Para susurrar en el hueco de un árbol un secreto que no quieres contar a nadie. Para buscar setas, plantas exóticas o incluso la verdad (siguiendo los pasos de Henry David Thoreau o de Alexander Supertramp). O, sencillamente, para ver otra cosa que no sean los mismos edificios de siempre, que nunca está de más. A cada cual le mueve algo diferente cuando hablamos de irse al bosque. Ahora, un grupo de investigadores se ha adentrado en el Montseny para demostrar que a árboles y personas quizás nos unan muchas más cosas de lo que creemos.

Se habla mucho de los secretos que esconden los bosques, pero, en realidad, están a la vista de todos. Solo hay que detenerse a respirar al ritmo de los árboles para notar que su silencio está lleno de vida y que existen infinitas tonalidades de verde —y no solo la del jabón para lavar platos. Nos paramos a mirar y, a veces, en un bosque nos sentimos más en casa que en nuestra casa. El proyecto Bosques sanos para una sociedad saludable, impulsado por la Obra Social ”la Caixa” y coordinado por el CREAF y el Institut de Ciència i Tecnologia Ambiental de la UAB (ICTA), busca examinar el papel que juegan los bosques en la salud física de las personas y descubrir la base científica de esta sensación de bienestar que nos proporciona el contacto con el medio natural.

 

 

“Esto de relacionar directamente bosques y salud es una línea de investigación que empezó en Japón y que ha llegado aquí sin que se hubieran analizado nuestras masas forestales. Como el bosque nipón no se parece en nada al mediterráneo, quisimos poner un poco de rigor”, comenta Martí Boada, profesor e investigador del ICTA. Y para conseguir este objetivo, el Montseny era el lugar ideal: tiene tantas variedades de especies —de robles a hayas, pasando por pinos y alcornoques— que sus resultados son fácilmente extrapolables a cualquier bosque de Europa.

Albert Bach —otro de los investigadores, que se encarga de tomar las muestras, clasificarlas y ver qué pasa— puntualiza que “no se trata de ver un bosque como un hospital, un lugar dónde curarse”. “Estudiamos solo qué pasa en una persona cuando —enferma o sana— entra en contacto con el bosque.”

“La segunda parte del estudio”, cuenta la investigadora Roser Maneja, “será justamente ver cómo este entorno forestal, lo macrobiótico, se relaciona con el microbioma humano, nuestro cuerpo”. Los investigadores analizarán los principios activos que emiten las plantas y de qué forma pueden interaccionar con nuestra salud. “Este es aún un campo por explorar”, afirma Roser. Y ahí es donde empieza lo pionero del proyecto. Según Martí, “se trata de terminar con la separación entre cultura y ciencia, de entender que seres humanos y naturaleza somos parte de lo mismo y nos relacionamos de manera directa. Los árboles también son una masa viva, una sociedad que evoluciona”.

“En general, estamos muy desconectados de la naturaleza”, añade Roser. “Abrimos nuestra nevera y no sabemos ni de dónde salen los productos que tenemos allí. Pero parece que ahora volvemos a intentar conectar con el origen de todo, aunque suene muy poético”. Y es que, en realidad, no han cambiado muchas cosas desde que Thoreau escribiese en Walden, la vida en los bosques eso tan famoso de: “Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia […], vivir profundamente y extraer toda la médula de la vida”. Solo que él lo llamaba médula y, nosotros, bioquímica.

 

Fotografía: Rita Puig-Serra