Dibujar un vestido sobre el papel no es lo mismo que verlo puesto en una persona. Sobre todo porque quien ya lo ha visto puesto nunca más volverá a diseñar un vestido como antes; sus patrones serán más certeros, complejos y realistas. Algo así le pasó a Anna Villarroya, profesora de Economía de la Cultura y Políticas Culturales y colaboradora del Observatorio Social de ”la Caixa”, cuando empezó a analizar a fondo la parte social de la cultura: dejó de ver únicamente su valor económico desde la distancia, y empezó a descubrir su gran valor personal y grupal. Una realidad científicamente contrastada que la experta ya no puede dejar de tener en cuenta en sus estudios ni de divulgar.

¿A qué podemos llamar cultura?
Bufff… Es un concepto que va cambiando con el tiempo. Ahora consideramos cultura los videojuegos, la gastronomía o los grafitis, cuando en los años 50 no era así. Depende mucho de cada sociedad, pero podríamos decir que está relacionada con la forma de vivir y nuestros valores identitarios, patrimoniales y artísticos.

 ¿Cuál es su potencial económico?
Muy alto, sin duda. Es un sector que aporta el 2,5 % del PIB en nuestro país, y ha alcanzado el 3,3 % cuando se han tenido en cuenta las actividades vinculadas a la propiedad intelectual. Tanto como la agricultura, la ganadería y la pesca (3 %). La cultura crea puestos de trabajo, empresas, genera ingresos, proyección internacional, innovación… Y arrastra de manera indirecta a otros sectores como el turismo. ¡En EE.UU, la industria audiovisual (Hollywood) es uno de los motores de la economía!

 

 

¿Qué beneficios sociales de la cultura has podido observar, como experta y colaboradora del Observatorio?
Mayor bienestar, calidad de vida, cohesión social, valor educativo e identitario y hasta beneficios en la salud. He visto a personas con alzhéimer quietos en una silla y sin ninguna expresión que han ido a un concierto y han empezado a emocionarse, sonreír y moverse; niños en hospitales que a través de la lectura de cuentos se han sentido aliviados de sus dolencias… Habrá quien diga que esto son casos aislados, pero son datos cualitativos reales que llegan mucho más a la sociedad.

Dices que la gente que consume cultura es más feliz.
Está probado que las personas que van al cine, al teatro, a conciertos, sobre todo en compañía, se sienten más felices, cohesionados e integrados. Además, tanto los consumidores de cultura de élite —museos, ballet…— como los de productos de la industria cultural —cine, música pop…—, suelen tener un nivel educativo más alto.

Sabemos que las autoridades europeas reconocen todos estos beneficios, pero nuestro gasto público en cultura en relación con otros países europeos es bajo, y más desde la crisis. ¿Por qué?
Ni la ciudadanía, ni las empresas, ni la Administración españolas acaban de ver todo el valor económico y social que aporta la cultura. Yo defiendo que es un bien público, como la educación o la sanidad, porque cuando uno la consume nos acabamos beneficiando todos: reducción de los índices de criminalidad, democracia de mejor calidad, mayor rendimiento educativo, mayor valor identitario, más innovación… Miremos los países del norte, que son los que más cultura consumen, e imitemos su implicación desde lo público en el acceso a la cultura que tiene la ciudadanía.

¿Cuál es el papel actual de las fundaciones?
Un papel complementario al institucional, pero muy importante. Equipamientos como el CaixaForum o la Fundació Catalunya-La Pedrera a mí como ciudadana me dan la oportunidad de ver exposiciones que seguramente el sector público no podría traer al país.

Hace unas semanas, junto a Maite Barrios, presentaste un estudio en el que aseguráis que la discriminación de la mujer en el sector cultural es superior a la de otros sectores económicos. ¿Esto a qué se debe?
A pesar de que las aulas están llenas de mujeres estudiantes de materias relacionadas con la cultura, al llegar al mercado laboral una parte importante de ellas desaparece. ¿Motivos? Problemas de conciliación (que se agravan si trabajas de noche o los fines de semana haciendo bolos), estereotipos sociales (la creatividad se asocia más a la masculinidad), sesgos de género (inconscientes) que hacen que recibamos menos reconocimientos (las decisiones las toman hombres blancos de clase media y mediana edad)… Sumado a que, en épocas de crisis, las mujeres son las primeras en perder sus empleos (con más frecuencia temporales o de jornada reducida y, por tanto, más prescindibles para las empresas).

¿Con el auge del feminismo no se está atenuando esta situación?
Sí, los vientos soplan a nuestro favor. Hay un movimiento social y universitario de concienciación, y en la Administración hay un interés por promover la igualdad que hace cinco años no existía. Museos que recuperan obra expositiva de mujeres, bibliotecas especializadas… Todo esto la ciudadanía lo percibe y ya no va a involucionar. El sector cultural es consciente y ha apostado por ello.

¿Qué propones para solucionar esta dificultad de las mujeres y las capas sociales desfavorecidas para acceder a la cultura en toda su plenitud?
En el caso de las mujeres: más referentes femeninas (artistas, dramaturgas…) y más medidas de conciliación familiar, laboral y social. En el caso de las personas con menos recursos: más educación (también artística) desde la infancia, de manera que si en casa, por desconocimiento o falta de medios, no les han enseñado todo lo que la cultura puede aportarles a su vida, que se lo enseñen en la escuela o en los equipamientos culturales.

Porque la cultura les hará felices.
Les hará sentir y emocionarse, mejorará su rendimiento académico, sus empleos… La inclusión cultural les permitirá llegar a la inclusión social. Y así haremos avanzar a nuestra sociedad.

 

Entrevista: Ana Portolés
Fotografía: Rita Puig-Serra