Son las manos que hacen cosquillas a los pies de los recién nacidos, y las que acarician la cabeza de los que van a morir. Son las manos que siembran y recolectan, que lavan y tuestan. Son las manos que cuidan y alimentan. Son las manos de las mujeres. Llevan siglos haciendo el mismo trabajo, pero hace poco que se está empezando a reconocer como tal. En Colombia, es un logro en el que la Asociación de Mujeres Cafeteras del Occidente de Huila ha tenido mucho que ver.

Empezaron siendo 50 mujeres y 2.500 árboles de café. En el 2014, cuatro años después, consiguieron que el gobierno colombiano las reconociera legalmente y formaron la Asociación de Mujeres Cafeteras del Occidente de Huila.

Mientras tanto, las manos se seguían sumando y las tierras, extendiendo. Con el apoyo de la Obra Social ”la Caixa” y el Banco Interamericano de Desarrollo, en el 2015 entraron a formar parte de un proyecto de desarrollo y formación empresarial en la Universidad Cooperativa de Colombia. Esta iniciativa les ofreció formación y recursos para aprovechar al máximo su potencial, y ahora han ganado un premio por su esfuerzo en responsabilidad social: los Premios Corresponsables. En esta asociación de mujeres, la Fundación Corresponsables ha encontrado todo un ejemplo de compromiso con la tierra, con la comunidad y con la paridad de género.

Según un informe publicado en el 2011 por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, en Colombia el 31,3 % de las trabajadoras agrícolas son consideradas ayudantes familiares. Esto significa que no reciben un salario por su trabajo y, en muchas ocasiones, es porque no se reconoce como tal: se considera que lo que hacen es colaborar en el cuidado de la familia. Sin embargo, reconocer el trabajo femenino al mismo nivel que el masculino es el primer paso para conseguir que hombres y mujeres puedan acceder a las mismas oportunidades.

A las 50 mujeres que empezaron su trabajo en Huila se les dieron unos 2.000 árboles. Ahora, son 280 mujeres propietarias de casi dos millones de plantas de café. Sus productos se exportan a Canadá y a Estados Unidos. Y ellas se encargan de todo: desde la siembra hasta la comercialización. Reformulando un poco la célebre frase de Virginia Woolf en Una habitación propia acerca de las mujeres escritoras (porque, al final, ¿cuál es la diferencia entre dar vida a una novela y a un trozo de tierra?): dale a una mujer una plantación propia, y será capaz de cualquier cosa.

 

Ilustración: Alejandra Velasco