan con el sufrimiento. Pero, como dice Laura Espinàs, “llorar no tiene efectos secundarios y todo lo que estas personas les enseñan —a revalorizar la vida, a disfrutar de cada momento, a saber manejar los propios miedos que tienen que ver con un futuro que no existe— vale todas las vidas del mundo”.


Texto:
Laura Calçada
Ilustración: Belén Segarra