Los niños de ahora nacen ya con medio pie en el mundo digital. Juegan a videojuegos. Ven pelis en la tablet. Algunos hasta tienen móviles, a veces, incluso más grandes que sus manitas. Pero, como apunta Mitch Resnick, doctorado en computación del MIT, aunque muchos niños utilicen la tecnología, pocos se expresan a través de ella. Precisamente para unir tecnología y creatividad, Resnick y su equipo crearon el lenguaje de programación Scratch. Con la misma filosofía, EduCaixa monta ahora talleres de programación para estudiantes de 5º y 6º de primaria en los que, de paso, adquieren unas cuantas nociones de astronomía.

Antes de dividirse en grupos, los niños que participan en el taller repasan brevemente qué significa una reacción en cadena. El trabajo en equipo y paso a paso será hoy fundamental, ya que su meta será hacer que un meteorito —que irá pasando tanto por los ordenadores repartidos por la sala como, en forma de pelota, por un circuito físico de tubos y sensores robóticos LEGO WeDo— llegue del espacio exterior hasta el planeta Tierra.

 

 

Un niño de cada grupo pintarrajea una hoja de papel hasta convertirla en su idea de universo, mientras otro dibuja virtualmente su meteorito en el programa Scratch. Se escanean los dibujos a mano para que hagan de fondo a los pedruscos celestes y, ahora sí, empieza el verdadero juego. Usando la interfaz del programa, que tiene pinta como de puzle, los niños van encajando piezas y tecleando instrucciones precisas para sus rocas espaciales: cuántos pasos dará su meteorito, hacia qué lado irá, cuántos grados girará… y, sin darse cuenta, ¡están aprendiendo a programar!

De vuelta al circuito de tubos, una pelota recibe un golpecito, activa un sensor conectado al ordenador… y el meteorito empieza su recorrido por las pantallas al mismo tiempo que la pelota sigue el suyo entre tubos y sensores. Las cabecitas de los pequeños se mueven de izquierda a derecha al mismo compás; los ojos, como platos. No quieren perderse ni un detalle. La pelota llega al último sensor, y el meteorito, a la última pantalla. ¡Éxito! Y todos los niños, del primero al último, estallan en un sonoro “¡ooooooh!”.

Yo creo que cuando se sorprenden es cuando aprenden”, apunta Marta, una de las encargadas de impartir el taller. Su compañero, Cesc, está de acuerdo: “Que haya movimiento real y palpable es lo que funciona. Ven que una cosa que ellos mismos han hecho en un ordenador acaba pasando de verdad en el mundo físico”.

No todos estos niños van a ser informáticos de mayores, claro está. Pero que no aprendiesen todos a programar sería tan disparatado como que solo aprendiesen a escribir los que quieran ser escritores. Porque la programación no es más que eso, un lenguaje: aprender a navegar por Scratch es descubrir una nueva manera de crear y de expresarse a través de la tecnología.

 

Fotografía: Laia Sabaté