Andrés Hidalgo es doctor y licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad Autónoma de Madrid. Tras su estancia en la Mount Sinai School of Medicine de Nueva York, se incorporó como investigador en el CNIC, donde actualmente lidera un proyecto seleccionado en la primera convocatoria de investigación en salud de ”la Caixa”. Su propuesta se centra en intentar ajustar el reloj interno de nuestro sistema inmune para reducir el alcance de las enfermedades cardiovasculares.

Con motivo del Día Mundial del Corazón, hablamos con él sobre esos avances que podrían sentar las bases para nuevas terapias preventivas en personas con riesgo de enfermedad cardiovascular.

Se dice que la inflamación es la causa de la mitad de las muertes en Europa. ¿Es eso cierto?
Así es, las principales causas de muerte en Europa actualmente son la enfermedad coronaria y el ictus. Representan cerca de la mitad de las muertes del mundo. Y suman tanto como todos los tipos de cáncer combinados. La inflamación, causada por una sobreactuación del sistema inmune, es el factor común en estas y otro tipo de enfermedades, como el choque séptico, el daño pulmonar agudo, el fallo renal, etc.

 

 

¿No se supone que la inflamación debería protegernos?
Las células del sistema inmune son células tóxicas, preparadas para protegernos de bacterias y hongos que quieren infectar nuestro cuerpo. Por ejemplo, cuando tienes una herida. Para ello, usan enzimas y sustancias químicas reactivas que acaban con el patógeno y la zona afectada por la infección. No obstante, se dan situaciones en las que, en ausencia de agente infeccioso, el sistema inmunitario ataca, por ejemplo, células del corazón o grupos de neuronas, y genera daños muchas veces irreversibles.

¿Qué hace que el sistema inmunitario se confunda y ataque al tejido sano?
Cuando una célula muere en condiciones normales (lo cual ocurre constantemente en nuestro organismo), lo hace de manera controlada, sin más. En cambio, si la muerte es violenta y la célula revienta, se liberan una serie de proteínas. Esas señales son las que detecta el sistema inmune para empezar a atacar. Su comportamiento es el mismo que si hubiera una infección: acuden en masa y empiezan a matar indiscriminadamente las células que se encuentran en aquel lugar. Es como soltar un perro rabioso, que es muy bueno para que te defienda. En una guardería es una muy mala idea.

¿Cuándo se da esta muerte violenta de las células?
Esto ocurre, por ejemplo, cuando se produce un trombo que tapona un vaso sanguíneo. El tejido no se irriga y las células, sin sangre y sin oxígeno, empiezan a morir generando señales secundarias que activan el sistema inmunitario. En estos casos, el daño producido por la respuesta del sistema inmunitario es mucho mayor que las secuelas provocadas por el infarto en sí.

¿Podemos evitar esa respuesta exagerada del sistema inmunitario?
De forma natural, nuestro sistema inmune tiene una especie de programa de 24 horas que se activa a primera hora de la mañana, llega a su pico más o menos al mediodía, y a partir de ahí empieza a bajar. Eso tiene una explicación evolutiva, ya que es a primera hora del día cuando nuestros antepasados cazadores eran más susceptibles de ser heridos y sus cuerpos estaban más expuestos a potenciales patógenos.

¿Y eso tiene sentido hoy en día?
No, claro, esa estrategia no es tan útil en el siglo xxi, donde, en vez de salir a cazar nos hartamos a hamburguesas y vivimos con un estrés permanente. Un estilo de vida que va socavando la calidad de nuestros vasos sanguíneos. En este nuevo escenario, cuando el sistema inmune se “despierta” naturalmente, reacciona atacando de forma exagerada. Esta es la explicación por la cual los hospitales detectan una mayor incidencia de infartos, ictus, etc., en cuadros clínicos durante las primeras horas del día.

¿Qué mecanismo controla esa activación?
Como muchos aspectos de nuestro metabolismo (el hecho de que durmamos y nos despertemos más o menos espontáneamente por la mañana, que tengamos hambre, que nuestra presión sanguínea suba o baje en distintos momentos del día), el sistema inmunitario está regido por los ritmos circadianos. Sabemos que los neutrófilos, las primeras células en acudir al sitio de la infección, también disponen de un “reloj interno” que los hace estar más presentes en la sangre y ser más activos durante el día y, en cambio, migrar a los tejidos, de camino a ser eliminados, por la noche.

¿No se podrían mantener dormidos esos neutrófilos para evitar la incidencia de infartos por las mañanas?
Justamente en esto de basa nuestra investigación. Nuestra idea es, a través de un fármaco, suprimir el reloj de los neutrófilos en pacientes que tienen riesgo de padecer un evento cardiovascular para que dejen de generar esta ventana de mayor susceptibilidad por la mañana.

¿Protegiéndole contra eventos cardiovasculares, ¿no estamos suprimiendo el sistema inmunitario del paciente?
No, esto es exactamente lo que diferencia nuestra terapia de las clásicas. Bloqueando este reloj no comprometemos la función del sistema inmune. Lo que hacemos es evitar el pico de actividad que se produce normalmente durante el día, supuestamente para protegernos contra los riesgos a los que estábamos expuestos hace 500.000 años, pero que, hoy por hoy, no necesitamos.

¿Esto evitaría los infartos e ictus en humanos?
En nuestro caso no intentamos evitar el infarto, sino reducir su gravedad. En los ensayos preclínicos, vemos que la cantidad de tejido muerto es mucho menor (un 15 % respecto a un 30 %) cuando se administra el fármaco. Este porcentaje de tejido salvado puede representar la diferencia entre la vida y la muerte del paciente o marcar su calidad de vida posterior.

 

Ilustración: Montse Galbany