Mientras Diego merienda un batido de chocolate y una bolsa de pistachos con su amiga Ariadna, nos confiesa en voz baja que él no quiere ser Mozart ni Tintín. Tampoco quiere ser astronauta. Ni tan siquiera LeBron James en las finales de la NBA. Él quiere ser muchas cosas distintas, pero nada del otro mundo: buceador, electricista, profesor de mates, inventor de quesos muy ricos o, tal vez, algo tan extravagante para sus padres como jugador profesional de videojuegos, concretamente del Minecraft. Sus sueños no son nada extraordinario, pero aspiran a algo mucho más importante: ser feliz.  

Hacer posible que los niños puedan sentirse realizados siendo aquello que verdaderamente desean es el ideal que este año abandera “Yo seré”, la campaña que celebra los 10 años de CaixaProinfancia. Este programa trabaja con el fin de favorecer el desarrollo de los niños de familias en riesgo de exclusión social. Desde su puesta en marcha, en el año 2007, ha atendido a más de 270.000 menores en todo el país y, este año, en ocasión del Día Universal del Niño, también ha impulsado la iniciativa “Ningún niño fuera de juego”, en la que varios clubes de fútbol nacionales cederán sus asientos a niños de CaixaProinfancia. Esta acción colectiva servirá para concienciar sobre la necesidad, y la obligación moral, de no dejar de lado a ningún niño.

 

 

Como dice la escritora de cuentos infantiles Elvira Lindo, “la escuela tiene que seguir siendo el mayor mecanismo de igualdad social”. En esa misma dirección pone CaixaProinfancia todos sus esfuerzos: respaldando, complementando y reforzando la educación escolar y logrando, a su vez, que muchos de estos niños, llámense Diego o Ariadna —que, por cierto, quiere ser peluquera—, puedan desinhibirse y aprovechar todas sus capacidades, y consigan ser aquello que sueñan ser.

Pero esos sueños deben enfocarse siempre hacia lo real, no hacia una sobrestimulación o aspiración idealizada, porque, de lo contrario, pueden sentirse presionados y estresados y su emotividad y su autoestima pueden verse afectadas. “Cuando los niños crecen obsesionados con lo que han de hacer y nunca se tiene en cuenta lo que les apetece hacer, inhiben el afecto y los sentimientos”, explica Tiberio Feliz, profesor de la Facultad de Educación de la UNED.

Vivimos en una sociedad en la que a veces se nos empuja a cumplir ciertas expectativas desde muy pequeños. Sin embargo, la felicidad nunca fue cumplir lo que esperan los demás, sino crear nuestras propias expectativas.

Lo siento, Mozart, pero querer ser gamer, electricista o peluquera es tan extraordinario como querer ser uno de los músicos más destacados de la historia. Y no hablamos de aspirar a menos, sino de aspirar a ser feliz.

 

Fotografía: Román Yñán