Dijo Aristóteles que “los jóvenes pueden ser geómetras y matemáticos, pero no buenos médicos ni buenos maestros porque, al contrario de las personas mayores, no tienen experiencia”. Sin embargo, los que vivimos en una sociedad que valora a las personas casi solo por su rendimiento económico y mete a todos los mayores en el mismo saco de persona dependiente, no solo nos estamos perdiendo su aportación, sino que llegamos a vulnerar sus derechos humanos. Porque, aunque cumplamos la ley o les ofrezcamos cuidados técnicamente intachables, estamos desatendiendo cuestiones como la ética, la dignidad o la identidad. Nos lo explicó y nos abrió los ojos la experta en ética asistencial y ética aplicada al ámbito de los servicios sociales y sanitarios Marijé Goikoetxea, en su charla sobre Buen trato a las personas mayores organizada por el Programa de Personas Mayores de ”la Caixa”.

¿Qué errores solemos cometer al tratar a las personas mayores?
A veces damos por supuesto que no pueden gestionar su vida o no saben lo que quieren, porque confundimos falta de autosuficiencia con falta de autonomía. Los ubicamos como ciudadanía pasiva, en el recibir, nunca en el dar, y las personas que solo están en el recibir terminan por no ser valiosas.

 

Retrato de Marije Goikoetxea, experta en tratamiento a personas mayores

 

Pensamos que una persona mayor no es nada más que mayor…
Sí, cuando es justo lo contrario: las personas más diversas son precisamente las mayores, porque lo que nos hace diferentes es la vida. También es un gran error pensar que todas quieren acabar su vida igual: en una residencia con un balneario estupendo. ¡No es verdad! La gente lo que quiere al final de su vida es hacer cosas importantes, todo lo que le queda pendiente, y no que la tengamos entretenida haciendo manualidades.

¿Esta falta de consideración de dónde nos viene?
Es estructural, cultural. Nuestra sociedad está muy centrada en lo joven. Los valores que aportan las personas mayores no son importantes y lo que les pase, pues tampoco. Hace falta cambiar la mirada.

¿Cómo?
Por un lado, cambiando nuestro viejo concepto de persona mayor. Los que ahora llegan a los 65 no son como creíamos: a punto de cerrar su vida y ser atendidos por los demás. El paradigma de envejecimiento activo ha revolucionado el modo de ser mayor. Por otro lado, recordando que todos en algún momento de la vida somos frágiles y no por ello dejamos de ser únicos y merecedores de consideración y respeto.

¿Qué podemos hacer para respetar su dignidad?
Valorar lo que esa persona me aporta, cuáles son sus capacidades. Velar por su autonomía, es decir, preguntarle qué quiere, siendo conscientes de que su felicidad no siempre pasa por su bienestar. Por ejemplo, quizá prefiera pagarle la carrera a su nieta que tener calefacción. Es su elección. No debemos tomar decisiones que les afecten sin contar con ellos, aunque pensemos que les hacemos un bien. También es importante su derecho a la intimidad. No entrar más allá de donde sea necesario y esa persona te permita. ¡Y preservar su identidad ya sería increíble! Por ejemplo, si nunca ha salido a la calle sin pendientes, seguir poniéndoselos al salir, porque forma parte de su imagen, de su identidad, de quién es.

Si somos una persona mayor, ¿qué señales de malos tratos han de hacernos saltar la alarma?
No ser escuchado. Que alguien decida por mí. Que no me pregunten al tomar una decisión con respecto a mí, lo mío o lo común: dónde vamos de vacaciones, qué hacemos con el dinero ahorrado, cómo organizar el tiempo, qué vamos a comer… No es buen trato “ningunear” a una persona aunque lo hagamos desde el “siéntate, que ya lo hago yo”.

¿Es posible “deshacer” el mal trato que ha recibido una persona mayor?
Sí, es posible deshacer el mal trato y recuperar la experiencia de ser digno y valioso. Pero a veces esa experiencia está muy abajo, encima hay mucha herida, y para llegar ahí hay que hacer un proceso terapéutico a veces doloroso. Pero siempre es posible.

Tú abogas por empoderar a las personas mayores. Es decir, que el buen trato empiece desde ellas mismas. ¿Hay factores de riesgo?
La baja autoestima, que se puede trabajar.

¿Y en el lado de los que no los tratan bien?
El problema suele ser la falta de conexión con uno mismo, con tu propia valía, que te lleva a no valorar al resto. Cuando lo valioso de ti son los títulos o el dinero, el otro que no lo tiene ya no tiene valor para ti. Estimamos nuestro valor por el precio que tenemos en el mercado. Y ya lo decía Machado: “Solo el necio confunde valor y precio”.

¿Y en qué nos afecta? ¿Qué nos perdemos?
La experiencia. No es lo mismo hacer algo técnicamente bien que algo bueno para la sociedad. Ahí has de ponerle sabiduría y darte cuenta, desde la experiencia, de las consecuencias que han tenido algunas decisiones. Y eso solo se aprende con la vida.

¿En qué punto está la investigación al respecto?
Desde la ciencia se está investigando lo neurológico, cómo podemos ser lo más autónomos posible durante más tiempo. A todos nos preocupa la autonomía. Y desde las ciencias humanas, se va mucho por las comunidades diversas: en lo cultural, lo sexual, lo intergeneracional… Se aborda la autorrealización personal en interdependencia con otras personas, pero evitando el paradigma único; es en la diversidad donde las personas mayores tienen su aportación al bien común. ¡Entre otras cosas porque son muchas! En cualquier caso, yo siempre digo que la ciencia y la investigación científica tienen sentido para disminuir el sufrimiento, y creo que la obligación de la academia es encontrar los modos para conseguir que las personas en situaciones de vulnerabilidad puedan hallar sentido y felicidad.

¿Qué es lo mejor de tu trabajo?
Rodearte de personas que quieren hacer bien las cosas.

¿Y qué titular de prensa te gustaría leer sobre las personas mayores en 5 años?
Que se ha recuperado la asignatura de filosofía en las escuelas, que aprender a pensar forma parte del currículo educativo.

¿Por qué? ¿Para ti eso mejoraría nuestro trato con las personas mayores?
¡Sin duda! Si yo me mantengo en la universidad es porque creo que en los alumnos está la clave. En la educación, en los valores y la gestión de los valores. El primer ejercicio que les pongo a mis alumnos siempre es: “Es tu primer día como psicólogo en un centro de personas mayores y es el primer día de una persona mayor que llega a ese centro. ¿Qué crees que debes hacer?”. El 90 % me contesta: “Evaluar su deterioro cognitivo”. ¡Directamente! Y yo les digo: “¿No te parece que sería mejor preguntarle antes de todo cómo se llama?”.

 

Texto: Ana Portolés
Fotografía: Clara De Ramón