La educación es mucho más que la simple acumulación de conocimientos: es nuestra forma de entrar en el mundo y la mejor herramienta para entenderlo. Arantxa Ribot es pedagoga, doctora en Educación e investigadora en EduCaixa y plantea la necesidad, por un lado, de incorporar la inteligencia emocional al sistema educativo y, por otro, de implantar el novedoso sistema basado en las evidencias para medir y compartir las experiencias pedagógicas que mejores resultados han obtenido.

El término inteligencia emocional está presente en cada vez más ámbitos de la actividad humana. ¿Cuál es su relación con la educación?
Como tal, la inteligencia emocional ya aparece en libros de los años 50 y 60, aunque el término no se popularizó hasta la publicación del famoso libro de Daniel Goleman. Pero, de hecho, vemos que los filósofos griegos, como Aristóteles y Sócrates, ya planteaban esta dualidad entre razón y emoción. Durante mucho tiempo, la educación se ha basado exclusivamente en el intelecto, pero ahora ya sabemos que hay que tener en cuenta la incidencia de las emociones en todo el proceso. Hoy en día, las evidencias nos dicen que la inteligencia emocional juega un papel fundamental en el clima del aula, el rendimiento académico y la salud física y psicológica del alumno.

¿Crees que no se ha tratado suficientemente el bienestar del alumno en el aula?
Si no estás bien emocionalmente, tu aprendizaje se resiente. Hay que trabajar la inteligencia emocional en el aula, pero es importante que el trabajo que se haga esté conectado con el trabajo que lleve a cabo la familia. Los niños y las niñas aprenden de todos los agentes que tienen a su alrededor, ya sea en clase o en su casa.

 

Arantxa Ribot nos habla de educación y emociones

 

Estás especializada en el uso de las evidencias en las aulas, siguiendo la estela del profesor británico Steve Higgins. ¿Nos puedes explicar en qué consiste este método?
El concepto de las evidencias en el ámbito educativo no debería ser externo al centro, sino que se debería trabajar ahí mismo, y EduCaixa quiere ser ese puente entre la investigación y su puesta en marcha efectiva. Las evidencias se basan en una evaluación de las prácticas pedagógicas para ver cuáles son las que mejor funcionan. Se puede partir de la simple observación en clase, de unos cuestionarios concretos hechos a los alumnos o de la medición de resultados, por ejemplo, que permitan establecer parámetros de evaluación. Lo importante después de medir el efecto de las intervenciones es poder comunicarlas a otros docentes y juntar resultados para crear evidencias fiables.

¿Y cómo se produce esta transmisión a los otros profesores?
Contamos con un repositorio de evidencias educativas, donde se recopilan las buenas prácticas y se pueden consultar las estrategias que han funcionado y cómo han funcionado. Por otro lado, hemos abierto una convocatoria de evidencias educativas en la que invitamos a los colegios a que lleven a cabo intervenciones que promuevan el desarrollo competencial del alumnado.

Hablas de creencias en la educación que hay que combatir; ¿cuáles son?
Por poner un ejemplo, en muchos de nuestros centros educativos se repite curso cuando en realidad las evidencias demuestran que es una medida contraproducente. De hecho, repetir dos veces aboca en muchas ocasiones al abandono escolar. Los deberes periódicos tampoco funcionan. Solo funcionan cuando son cortos, están relacionados directamente con lo que los alumnos han hecho en el aula y cuando la calidad prima sobre la cantidad. Si dispones de herramientas que evidencian estos resultados, ya puedes dar los deberes que van a funcionar mejor. Una de las cosas más baratas y que mejor funcionan en el aula es un buen feedback por parte del profesor. Si solo pones una nota y no indicas de qué forma el alumno puede mejorar, no sirve de mucho.

¿Qué podemos hacer para que los alumnos que sacan malas notas ganen en confianza?
La base es la inteligencia emocional. Si me siento bien conmigo mismo y con el entorno, es mucho más fácil funcionar académicamente. La educación debería enfocarse más hacia las ganas de aprender y la curiosidad y, sobre todo, fomentar el aprender a aprender, porque muchas veces los alumnos no entienden el objetivo de lo que están haciendo.

¿Qué papel deberían llevar a cabo los padres respecto a este cambio de paradigma?
La educación es de todos, así que todos tenemos que participar: comunidad, padres y profesores. Es necesario darnos cuenta de la importancia de las emociones en todo el proceso y ahí, evidentemente, los padres juegan un papel primordial. Ahora mismo en EduCaixa estamos trabajando en el programa Emociona, que te puedes descargar desde la web. Ahí se trabaja la conciencia emocional propia, la de los demás y la regulación de las emociones y su expresión.

¿Cómo te imaginas la educación del futuro?
Me gustaría que la educación del futuro fuera de todos, para todos y que incluyera a la comunidad, la familia y la opinión del propio niño o niña. La educación ideal es la que puede conseguir el mejor desarrollo de los estudiantes, y para eso es necesario que ellos participen en el proyecto. También hay que incidir en la importancia del docente, porque no habrá nunca un colegio mejor que sus profesores.

 

Fotografía: Clara De Ramon