Felicidad es solo una palabra. Una palabra, además, de significado esquivo, difícil de consensuar. Una mesa es una mesa, pero… ¿qué es la felicidad? Lo mismo la felicidad está precisamente en no pensar tanto en ella, en vivir más a tope el presente, en compartirlo con los demás y en asumir que no podemos capturarla, y que quizá siempre tradujimos mal el be de be happy, porque no se trata tanto de ser, sino de estar felices. Teniendo esto en cuenta, la clave está en saber dónde encontrarla. Y el Observatorio Social de ”la Caixa” nos da algunas pistas.

La felicidad es así: etérea, intermitente, caprichosa. Por suerte, hay momentos en que se deja sentir en todo su esplendor. Como en aquel concierto de Silvia Pérez Cruz en el que se me escapó la lagrimilla con Pequeño vals vienés y me hice el loco para que mi amiga no lo notara. O en el espectáculo experimental de El Niño de Elche y la bailarina María Muñoz en el Mercat de les Flors, del que salí alucinado. También en aquella obra de teatro en el Espai Brossa, de una compañía jovencísima cuyo nombre olvidé pero que, por alguna razón, logró marcar a fuego en mi memoria escenas de gran belleza. Y si me pongo a pensar, llegan más: aquel partido en el Camp Nou, el viaje a Vietnam y la cena en aquel restaurante a oscuras.

 

 

Sea cuando sea y con quien sea, lo notas. Te invade de repente, cuando menos la esperabas, cuando no pensabas en ella. Algo así como en el principio de incertidumbre de Heisenberg: si intentas verla venir, la condicionas. Porque la felicidad siempre se nos adelanta. Tiene vida propia. De algún modo, nos elige a placer. Aunque eso no significa que no podamos atraerla, invocarla.

Que piense ahora el lector en la última vez que se sintió feliz. Le doy tiempo, va. Espero. ¿Ya? Apuesto a que ese momento no tiene lugar en, pongamos, la oficina, entre la fuente de agua y la puerta de la sala de reuniones. Ni tampoco en casa, con la compañía del sofá, cuando Netflix pregunta si quieres ver un capítulo más de la serie de turno. Porque uno puede sentir algo en esos momentos: confort, tranquilidad, paz. Pero, ¿felicidad? No, eso es otra cosa.

Y hay datos: según un estudio del Observatorio Social de ”la Caixa” los espacios de cultura y ocio contribuyen de forma determinante a nuestra felicidad. Espectáculos, cine, teatro, conciertos. Son algunos de los principales detonantes de esos momentos de gozo espiritual. Pero no solo eso: deporte, excursiones, naturaleza. ¿Qué tienen en común? Un verbo: hacer. Porque hay que hacer cosas para que pasen cosas. Hay que hacer cosas para ser felices. Y según el mismo estudio, disfrutar de estas actividades en compañía para serlo mucho más. ¿Será que la felicidad es mayor cuando se comparte? ¿Será que se contagia?

 

Texto: Samuel Valiente