¿Cómo serán las ciudades del futuro? ¿Podemos hacerlas más amables para las personas? ¿Innovación urbanística y cohesión social pueden ir de la mano? Son algunas de las preguntas a las que el ciclo de charlas La construcción de las ciudades del futuro, en el Palau Macaya de la Obra Social ”la Caixa”, intentará dar respuesta durante el mes de junio. Aprovechamos la ocasión para hablar con uno de sus ponentes, el asesor del programa de ciudades de la ONU Miquel Barceló, que nos cuenta que, en realidad, la ciudad del futuro se parecerá más a las antiguas ciudades romanas, con sus densos núcleos urbanos y sus grandes espacios destinados a la vida pública, que a esa metrópolis de tubos y coches voladores por la que paseaban los personajes de Futurama.

¿Cómo se adapta el urbanismo a los grandes cambios económicos y sociales de nuestro siglo?
Nuestro sistema económico, tecnológico y social se está transformando radicalmente. En la ciudad industrial del siglo xx, el modelo económico está basado en las fábricas como centros de producción, y estas se ubican fuera de la ciudad porque generan humo y ruido y son agresivas con el medio urbano. Por eso es un modelo que especializa el territorio: se crean unos espacios de residencia y otros de producción, y la movilidad se basa en el coche para que las personas puedan desplazarse entre estos espacios. Pero, en el siglo xxi, las unidades productivas ya no se encuentran fuera de la ciudad, ya sea por las energías renovables o porque la economía y la producción se basan más en la información. Por lo tanto, no podemos seguir especializando el territorio. El urbanismo tiene que cambiar y, de hecho, está cambiando.

Entonces, ¿cómo será la ciudad del futuro?
Tenemos que volver a la ciudad compacta, a la ciudad mediterránea. Una ciudad que mezcle los usos, donde podamos vivir y trabajar. Es una ciudad densa, porque su modelo productivo es un modelo en red: si la economía industrial era una economía de la especialización, la del conocimiento es una economía de la interrelación. Y la innovación social depende de esa relación entre las personas. Por eso, hay que crear espacios que inviten a esa relación. Este es un cambio histórico que está teniendo que aplicarse en las ciudades en todo el mundo. De lo contrario, se colapsan, son poco eficientes y, al no haber encuentros entre la gente, tampoco son innovadoras.

Según la ONU, en el 2050 el 66 % de la gente viviremos en entornos urbanos. ¿La cantidad de recursos y energía necesarios para la vida urbana irá en aumento?
Ahora el 70 % del consumo energético se destina al transporte. La nueva ciudad reducirá ese consumo, porque no será más grande, sino más densa. Y a más densidad, menos movimiento y menos consumo energético. Más eficiente. La ciudad del siglo xx no es eficiente en ese sentido, porque una sola persona al desplazarse en coche al trabajo consume una cantidad de energía brutal. Pero si yo puedo ir andando, ¡como mucho gasto mis zapatos!

 

 

¿O sea que ahora seguimos viviendo en ciudades del siglo xx?
Estamos en un momento de transición. Hay un consenso mundial en que se debe pasar a un modelo de ciudad del siglo xxi para evitar el colapso. Hace poco, por ejemplo, estuve en Lima. Tardas unas tres o cuatro horas en atravesarla y, por lo tanto, la ciudad está permanentemente colapsada. A Bogotá, Buenos Aires y París les pasa lo mismo. Londres tiene un gran sistema de metro, pero también está colapsada; de ahí lo de aplicar una tasa de congestión a los vehículos privados para acceder al centro. ¿Pero la solución es esta o un nuevo urbanismo enfocado a que la gente pueda vivir cerca de donde trabaja? Eso sí, como pasa con todos los cambios, esta transición plantea otros problemas, como la gentrificación, que hay que intentar solucionar por la vía de la vivienda pública y de los alquileres para jóvenes, cosa nada fácil. Y también hay que introducir modelos de innovación social, ya que el riesgo de hacer ciudades poco equitativas y poco cohesionadas socialmente es alto.

¿Cómo se pueden mejorar los espacios urbanos sin romper su cohesión social?
En los primeros modelos que contrastamos, como el proyecto 22@ de Barcelona, la innovación consistía en integrar el planteamiento urbanístico con la estrategia económica. Poco a poco fuimos introduciendo las innovaciones energéticas y, ahora, hemos introducido las sociales. Pero no hay una solución mágica. Es a partir de la práctica y del contrastar modelos que vas mejorando la teoría. Y en ese punto estamos.

¿Todo esto tiene que ver con ese concepto de “derecho a la ciudad” del que ahora se vuelve a hablar tanto?

Exacto. Una persona que se ve expulsada de un barrio por la subida de los precios de la vivienda pierde el derecho a la ciudad, que debería ser un derecho igualitario y democrático. Todo el mundo debería tener derecho a la vivienda y al uso de los servicios y espacios públicos. La gentrificación es el principal enemigo, pero también sería un error no cambiar el modelo de ciudad, porque los precios subirían igual y, encima, llegarías al colapso.

¿El 22@ también trabaja en esa idea de recuperar el espacio público?
Por supuesto. El planteamiento urbanístico normalmente cede el 10 % del suelo al espacio público, para calles y demás. El 22@ cede entre el 30 y el 40 %. De ese 40 %, el 10 % son espacios verdes y otro 10 %, vivienda pública. Con las 200 ha de suelo que tiene el 22@, la ciudad entera gana 60 ha de suelo público, que son 600.000 m2 de espacio para la gente. Y el propietario tiene la obligación de ceder este espacio. El nuevo urbanismo tiene que ponerse al servicio del interés público y ser capaz de generar espacios para los ciudadanos a partir de herramientas jurídicas.

¿Cómo pueden aprovecharse las ciudades de las nuevas tecnologías?
Aunque sea ingeniero, soy un poco escéptico con el concepto de smart cities y el aplicar las nuevas tecnologías al urbanismo. Porque creo que una aproximación excesivamente tecnológica hace perder el sentido del servicio al ciudadano. El sociólogo Richard Sennet escribió un gran artículo, explicando que el enfoque tecnológico de la ciudad tiene que partir del servicio público y de los ciudadanos, y no de la tecnología. Si no, corres el riesgo de perder de vista que el objetivo es facilitar la vida de los ciudadanos o de caer en la brecha digital y que ciertos sectores de la población tengan dificultades de acceso a estas tecnologías.

¿En qué medida influye el diseño urbano en la calidad de vida de las personas?
Poder ir a trabajar a pie o en transporte público, en lugar de coger el coche y pasarse dos horas en un atasco, es calidad de vida. Pasear en un entorno amable, con espacio público, es calidad de vida. Que los coches que circulen sean eléctricos, reduciendo la contaminación, es calidad de vida. No solo tenemos que mutar hacia un nuevo modelo de ciudad por razones de eficiencia económica, sino también para mejorar el día a día de las personas, además de para garantizar su crecimiento personal y profesional.

 

 

Fotografía: Rita Puig-Serra