Es un jueves de mediados de julio. A las cinco de la tarde la marea está tan baja y el agua tan plácida que pareciera que el Atlántico se ha hecho cómplice de un experimento que convierte a Cádiz, cada verano, en la playa de la solidaridad: Dani, de ocho años y diagnosticado con retraso psicomotor y cognitivo, va a ser bautizado. De la mano de Alberto, Voluntario de ”la Caixa” con el que camina confiado hacia la orilla, logra subirse a una tabla de surf. No lo sabe aún, pero esta será su primera ola hacia la superación.

“Lo traemos medio engañado”, bromea el voluntario. Alberto González Baena ha dejado el traje de oficina, como cada jueves, para enfundarse en un neopreno. Hace año y medio que colabora con Solo Surf, una asociación independiente de profesionales de carácter sociocomunitario, que desarrolla y promociona programas acuáticos para la diversidad funcional.

Conmueve verlos en acción: monitores de surf, pedagogos, psicólogos clínicos y voluntarios bajan a la playa de Cortadura para acompañar a un grupo de niños y niñas con autismo que, poco a poco, con la cadencia de las olas y la atención necesaria, van transformando, casi milagrosamente, su comportamiento. “Vienen con un alto nivel de estrés, lo primero que tenemos que hacer es que confíen… Lo demás, va viniendo poco a poco”, explica el voluntario.

 

 

Especializados en la enseñanza de la surfterapia, esta asociación es pionera en el desarrollo de programas centrados en la actividad acuática terapéutica para niños, jóvenes y adultos con autismo y diversidades funcionales mentales. 90 monitores, 140 niños y más de 20.000 horas de trabajo avalan el proyecto de esta entidad que se creó en el 2005, con el único referente de un experimento similar que había comenzado a funcionar en las playas de California (Estados Unidos).

“No está demostrado científicamente que el surf cure nada, no hay certezas desde el punto de vista académico”, reconoce Jesús Borrego, director técnico de Solo Surf. Sin embargo, la certificación empírica es absoluta: “Trabajamos sobre hechos. Aplicando la pedagogía correcta, los participantes evidencian un cambio drástico en sus conductas. Es automático”, comenta este especialista que imparte conferencias y cursos de formación por todo el país y que ha asistido a “transformaciones espectaculares” en niños que han llegado a la surfterapia “sin hablar o sin poder dominar algunos movimientos corporales” y que, gracias a este tratamiento, consiguen relacionarse con su entorno “como un niño más”.

“Nuestro objetivo no es el tratamiento de síntomas mediante el surf, ni la enseñanza adaptada de este deporte: nuestra meta es la dinamización, es darles a estos niños con diversidad funcional mental las herramientas necesarias para favorecer su proceso de activación y participación social”, explica.

Solo hay que ver sonreír a Dani tras su primera gesta en el agua, jaleado por los monitores al grito de “¡Valiente! ¡Valiente!”, para comprobar la eficacia de este método, que va un paso más allá y trabaja lo que Jesús Borrego denomina la coeducación: “Se trata de eliminar esos prejuicios y estereotipos sociales sobre la discapacidad que todos tenemos”.

Es lo que ha comprobado también Alberto como Voluntario de ”la Caixa”: “Esto es lo más grandioso que he hecho hasta ahora, incluso he integrado nuevos amigos a mi vida: un chico autista de 25 años, con el que me divierto como un colega más. La semana pasada fuimos juntos a un partido de fútbol y ya hemos quedado para ir a un concierto de Pablo Alborán este fin de semana”. Pequeños (o grandes) milagros que ocurren, cada tarde, en una playa del Atlántico que pone sus olas al servicio de la solidaridad.

 

Texto: Amalia Bulnes
Fotografía: Jacobo Escamilla