Cuando uno pierde sus derechos como ciudadano, está en riesgo de perder sus derechos como ser humano. Y aunque los campos de refugiados estén pensados como solución temporal, en realidad las situaciones se estancan y la malnutrición se convierte en uno de los problemas más serios, sobre todo para mujeres y niños. Por eso hoy, Día Mundial de la Alimentación, queremos dar a conocer el proyecto MOM: Plan de Innovación para la Nutrición Infantil, promovido por ACNUR y la Obra Social ”la Caixa”.

Hannah Arendt escribió en 1950 que “la privación fundamental de los derechos humanos se manifiesta, ante todo, en la privación de poseer un lugar en el mundo”. La filósofa de origen judío experimentó en primera persona lo que significa verse forzada a no formar parte de ningún país: fue apátrida desde que el régimen nacional socialista alemán le retirase la nacionalidad en 1937 hasta conseguir la estadounidense casi 20 años después.

En 2017, otras son las guerras que se luchan, pero en el mundo hay 65,6 millones de personas desplazadas a la fuerza, de los que 22,5 millones han sido reconocidos como refugiados, 11,6 millones están en esa situación desde hace al menos cinco años y, de estos, 4,1 millones lo están desde hace 20 años o más. Se calcula, además, que el 80 % de la población refugiada son mujeres y niños. Y la malnutrición es uno de los problemas más serios a los que se enfrentan en los campos.

Según el Global Nutrition Report de 2016, la malnutrición afecta a una de cada tres personas en todo el mundo, y, en situaciones de emergencia como la de los refugiados, es la causa de la muerte de casi la mitad de los menores de cinco años. Pero, como indica Matilde Fernández, presidenta del Comité español de ACNUR, la malnutrición infantil se debe a muchos más factores que la falta de comida, como las malas condiciones higiénicas, la falta de refugios dignos, de agua potable o de formación en hábitos alimenticios sanos. Y este es uno de los puntos fuertes del proyecto MOM: empoderar a las mujeres, formándolas en temas de nutrición y salud, dándoles un espacio para expresarse e implicarlas desde el principio en la prevención de la malnutrición. “Se ha demostrado”, comenta Matilde, “que si tienen un trozo de tierra y agua para cultivar, las mujeres africanas pueden mantener a su familia y colaborar en el desarrollo de otras”. El proyecto también ha puesto en marcha un registro digital de los refugiados que agiliza la distribución de alimentos entre mujeres y niños.

Un niño bien alimentado significa, además, un niño con ganas y energía para seguir aprendiendo en la escuela y capaz de aprovechar todo su potencial, tanto en el aspecto físico como en el emocional y mental. En un siglo de guerras más largas y soluciones menos definitivas, “cerca de nueve millones de niños y niñas están en países en vías de desarrollo esperando tener esperanza, tener futuro”, afirma Matilde. Puede que estos niños hayan perdido sus hogares, su lugar en el mundo. Pero si conseguimos consolidar algo tan fundamental como su alimentación, estarán a tiempo de reconstruirlo.