Para solucionar un problema, primero hay que conocerlo a fondo. Muy a fondo. Bajo esta máxima, un equipo de expertos ha elaborado un detallado informe sobre el bienestar económico y material de los hogares españoles. Porque solamente podemos erradicar la pobreza si, primero, estamos dispuestos a reconocerla. Hablamos con el director de investigación del equipo, el economista Luis Ayala Cañón.

Una de las primeras constataciones de vuestro informe, publicado por el Observatorio Social de ”la Caixa”, es que prácticamente todas las condiciones materiales de vida han empeorado desde mediados de la década pasada. ¿A qué se debe?
Hay un factor muy importante, que es la crisis económica tan severa y prolongada que vivimos. Uno de los problemas que vemos en los indicadores del informe es que, una vez acabada la crisis, estos indicadores no se recuperan o, como mínimo, no con la misma facilidad. Eso nos coloca en una situación complicada, pues indica que el aumento de las necesidades sociales —que pensábamos que sería transitorio mientras durara el desempleo— puede convertirse en crónico.

Llama especialmente la atención el riesgo de pobreza crónica, cuyo porcentaje se ha duplicado en estos 10 años. ¿En qué consiste exactamente y cómo se mide?
En primer lugar, definimos un umbral de duración en el estado de pobreza de un hogar: más allá de los dos años pasa de ser transitoria a crónica. Es uno de los indicadores más importantes. No solo por la cantidad de gente afectada, sino por su composición: muchos son familias con niños. Y nuestro temor es que la pobreza que se está viviendo hoy en la infancia se reproduzca en las futuras etapas de estos niños.

 

 

En el informe también señaláis lo anómalo de esta tendencia, ya que, a nivel europeo, España está por debajo de países con menor capacidad económica. ¿Cómo se explica esto?
En primer lugar, por la debilidad del mercado laboral nacional: cuando la economía va mal, el desempleo crece muy rápidamente; cuando va bien, se crea empleo, pero no es de calidad. Luego, hay otra realidad, que es que nuestro estado del bienestar es más débil que en otros países de nuestro entorno. Algunos con menor capacidad económica, como Grecia o Italia, gastan más en prestaciones y servicios sociales que España. Y eso se traduce en mejores resultados en cuanto a pobreza y vulnerabilidad.

¿Cuáles serían entonces las soluciones?
Como comentaba, hay que gastar más y ese gasto tiene que ir cada vez más a los hogares más vulnerables de forma progresiva. Tendríamos que reformar el sistema de prestaciones; es decir, los mecanismos asistenciales, las rentas mínimas por comunidad autónoma, etc. Otro problema es que esta red asistencial no es una red cerrada: tenemos un mosaico de sistemas autonómicos que protegen a los ciudadanos de manera desigual y que son insuficientes. Gastar más supone sacrificios, significa subir los impuestos. Es un tema muy impopular, pero los impuestos son el precio del estado de bienestar. Como sociedad, tenemos que definir realmente qué queremos ser.

¿Cuál es nuestra responsabilidad social frente a estos indicadores?
Estas carencias siempre son en primer lugar responsabilidad del Estado, pero la sociedad en su conjunto también tiene que implicarse. El programa CaixaProinfancia de la Obra Social ”la Caixa”, por ejemplo, surge de haber detectado las necesidades más básicas de las familias con niños que estas no pueden atender. Estas iniciativas sociales no deben servir para tapar los huecos de las políticas públicas, pero sí para complementarlas.

¿Hay algún indicador positivo?
Este primer informe es el más negativo en los resultados; pero en educación, por ejemplo, estamos mejor. Hemos avanzado mucho en movilidad educativa: las oportunidades que tienen las generaciones de hoy no las tuvieron sus padres. En vivienda, exceptuando el coste del alquiler en comparación a los salarios, también estamos mejor. También han mejorado los niveles de movilidad intergeneracional, como apuntaba un informe de la OECD. El problema es que, en España, el hecho de haber nacido en una familia con un nivel de renta bajo sigue determinando mucho el futuro de un niño. Por ejemplo, si tus padres son trabajadores manuales, hay un 50 % de probabilidades de que tú también lo seas.

