En el siglo XXI, ¿quién sigue mirando al cielo? Hasta para saber qué día es, hemos cambiado las estrellas por una pantalla. Pero la verdad es que seguramente ni los móviles existirían de no ser porque a alguien, hace miles de años, se le ocurrió levantar la mirada y preguntarse qué era esa cosa que brillaba allá arriba. Para celebrar que el Planetario de Madrid ha batido récords de asistencia tras la remodelación impulsada por la Fundación Bancaria ”la Caixa”, el astrónomo César González nos habla sobre por qué el universo sigue siendo importante en nuestras pequeñas vidas.

Tan lejos, tan cerca
En 1994, un terremoto sacudió Los Ángeles, llevándose por delante el suministro eléctrico de casi toda la ciudad. Pero, esa noche, los teléfonos del Observatorio Griffith no pararon de sonar: los ciudadanos, alarmados, llamaban para avisar de que una enorme nube plateada cubría la noche. No era más que la Vía Láctea. La pobre llevaba ahí toda la vida, pero, con tanta luz artificial, ellos nunca la habían visto antes. “Sal por la noche y cuenta las estrellas”, explica César. “No serán más de 15. Pero si no fuera por la contaminación lumínica, veríamos unas 4.000.” Resulta que tenemos el universo entero al alcance de la mano y nos lo estamos perdiendo. “Observar el cielo estrellado debería ser un derecho universal”, prosigue César. “Y esa es la función del Planetario: acercar el cielo estrellado a todo aquel que venga a visitarnos”.

Sin cielo no hay paraíso
De no ser por la astronomía, probablemente aún deberías escoger entre salir de casa o navegar por internet. Y es que los ordenadores se convirtieron en portátiles básicamente para poder llevarlos al espacio. Y lo mismo pasa con otros millones de cosas. Con los teléfonos satelitales podemos comunicarnos desde cualquier lugar del mundo, por perdido que esté, y esto ocurre gracias a la constelación de satélites Iridium, que da cobertura telefónica a todo el planeta. Las cámaras de nuestros móviles también se desarrollaron en un principio para los telescopios. “Pero creo que lo más importante”, continúa César, “son los experimentos médicos que se están haciendo en la Estación Espacial Internacional. Resulta que para desarrollar según qué medicamentos se necesita gravedad cero. En la Tierra conseguirlo es muy costoso, pero en el espacio es la norma y eso hace que avanzar en medicina sea mucho más fácil”.

 

 

 

 

Una aguja en dos billones de pajares
Para César, el acontecimiento astronómico del siglo es el descubrimiento de las ondas gravitacionales. “No solo porque confirman del todo la teoría general de la relatividad de Einstein (que postuló que deberían existir, pero aún no se habían detectado)”, apunta César, “sino porque abren toda una nueva manera de observar el universo. Es como si hubiésemos estado llevando unas gafas con cristales traslúcidos y, ahora, por fin, pudiésemos ver bien”. Además, las ondas gravitacionales confirman que ¡los agujeros negros existen! Ahí estás tú, llorando porque te han roto el corazón como si no hubiera mañana y, al mismo tiempo, en alguna de los dos billones de galaxias conocidas, hay algo que tiene tanta masa que lo que rompe no son corazones sino el tejido espacio-tiempo. El universo, al fin y al cabo, es como un enorme post-it de recordatorio en el que alguien una vez escribió: “una pequeña mota de polvo no se tomaría la vida tan en serio”.

La curiosidad nunca mató al gato
¿Qué es lo que llevó al ser humano a mirar al firmamento por primera vez? Pues lo mismo que nos mueve a hacer cualquier cosa (además de la rotación terrestre): la curiosidad. “Hay una cuestión que aún nos intriga”, confiesa César, “y es saber qué pasó entre los 380.000 años después del Big Bang, cuando el universo se hizo transparente a la radiación, y el nacimiento de las primeras estrellas”. De ahí nacen proyectos como el Telescopio de Treinta Metros, que busca detectar galaxias más lejanas a nosotros o, lo que es lo mismo, más cercanas a ese momento. Mientras haya preguntas, habrá ciencia. Y si hay algo que encierra en sí todas las respuestas del mundo –ya que la materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma— es el universo.

 

Fotografía: Rita Puig-Serra