Victoria Santiago es gitana. Tiene 22 años y desde hace tres está casada con el que ha sido su novio desde los 13. Parecería, si nos dejamos llevar por los tópicos, que ha seguido los inevitables pasos de las mujeres del barrio malagueño donde se crio: dejar de estudiar, formar una familia a una edad tempranísima y colaborar con los suyos en la venta ambulante. Pero en un regate magistral al destino, resulta que Victoria se ha convertido en una estudiante de 4º de Traducción e Interpretación en la Universidad de Málaga e imparte charlas de motivación a adolescentes de su comunidad.

Llega en coche y pide disculpas porque el tráfico en Málaga es “horrible a estas horas”. Estamos en la Facultad de Filosofía y Letras de la capital de la Costa del Sol y Victoria Santiago se pasea con familiaridad por el campus. Tiene un look poderoso, de estrella de trap flamenco (zapatillas y sudadera, abrigo de leopardo, brillantes en las orejas…), pero, sin duda, lo más potente de esta estudiante de 4º de Traducción e Interpretación es su discurso.

Llegó a la adolescencia y dejó de pisar el instituto; comenzó a frecuentar a las amigas que ya hacía tiempo que no hablaban de clases ni materias escolares, sino de novios, bodas prematuras y trabajos en el mercadillo. Hasta que un día apareció en su vida el Tío Plantón, el profesor gitano que le cambió la vida. Era su tutor en las clases de apoyo que le ofreció el programa CaixaProinfancia. Un encuentro providencial que la marcaría para siempre. Predestinada a la venta ambulante, ahora prepara su ingreso en un máster que cursará el próximo año en la Universidad de Granada.

 

 

¿Cómo era tu vida antes de contactar con la Fundación Secretariado Gitano y entrar en el programa CaixaProinfancia?
Mi madre nunca fue al colegio y mi padre no llegó a tener estudios superiores, se dedica a la venta ambulante. Sin embargo, nunca me permitieron faltar a clase. Lo que pasa es que iba creciendo y todas las amigas de mi barrio ya pensaban en todo menos en estudiar: las niñas por aquel entonces se pedían, se casaban y se echaban a vender al mercadillo. Comencé a faltar a clase, lo suspendía todo…

¿Y cómo llegó entonces a producirse el cambio?
Ha sido un proceso. Y en ese camino, han sucedido algunos hechos que han sido como mágicos, golpes de atención. En primer lugar, me eché novio con 13 años, una mala noticia para mi familia, que quería que me formara. Sin embargo, el destino quiso darme un novio que estudiaba. Hacía 4º de ESO cuando ninguno en nuestro ambiente tenía siquiera el graduado escolar. Gracias a él y al instituto en el que estaba, llegué a la Fundación Secretariado Gitano. Y ahí encontré a un profesor al que yo llamaba el Tío Plantón. Me daba las clases de matemáticas por bulerías, me enseñaba palabras en caló y me enseñó a quererme y a hacerme pensar que podía hacer lo que me propusiera. Fue el impulso definitivo.

Sin embargo, no has protagonizado ninguna ruptura radical con tu familia ni con tus costumbres: te casaste con 19 años por el rito gitano.
No me ha hecho falta, mis padres me apoyan y mi marido forma parte absolutamente de mi desarrollo personal. Ahora es licenciado en Filología Clásica y ambos estamos pensando en mudarnos a Granada el curso que viene para hacer un máster. Es curioso, porque él, que me llevó a los estudios, lo dejó de repente en bachillerato. Todos sus amigos trabajaban en la venta ambulante y manejaban algo de dinero, así que él se echó al mercadillo con su padre. Pero una noche tuve con él una conversación muy profunda: no podía dejarme en la estacada en el momento en el que yo había iniciado ese camino… Y aquí estamos (sonríe).

¿Te consideras una excepción dentro de vuestra comunidad?
Bueno, me debería haber casado como a los 14 años… En mi mundo no está bien visto estar tanto tiempo de novios, al igual que tardar tanto en tener niños. Yo me he casado a los 19 y aún no tengo hijos. En ese sentido sí, somos una excepción, pero nuestras familias nos respetan. Puede que tengamos una cultura más conservadora, aferrada a las tradiciones, pero yo me siento totalmente libre y estoy llevando a otras personas a ser libres. Los estudios me han dado libertad e independencia.

Ahora te dedicas a dar charlas a jóvenes que han pasado por situaciones similares a la tuya.
Es que una de las cosas que me impulsan es salir al mundo y que me vean. Cuando voy a los institutos y veo las caras de las niñas se me ilumina el alma. Es supersatisfactorio: alguien tiene que decirles, en persona, “soy mujer, soy gitana, pero tengo las riendas de mi vida”.

 

Texto: Amalia Bulnes
Fotografía: Jesús Chacón