Nerea Amorós es arquitecta, tiene 31 años y ha trabajado en proyectos académicos y en la construcción de infraestructuras educativas y de salud en países como Senegal, Etiopía, Ruanda, Kenia y Tanzania. Nerea es también una de los 120 estudiantes que este año han recibido una beca de ”la Caixa” para cursar estudios de posgrado en el extranjero. Ella cree en las utopías. Y también cree que la arquitectura es un arte social que puede y debe mejorar el mundo.

La arquitectura y la educación impactan directamente en la estructura, la vida cotidiana y el futuro de una sociedad. Pueden tener efectos catastróficos: por ejemplo, el genocidio en Ruanda en el 1994 fue rápido y devastador a causa del sistema educativo que inculcó en la etnia hutu el odio hacia la tutsi. De la misma manera, la educación puede ser una herramienta liberadora y que dé fuerzas a los vulnerables o menos privilegiados; y la arquitectura puede ayudar a aliviar problemas, a mejorar la calidad de vida, a facilitar el acceso al trabajo, etc. Ambas son herramientas muy poderosas para generar cambio, transmitir conocimientos y reforzar una identidad y una cultura.

En el ámbito infantil, todos los estudios indican que tener una vivienda adecuada y acceso a la educación, a una buena nutrición y estimulación física o a espacios seguros para jugar afecta a los niños para toda su vida. También está demostrado que la obesidad infantil está relacionada con la estructura urbana de una ciudad o barrio; que los abusos infantiles y los trastornos de atención pueden estar vinculados a la calidad y organización espacial de la casa familiar, o que el espíritu crítico, la curiosidad y el desarrollo cognitivo tienen que ver con el diseño del aula y de las zonas de juego en una escuela.

 

 

Durante cuatro años fui profesora en la recién inaugurada escuela de arquitectura de la Universidad de Ruanda. La arquitectura es una profesión ligada a la cultura de una región y una sociedad. Tener arquitectos locales no solo es positivo por temas de identidad, cultura y conocimiento de la geografía, materiales y técnicas propias de un país, sino que también, en el caso de Ruanda, mejora la economía del país y abre la puerta a una nueva profesión para cientos de jóvenes con talento. 

En Ruanda aprendí mi yo arquitecto. Trabajé en lo que siempre había querido y defiendo: usar la arquitectura para conseguir un cambio social positivo. Crear mi propio estudio de arquitectura, ASA Studio, junto a Tomà Berlanda, me ha marcado en muchos sentidos. Y trabajar con maestros de obras, ingenieros, albañiles, profesores, niños, padres y directores hospitalarios, también. De ellos he aprendido perseverancia, alegría, trabajo duro, humildad, un poco de kinyarwanda, a hacer muros de ladrillo, ¡y todos los métodos de letrinas existentes!

 

 

Ahora mismo estoy investigando cómo el espacio construido en campos de refugiados de larga duración en Ruanda, Uganda y Kenia afecta al desarrollo infantil. Creo firmemente que confinar a gente en campos es erróneo, la historia nos lo demuestra una y otra vez. Pero también creo que cada vez se construyen más campos con el pretexto de la temporalidad y es imprescindible saber cómo estos espacios afectan a sus poblaciones, y que estas participen en la creación de dicho conocimiento y puedan aplicarlo en su día a día. Pensar en esos espacios como herramientas ayudaría a crear estrategias más eficientes y mejoraría el día a día de millones de personas.

Según el sociólogo Manuel Castells, “las palancas más potentes de cambio histórico en los dos últimos siglos se basaron en utopías. Creer en utopías no solo es positivo, sino que es necesario e intrínseco al ser humano, pero estas utopías deben ser puestas en contexto. Por ejemplo, en mi ideal utópico no existirían campos de refugiados. Lo que estoy haciendo es parte del proceso necesario para erradicarlos o para conseguir más justicia en esas situaciones. No pierdo de vista mi ideal utópico, pero este no me ciega para ver que es un proceso largo y que si cambiamos ahora las cosas a pequeña escala, el cambio en los habitantes, las comunidades colindantes y la sociedad en general llevará al cambio en las grandes instituciones.

 

Retrato: Rita Puig-Serra