Si algo caracteriza al bailarín y coreógrafo Rubén Olmo (Sevilla, 1980), además de su enorme talento, es su facilidad para quemar etapas: iniciado a la danza a los tres años, a los 14 ya era integrante de la Compañía Andaluza de Danza, antes de formar parte del Ballet Nacional de España con 18 años, compañía en la que se consagró y de la que asumió la dirección en el 2019. Pero la fama y el reconocimiento no le han hecho olvidar sus orígenes en el popular barrio sevillano de Polígono Sur, donde el programa CaixaProinfancia lucha junto a la Asociación Entre Amigos para garantizar los derechos de los niños y niñas más desfavorecidos.

¿Cómo fue tu infancia en las Tres Mil Viviendas de Sevilla?
Hacía una vida muy casera, muy protegido por mi familia, pero tuve la suerte de ir a una academia de baile y eso lo cambió todo. Más tarde nos fuimos a otro barrio popular de Sevilla, a Cerro del Águila, un barrio humilde pero ya más tranquilo, y ahí ya pude hacer más vida en la calle.

¿Cómo se metió la danza en tu vida?
No había tradición en mi familia, pero fui a una “velá” de un barrio y empecé a sentir atracción por la danza. Mi madre se dio cuenta de que yo siempre estaba pendiente cuando había baile y que siempre jugaba bailando. Un poco más tarde, sobre los siete años, vi la película de Carlos Saura basada en Carmen de Bizet e interpretada por Antonio Gades y entonces ya acabé por apasionarme por la danza y todo lo que la rodea. ¡Mis padres no tuvieron más remedio que llevarme al conservatorio de danza!

 

El bailarín y coreógrafo Rubén Olmo danzando sobre el escenario

 

¿Era la danza una manera de evadirse del entorno?
Yo no era realmente consciente del entorno. Yo veía cosas: por ejemplo, cuando quería jugar en la calle, mis padres no me dejaban y solo podía jugar en el bloque para no ver esos problemas. En el baile encontré mi alegría y mi manera de jugar. Da igual de qué barrio vengas si te llama una vocación. Hay artistas en todas las clases sociales, pero sí que, cuando vienes de una clase más desfavorecida, le puedes dar más valor a lo poquito que tienes.

En el barrio de Polígono Sur hay varios programas de ayuda dirigidos a los niños y niñas. Uno de ellos es CaixaProinfancia, que allí trabaja con la Asociación Entre Amigos para ofrecerles refuerzo escolar, actividades de ocio, etc. ¿Has tenido la oportunidad de ver cómo están las cosas ahora en el barrio?
Ha habido cambios y se están haciendo muchas cosas. La última vez que fui allí me invitó la Fundación Alalá, que se dedica a acoger niños que quieren estudiar flamenco —ya sea en baile, canto, guitarra o percusión— para quitarlos de tantas horas pasadas en la calle y para ayudar a esas familias que no pueden permitirse pagarles la formación. Tuve la oportunidad de estar con ellos, di una charla y a ellos les encantó que a una persona nacida ahí le hubiera ido bien. 

¿Echaste de menos iniciativas así cuando eras pequeño?
Ojalá las hubiera tenido. Mi padre se pasaba el día trabajando y mi madre se ocupaba de mí y de mis hermanos, y luego trabajaba donde podía. Por suerte, yo a los 14 ya hacía galas y podía aportar algo, pero me hubiese encantado encontrarme con esas fundaciones, especialmente para conocer a grandes maestros. Hay criaturas que se pierden en sitios oscuros y hay que procurar presentarles alternativas relacionadas con el cante o el baile. Además, el arte y la cultura tienen mucha fuerza y cuando entran en una casa siempre es positivo: da alegría y ofrece otra forma de entender la vida.

¿Qué papel crees que puede desempeñar la cultura en la mejora de las condiciones sociales de los barrios desfavorecidos?
Para todos los jóvenes la cultura es importante, sea cual sea el barrio, porque a veces hay padres que no detectan que ese niño “tiene arte” y que puede dedicarse a eso. O simplemente porque tener cultura es importante de por sí, y creo que ahora mismo los jóvenes tienen mucha información, pero muy poca formación, y hace falta más formación que información.

El absentismo escolar es otro de los graves problemas contra los que hay que luchar en estos barrios. ¿Cómo crees que debería ser la implicación de los padres en la educación de los niños?
La educación debe implicar por igual a los niños, los padres, los profesores y los directores del colegio. No se puede dejar todo en manos del colegio. A veces los problemas vienen porque no se les echa la suficiente cuenta a los niños y se meten en otras historias. 

¿Qué papel puede desempeñar el arte en esta educación?
La cultura y el arte lo que hacen es abrir tu mente a otras perspectivas, a otros mundos. Te ayudan a desarrollar tu capacidad para inventar, crear e imaginar. Y eso en la vida es fundamental. 

 

Entrevista: Raúl M. Torres
Fotografia: Ana Palma y Javier Fergo