¿Cuáles son los colectivos más vulnerables a la pobreza?
Hay perfiles clásicos, como los hogares con una baja intensidad laboral o en situación de desempleo. Y otros más recientes, como los hogares monoparentales: cuando empezamos a trabajar con estos datos, a mediados de los años 80, representaban un 0,5 % del total; ahora, son más del 10 %. Aunque, si tuviera que señalar un colectivo que todos los estudios señalan, sería nuevamente el de los hogares con niños. Este reto es prioritario pues, como decía antes, el hecho de vivir situaciones de pobreza en tu infancia marca muy severamente tu futuro; no solo tu salario, sino también tu salud y tus relaciones sociales.

¿La pobreza es mucho más que la falta de recursos económicos?
La pobreza tiene una dinámica muy heterogénea. No puede establecerse un patrón común. Pero sí que estamos empezando a observar que la pobreza es la puerta de entrada a la vulnerabilidad en muchas cuestiones, no solo en temas de vivienda o consumo, sino también en temas de salud: la inseguridad que se vive en un hogar vulnerable produce estrés, ansiedad y problemas de salud mental. También creo que es necesario enfatizar la dimensión relacional: la pobreza y el desempleo llevan a muchos hogares a encerrarse en sí mismos, a no poder salir para relacionarse con sus familiares, a no tener ninguna alternativa de ocio.

El informe trata de ofrecer la mayor cantidad de datos y la menor cantidad de opiniones. ¿Por qué?
Ocurre que la pobreza es incómoda, sobre todo cuando una sociedad se está recuperando. Tenemos un PIB que sigue creciendo, una tasa de empleo que aumenta, una de desempleo que baja… y cuesta aceptar que haya un ámbito de la sociedad en el que no se aprecia una mejora automática. Una frase hecha anglosajona dice que “una marea alta no hace navegar todos los botes”. Y eso es lo que está ocurriendo: crece el empleo, mejora la economía, pero muchos hogares no afloran. Porque cuando una persona cae en situación de pobreza se producen unas rupturas en sus relaciones, en su familia… que no se recuperan con el empleo. Por eso, nuestro interés era ser lo más objetivos posibles con los indicadores y que cada lector pueda sacar sus conclusiones. La sociedad necesita explicaciones objetivas de cómo estamos avanzando o retrocediendo en la cobertura de las necesidades sociales. Es una cuestión de responsabilidad colectiva.

Con los datos a disposición, ¿es posible hacer una previsión para la próxima década?
Es difícil anticipar el futuro, pero tenemos ejemplos recientes que pueden ayudarnos. A principios de los años 90, por ejemplo, hubo una breve recesión económica de dos años. Supuso un aumento de la desigualdad que la década posterior de bonanza económica no fue capaz de revertir. Ahora hemos vivido una crisis mucho más fuerte y prolongada y, aunque muchos indicadores estén mejorando, la cuestión es si van a mejorar hasta los niveles previos a la crisis. Pero la verdadera pregunta es si el modelo que nos ha llevado hasta aquí ha cambiado y la respuesta es que no. El modelo de distribución de los recursos, creación de empleo y protección social sigue siendo el mismo, así que creo que ligar la evolución social únicamente a la mejora del mercado laboral es una estrategia condenada al fracaso. La creación de empleo es una condición necesaria, pero si no se altera el tipo de empleos que pueden hacer vulnerable a una persona y no se modifican las redes de protección social, será muy difícil avanzar. Confiar en que el crecimiento económico es la única receta para el bienestar social es una simpleza temeraria.

 

Entrevista: Patri Di Filippo
Fotografía: Laura Carrascosa