Las mejores historias, esas que te impactan y te hacen mirar el mundo de otra manera, no siempre se encuentran en las páginas de un best seller o en una sala de cine. A veces, las historias más reveladoras se esconden, como en el caso que hoy nos atañe, detrás de la puerta de un edificio muy antiguo, perdidas entre las decenas de callejuelas que dibujan el barrio Gótico de Barcelona. Y es que todas las mujeres que han pasado por la Casa de Recés tienen una historia que contar: cómo llegaron con nada y se fueron con todo, cómo se ayudaron unas a otras para salir adelante. Pero lo más importante es que todas ellas se van sabiendo que a su historia aún le quedan muchos, pero que muchos capítulos.

Hace ya cinco años que nació la Fundación de la Esperanza junto a su buque insignia, la Casa de Recés. Creada por la Obra Social ”la Caixa”, desde el 2013 esta fundación ha atendido a unas 6.000 personas y a más de 1.600 familias, ya sea ayudando a los adultos a encontrar trabajo o a los más pequeños con sus deberes y sus talentos. Pero la historia de la Casa de Recés se remonta a mucho antes: como recuerda una placa que hay en su patio, fue puesta en marcha en 1744, con el objetivo de luchar contra la esclavitud sexual a la que se veían abocadas, en la época, muchas de las mujeres que llegaban a la ciudad condal desde los pueblos pequeños.

Desde entonces, por esta casa —constituida ahora como un centro de acogida para mujeres de entre los 18 y los 35 años— han pasado chicas con todo tipo de historias detrás (violencia de género, maltrato familiar, redes de prostitución, adicciones), pero siempre con un hilo común: “las ganas de darse una oportunidad en la vida y de dejarse acompañar en ello”, cuenta Llum Delàs, directora de la fundación.

 

 

Aquí las chicas cuentan con un equipo de mujeres referentes, dispuestas a ayudarlas en todo. “Trazamos un plan de trabajo con cada una, que vamos revisando cada seis meses o cuando hace falta”, nos cuenta Gemma, una de las educadoras. “Los objetivos de las chicas van desde dejar de fumar hasta sacarse la ESO”, añade, “aunque, en este último caso, lo ideal es que puedan compaginar los estudios con un trabajo”.

Además, para estas chicas la Casa de Recés es lo más parecido a un hogar. Un hogar compuesto, por supuesto, por todas sus compañeras, por un salón lleno de fotos sacadas por ellas mismas, por la pasión con la que Llum habla de ellas, por los desayunos de cada mañana con Gemma mientras repasan los titulares de los periódicos y por las risas que se pegan con Araceli —encargada de la cocina desde hace 23 años— las noches que ven juntas Gran Hermano o los partidos de fútbol.

No hay que olvidar, sin embargo, que se trata de un recurso temporal en el que tomarse un tiempo para reconstruirse, coger aire y prepararse para volar solas. Por eso a la directora no le preocupa que las chicas cometan errores por el camino: lo importante no es que lo hagan bien, sino que lo hagan por su propio pie. “Hay que dejar que se equivoquen, pero mirándolas de una manera que ellas sepan que estás esperando un paso más, que esperas que salgan del atolladero y pongan toda su fuerza en ello”.

Y resulta que muchas, cuando salen, deciden hacer por otros lo que un día hicieron por ellas. “Muchas acaban trabajando en el ámbito social, como si quisieran devolver la ayuda que recibieron”, dice Gemma. Es el caso de Paula que, ahora que trabaja de compositora, vuelve para dar clases de guitarra a las chicas que viven en la casa. O el de Andrea, que vive en un piso de alquiler mientras cursa un ciclo de integración social. “Es precioso. Es educación por mimetismo y contagio. Vosotras —dice Llum refiriéndose a las educadoras— les reveláis lo mejor de ellas mismas. Porque ellas os miran muy atentamente. Y vosotras las miráis con tanto amor, que acaban dándose cuenta de que eso es lo que desean y merecen”.

A Gemma estas palabras le recuerdan a una chica que pasó por allí: “Era totalmente hermética, se iba de todas las habitaciones corriendo y no conseguía llegar ni a la puerta de los cursos de formación que hacía”. Esto, sumado a una discapacidad del 33 % que ella nunca quiso aceptar, hizo que el equipo de educadoras casi tirara la toalla. “Lo bueno es que, al no aceptar nuestra ayuda, al final lo acabó consiguiendo sola: hace ya un año que vive en una habitación de alquiler y trabaja como personal de limpieza de un hotel”.

Lo que me gusta de este lugar es ver que, si te dan una oportunidad, puedes conseguir muchísimas cosas”, explica Araceli recordando a otra de las chicas, que llegó sin ningún tipo de estudios y ahora es jueza. Porque cuando estas chicas traspasan el umbral de la Casa de Recés lo hacen cargadas de historias, muchas de ellas terribles. Pero, cuando vuelven a cruzar esa puerta años después, lo hacen conscientes de que su historia no ha hecho más que empezar.

 

*Para proteger su intimidad, se han utilizado nombres falsos en los testimonios de este artículo.