Cambio climático, crecimiento exponencial de la población mundial, aumento del precio del petróleo, transgénicos, uso de pesticidas… Parece que la humanidad va a tener que enfrentarse a toda una serie de desafíos capitales para seguir alimentándose de forma sostenible en este siglo xxi. Dentro de su ciclo de Diálogos ciencia y ciudadanía: una sociedad que avanza, el Palau Macaya de ”la Caixa” y la Asociación Catalana de Sociología organizaron el pasado 12 de febrero el debate “¿Nos estamos comiendo el futuro? La sostenibilidad del sistema alimentario actual”.

Sin caer en catastrofismos, hay que tener claro que un cambio es necesario para encaminarse hacia una producción menos extensiva y más ecológica y de proximidad. Más humana. Al menos es la opinión de Josep Espluga, profesor de sociología en la UAB y experto en temas de salud y trabajo, territorio y medio ambiente. Sin perder nunca la sonrisa, Espluga nos aporta algunas de las claves para un cambio de enfoque necesario que supone una transformación total de nuestra manera de aprehender la producción y el consumo alimentarios.

¿Cuáles son los principales desafíos a los que se enfrenta la actual producción alimentaria mundial?
El desafío más importante es afrontar las consecuencias negativas del modelo actual de producción y distribución de los productos. Tenemos un modelo basado en grandes monocultivos muy tecnificados que permiten producir grandes cantidades de alimentos a precios bajos destinados a la exportación. Esto genera problemas medioambientales por los agroquímicos empleados y por las grandes extensiones de tierra que se necesitan. También provoca un éxodo rural en los países del sur y problemas de tipo geopolítico, porque el control de la alimentación es un aspecto clave para todo gobierno y para toda gran corporación.

 

 

¿Los países europeos están preparados para un cambio de paradigma en la producción y el consumo?
Ahora mismo los países europeos somos totalmente dependientes. De hecho la mayor parte de nuestros alimentos proviene de lugares muy dispares y lejanos. Lo paradójico es que las personas encargadas de la política agraria siguen moviendo la rueda del modelo hegemónico, la competitividad a nivel global, etc., pero al mismo tiempo vemos cómo las administraciones locales llevan ya unos 4 o 5 años estableciendo planes de política alimentaria local.  Se trata ahora de recuperar tierras, favorecer una agricultura con menos agroquímicos y menos gasto energético y vincularla a un consumo local.

¿Pero este cambio es compatible con el funcionamiento actual de la economía globalizada?
Efectivamente, el modelo agrario hegemónico está muy vinculado al modelo neoliberal. Los modelos de agroeconomía local necesitan otro modelo económico que no esté basado en la acumulación de capital, sino en encontrar la manera más eficiente de satisfacer necesidades a nivel local y de hecho ya hay redes de economía social que agrupan a centenares de miles de personas trabajando en red.

Queda mucho trabajo que hacer a nivel macroeconómico, ¿pero qué podemos hacer a pequeña escala?
El acto de compra y consumo de alimentos ya es un acto político y eso también es responsabilizar a las personas y darles a entender que tienen varias opciones donde elegir. Sin embargo, esto no es cierto, porque vivimos en una sociedad desigual donde no todos disponemos del mismo tiempo y donde hay amplias capas de la población que, de momento, no lo tienen fácil para convertirse en consumidores de productos agroecológicos.

¿Eso se debe a que son productos demasiado caros?
No del todo. Es posible que las unidades de productos agroecológicos sean más caras, pero si hacemos el cómputo anual vemos que una familia que consume productos ecológicos acaba gastando menos que una familia que consume productos convencionales. Si vas a grandes superficies acabas comprando una gran cantidad de productos que no necesitas y, en cambio, un consumo agroecológico es mucho más austero. Pero abastecerse a través de un circuito de proximidad requiere un tiempo del que las clases menos favorecidas no disponen. Para que más población pudiera acceder a una alimentación de proximidad y agroecológica, sería necesario regular de otra manera los horarios de trabajo.

¿Qué consecuencias tiene el actual sistema de alimentación en la salud de las personas?
El principal motivo por el que la gente decide comprar productos agroecológicos es la salud pero, para mí, no es necesariamente el más importante. Lo que sí tenemos que estudiar es la salud de los productores y ahí las cifras son demoledoras. Todos los expertos advierten de lo peligroso que son los pesticidas y, en cambio, los agricultores los usan poniendo en riesgo su salud: no tienen más remedio que exponerse a ese riesgo para poder seguir el ritmo y cumplir con los criterios de calidad y producción impuestos por el mercado globalizado, las subvenciones europeas, los créditos de los bancos, etc. Cada 10 años se prohíbe la mayor parte de los pesticidas existentes, pero se sustituyen por otros que, a su vez, se prohíben10 años después… La única manera de salir de esa rueda es que alguien les pida productos ecológicos o que les exija un uso menor de agroquímicos en general.

¿Una alimentación agroecológica podría abastecer a una población mundial que rondará los 10.000 millones de individuos en un plazo de 30 años?
De hecho se calcula que, en la actualidad, un 70 % de la humanidad ya se alimenta exclusivamente de alimentos de proximidad. El 30 % restante es el que vive en el llamado mundo desarrollado. Según la ONU ya estamos en disposición de alimentar entre 10.000 y 12.000 millones de individuos. Lo que pasa es que un tercio se pierde a través de la red de distribución, sobre todo, por motivos de calidad estética. El agricultor, por ejemplo, solo recoge la fruta y la verdura que tienen una imagen perfecta para la venta.

Hoy en día, ¿pretender la soberanía alimentaria sigue siendo una quimera?
La soberanía alimentaria es un ideal que se da muy poco en los países occidentales, pero, en cambio, sí es el modelo dominante en muchas zonas agrarias donde gran parte de la población se abastece en mercados locales. Somos los occidentales los que nos alimentamos de productos más lejanos. Teniendo en cuenta el aumento del precio del petróleo y las consecuencias del cambio climático, este modelo tiene los días contados. La soberanía alimentaria es algo a lo que nos veremos abocados a la fuerza, al menos parcialmente, porque no habrá alternativa. En pocos años veremos cómo todos los gobiernos europeos tendrán su política alimentaria local para asegurar que parte de la alimentación esté a nuestro alcance. Ahí está nuestro futuro.

 

Entrevista: Raúl M. Torres
Fotografía: Clara de Ramón