En música, el silencio es tan importante como el sonido. Los pentagramas no están salpicados solo de redondas y corchetes, sino también de diferentes símbolos que indican las pausas y sus duraciones. Ahí está John Cage, que compuso un silencio para piano de 4 minutos y 33 segundos, una de las obras musicales más rompedoras del siglo xx. Y en la comunicación, como en la música, saber cuándo callar es tan importante como saber cuándo hablar. Por eso quizás en la etapa final de la vida, los silencios, junto con las caricias y las miradas, también pueden sonar a compañía. Así lo han defendido siempre en el Programa para la Atención Integral a Personas con Enfermedades Avanzadas, y así nos lo cuenta el escritor y catedrático de Lingüística Sebastià Serrano.

Si morir es algo tan natural, ¿por qué nos cuesta tanto hablar de ello?
Hay culturas en las que se habla mucho más de ello. Pero en la nuestra es un tema tabú. Y no es de extrañar, porque también es cierto que, si bien la muerte es algo natural, también es el fin de la vida y nosotros, de alguna manera, estamos programados para estimular su continuidad. Además, desde el momento en que la naturaleza establece la diferenciación sexual como medio de reproducción, para que la vida continúe dos seres tienen que comunicarse entre ellos. Por eso, yo siempre digo que hemos venido a este mundo a festejar. Pero también hemos venido a cuidar. Es muy estimulante ver que, entre restos arqueológicos de hace unos 35.000 y 50.000 años, se han encontrado personas que se sabe que, para vivir, necesitaron de otra persona durante toda su vida, que siempre tuvieron alguien cerca que los cuidara.

Hablando de cuidar y del final de la vida, ¿por qué es importante una buena comunicación y en qué consiste?
Una buena comunicación sería una que dé al paciente un cierto grado de bienestar emocional. Y se lo podemos dar, primero de todo, con un trato amable. La amabilidad es una de esas cualidades que están aceptadas en todas las culturas del mundo, lo que se diría un “universal cultural”. Todo el mundo desea ver una cara amable, escuchar una voz amable. Y en las situaciones vitales más difíciles, como las enfermedades, sean o no terminales, es necesaria.

¿Y qué papel juega el silencio?
El silencio, en nuestra sociedad, está visto muy negativamente: es como si provocara desconfianza, como si escondiera algo. Pero deberíamos también educarnos en el saber estar en silencio con otra persona, en disfrutar del silencio, porque es un valor fundamental para hacer sentir a alguien que estamos ahí con él.

 

 

¿Cómo cuida uno sin hablar?
En el caso de una persona que se encuentra en cuidados paliativos es muy importante la compasión, pero entendida como en la filosofía oriental: compartir una emoción con el deseo de que el otro no sufra. Hay muchas estrategias comunicativas que podemos utilizar para hacer que alguien se sienta mejor. Y todas son emociones muy antiguas. Una sonrisa, por ejemplo, tiene unos 25 o 35 millones de años. Empezó como una ritualización de enseñar los dientes para comunicar “no te preocupes, no te haré nada”, y ha terminado como una muestra de afecto. Mira, cuando la gente se pregunta qué es la felicidad, una manera de aproximarse a ella es esta: estimular la neutralización del dolor, del sufrimiento físico y moral. Están muy unidos, se encuentran en la misma zona del cerebro.

¿Alguna estrategia comunicativa concreta que quieras recomendar?
Lo primero, cuidar mucho la voz. Nosotros somos mamíferos. Los primeros mamíferos eran animales muy pequeños, que vivían de noche y en las cuevas, y tuvieron que incentivar mucho la producción de sonidos para poder comunicarse entre ellos. Esta comunicación a través del sonido ha ido pasando por la genética hasta llegar a nosotros, que le hemos añadido lenguaje. Pero no hay que olvidar nunca el elemento del sonido: que nuestra voz suene amable.

Luego, depende de la persona, pero, en general, tocar y coger las manos es algo que gusta mucho. Porque el tacto dispara la producción de oxitocina, que disminuye la ansiedad. Además, coger la mano tiene un valor simbólico enorme: culturalmente, es el signo más importante de que alguien no está solo.

Y, si hay más intimidad, acariciar la cabeza. Si te fijas, los monos se pasan la mano por la cabecita todo el rato. Es sabiduría intuitiva, porque, al tocarse la cabeza, se estimulan las conexiones cerebrales de zonas como el neocórtex o la corteza prefrontal, que influyen mucho en el bienestar emocional.

¿Y cómo podemos saber cuándo es mejor hablar y cuándo callar?
Hay que saber escuchar lo que el otro necesita. Conocerlo, o preguntar, porque escuchar también es preguntar. Mi madre cumplirá dentro de poco 100 años y soy muy consciente de que, tras mucho hablar, necesita un poco de descanso. Pero esto es algo que tienes que interpretar por ti mismo. Por eso necesitamos personas empáticas, que sean capaces de reconocer el estado del otro. No solo el estado mental, sino también el emocional. Y preguntar, por ejemplo: “¿Te parece si descansamos cinco minutos?”.

Y esta empatía, ¿se puede aprender?
Por supuesto. Lo que pasa es que, en la educación, la inteligencia emocional se ha desarrollado muy poco. Las emociones también han sido un tabú. Y nos hemos olvidado de que gran parte del conocimiento crece sobre una base emocional. En la constitución del cerebro, las emociones tienen unos 200 millones de años, mientras que el razonamiento, unos 100. Las personas que escogemos para tener a nuestro alrededor, los estudios que hacemos, los recuerdos que guardamos… son los que son porque nos han tocado emocionalmente. Las emociones ayudan a guardar la memoria e influyen mucho en el éxito de algo. A mí, por ejemplo, hablar de estos temas me emociona, les tengo un cariño especial desde toda la vida.

Usted siempre dice que la comunicación es un regalo
Cuando venimos al mundo, en nuestra mochila de elementos innatos creo que la capacidad de comunicarnos es probablemente la más importante. Porque en la comunicación está la base de la continuidad de la vida. Nos permite relacionarnos con otros para reproducirnos, nos permite estar alerta de los peligros. Y es la naturaleza la que nos prepara especialmente para ello, la que, en este sentido, nos ha regalado la capacidad de comunicar.

 

Fotografía: Clara de Ramon