La vida de Hannan Serroukh no ha sido fácil. Hija de inmigrantes marroquíes, su padre murió cuando era niña y, años más tarde, su madre volvió a contraer matrimonio con un musulmán fundamentalista que quiso casarla con un desconocido cuando todavía era menor. Rota, escapó de casa y, tras varios años de caos interno, llegó a la Casa de Recés. En este espacio de la Fundación de la Esperanza de ”la Caixa” ganó la seguridad y la confianza que necesitaba para reconducir su vida. Veinte años después de dejar la casa, es asesora para la policía en cuestiones de terrorismo islámico, y ha querido volver allí para compartir su experiencia con las jóvenes que residen hoy en ella.

La sala de actos de la Casa de Recés está prácticamente llena. Una treintena de chicas, jóvenes todas ellas y de temperamentos, etnias y estilos diferentes, esperan impacientes, e incluso divertidas, a la ponente de hoy. Hannan no tarda en llegar. Aparece con una camiseta blanca, semioculta por una elegante chaqueta oscura. Revolutionary women”, pone. “Hoy vengo guerrera”, dice con una sonrisa.

Hannan se presenta y recuerda los primeros años de su infancia con una sonrisa: le encantaba jugar a fútbol, el programa La Bola de Cristal, salir de excursión con el cole y llevar manualidades a casa por Navidad, aunque su familia era musulmana.

 

 

De hecho, no recuerda haberse sentido discriminada por su origen. Su vida era bonita, fácil. Alguien levanta la mano. “¿Cuántos años tenías cuando murió tu padre?”, le pregunta una joven de la primera fila. “Tenía 6 años”, responde Hannan. A partir de entonces, su vida dio un cambio radical.

Años más tarde, su madre conoció a otro hombre que la fascinó: era culto, sabía escribir y leía el Corán. Sin embargo, ese hombre vivía el islam de manera muy diferente a como lo hacía su familia, y eso empezó a afectar a la vida de Hannan. Así, empezaron a discutir por el largo de la falda, las mangas cortas, el hecho de jugar a fútbol o andar con “autóctonos”. La realidad, de repente, se dividió en dos: nosotros y ellos.

Eso provocó innumerables discusiones y agresiones físicas hacia ella. Hasta que cayó la gota que colmó su paciencia. “Mi padrastro consideró que la mejor forma de «descontaminarme» era casándome con un hombre de su entorno. Y ante eso, o claudicas o te rebelas. Y rebelarse implicaba romper no solo con la familia, sino con la sociedad, con mi entorno, con todo”, relata Hannan.

A partir de entonces, su vida se convirtió en un laberinto emocional y burocrático: con tan solo 12 años escapó a Girona, la policía la llevó a un hogar infantil y, posteriormente, fue trasladada a un centro de menores. Los asistentes sociales se encontraron ante un perfil en tierra de nadie. “No sabían qué hacer conmigo. Trataron de mediar con mi familia y me reunieron con mi madre, pero me repudió”, recuerda, mientras los pañuelos empiezan a circular por la sala. “Lo siento, no he venido a entristeceros”, dice. “Es que nos sentimos identificadas, te entiendo perfectamente”, dice una muchacha.

“¿Y a qué edad empezaste a trabajar?”, pregunta otra joven. “Con 18 años decidí volver a Barcelona y me puse a limpiar escaleras”, responde. Un par de años más tarde, gracias a la intermediación de una asistente social, Elena Cobos, llegó a la Casa de Recés. “Fue un elemento clave. No la recuerdo como un espacio institucional, sino como un hogar. Me trataron con respeto y me dieron confianza. Y eso, en medio de toda la locura que era mi vida, de haber estado sola en la calle, de estar huyendo de mi propia historia, me permitió reducir el ritmo y hacer algo que no había podido hacer antes: reflexionar, preguntarme quién soy, qué quiero… Además, también me ayudaron en algo fundamental: a perdonarme y a perdonar a los que me hicieron daño. Si no perdonas, no puedes avanzar”.

Las residentes de la Casa de Recés derraman lágrimas en silencio. Perdonar. Tan pocas letras que contienen, sin embargo, un significado tan inmenso. “Pero… ¿cómo perdonas?”, pregunta una, con la voz entrecortada. “¿Perdonar quiere decir volver a tener trato?”, pregunta otra. “El rencor mantiene el dolor en nuestro interior, y eso nos perpetúa en el papel de víctima. Pero podemos escoger no seguir sufriendo. La felicidad solo llega cuando te sientes cómoda y aceptas toda tu historia. Así, perdonar te ayuda a sentirte más libre y a ser tú misma, que es, en esencia, el secreto del éxito”, explica Hannan.

Gracias a ese “receso” en su vida, Hannan es hoy una mujer reconstruida, libre. De hecho, ha tenido la habilidad de convertir aquello que la apartó de su familia en su medio de vida. Hoy coordina el área de Estudios Islámicos del GEES, un grupo que asesora a la policía en cuestiones de terrorismo. También creó una asociación, Punt de Referència, pensada, precisamente, para proporcionar referentes a menores tutelados que no han tenido un buen ejemplo a seguir en su vida. Así, Hannan se presenta ante las chicas como ejemplo de resiliencia, una aptitud que considera especialmente femenina. “Las mujeres somos el motor emocional de la sociedad y también el termómetro de la salud social y democrática de cualquier país”, asegura.

“¿Y qué has sacado en positivo de toda esta historia?”, pregunta una rezagada al final de la charla. “¿Que qué he sacado de positivo?”, repite, retórica, sonriendo y mirando pícara hacia el horizonte. “Pues a mí”.

 

Texto: Bárbara Fernández
Fotografía: Lydia Metral