Cuentan que lo que nos diferencia de los animales es el lenguaje. Pero, como apunta el historiador Yuval Noah Harari, realmente nos erigimos en reyes de la selva el día en que nos dio por poner la comida en el fuego, por cocinar. Así matamos a los microbios, nuestros dientes e intestinos se hicieron más pequeños y nuestro cerebro, más grande, y llegó la revolución: empezamos a pintar las paredes de las cuevas, a crear arte. Si, como decía el popular anuncio, no hay fiesta sin Martini, tampoco habría arte sin cocina, ni cocina sin arte y pasión. Todo esto, junto con valores básicos para el trabajo y la vida, han aprendido en la escuela de cocina Villa Retiro un grupo de jóvenes en riesgo de exclusión social.

La cocina del restaurante Villa Retiro en Xerta (Tarragona) siempre está llena de todo tipo de olores y sabores que le hacen babear a uno de tan solo imaginárselos. Al fin y al cabo, las Estrellas Michelín no caen del cielo, y el restaurante dirigido por los hermanos Fran y Quim López atesora una desde hace ya casi 10 años. Pero entre sus fogones nunca había corrido tanto entusiasmo como el pasado viernes, día en el que Yunes, Noemí, Nieves y siete chavales más tenían que demostrar todo lo aprendido durante tres meses, preparando un aperitivo por todo lo alto.

 

 

La gastronomía es un arte y, como todo arte, requiere vocación. “Yo siempre quise hacer cocina”, explica Nieves, “pero fui madre muy joven y no pude”. Otro compañero, Yunes, en su día también tuvo que olvidarse de su sueño de ser chef, pero ahora hasta piensa en montar su propio restaurante. Y esta es precisamente la razón de ser de este curso de auxiliar de cocina y restauración diseñado por la Fundació Gentis, el programa de inserción laboral de la Obra Social ”la Caixa” y Villa Retiro Grup: mejorar la ocupabilidad y autoestima de los chavales y dar una oportunidad a quien siempre había tenido claro que lo suyo era la gastronomía, pero no había podido conseguir dedicarse a ello profesionalmente.

En el curso, los chicos han aprendido las tareas de un auxiliar de cocina, además de habilidades básicas para la vida tanto personal como laboral, como el trabajo en equipo, la adaptabilidad, la gestión de las emociones o la responsabilidad. Los cocineros de Villa Retiro también les han intentado transmitir su ilusión por la profesión. “Trabajar en algo que te apasiona es fundamental. Si lo consigues, las horas te pasan volando”, afirma Edu, el chef que ha trabajado mano a mano con los chicos estos tres meses. “A mí lo que me motiva a diario es cocinar para los demás y esto es lo que les he intentado transmitir a los chicos”. Porque, con un poco de esfuerzo, cualquiera puede aprender a cortar verduras en juliana, a espesar una salsa con beurre manié o a deshuesar un cordero. Pero hay algo que nadie puede enseñarte, algo que tienes o no, y que a estos chavales les sobra: la pasión que sientes por lo que haces. En el arte de la cocina, este es el único y verdadero ingrediente secreto.

 

Fotografía: Laia Sabaté