Najat El Hachmi es escritora incluso desde antes de saber escribir. Desde que escuchaba las historias en lengua tamazight que contaban las mujeres de su aldea, en Marruecos. Con ocho años llegó a Vic, aprendió a leer y a escribir y, desde entonces, se le abrieron las puertas a un universo entero. Su universo. La escuela y la buena acogida de los vecinos fueron fundamentales para que esta escritora sea hoy lo que es. Licenciada en Filología Árabe, con cinco libros publicados y varios premios a sus espaldas, Najat lucha con palabras por romper mitos sobre la mujer musulmana. El 25 de marzo hablará en CaixaForum Barcelona sobre lo que significa escribir desde la frontera entre dos culturas.

Desde bien pequeña tu madre te explicaba cuentos, pero aprendiste a leer y a escribir cuando llegaste a Vic. ¿Cómo fue esa transición entre dos lenguas?
Es a través de las distintitas novelas que he escrito cuando he sido cada vez más consciente de la presencia de esa otra lengua, que es también mía, el tamazight rifeño, la lengua de mi madre y la que utilizaban las mujeres de nuestro alrededor para contarnos historias y anécdotas, las cosas que pasaban en el pueblo. Esto  literariamente ha sido muy importante, porque intento recrear esa forma de narrar. Me permite tener más elementos con los que jugar y, al mismo tiempo, recuperar aquello que dejé atrás cuando era pequeña y que ya no puedo recuperar, porque forma parte de mi pasado.

Como lectora, ¿qué encontraste en la literatura?
Veníamos de un pueblecito muy pequeño donde, a parte de todo ese universo oral, teníamos muchas carencias. Al llegar aquí, tuve la sensación de que se me abrían las puertas al mundo. Recuerdo muy bien el primer día que visité la biblioteca municipal. Ese lugar tan habitual, a mí me pareció absolutamente fascinante: estaban todos esos libros y podías leer el que quisieras, ¡hasta llevártelos a tu casa! Tenías acceso a todo el conocimiento, podías alimentar tu curiosidad, explorar realidades distintas… Para mí, la literatura es un espacio que permite reflejar toda la complejidad de la vida humana.

¿Qué escritores te cautivaron?
Recuerdo especialmente la primera vez que leí Aloma, de Mercè Rodoreda. Me vi reflejada en esa joven que intentaba encontrar su lugar en el mundo en una sociedad que no daba demasiada libertad a las mujeres. Fue el primer momento en que me di cuenta de que la literatura puede ser algo que sirve para mucho más que para entretener: también nos ayuda a encontrar lo que nos une.

 

La escritora Najat el Hachmi con un texto escrito en árabe

 

¿Y qué te llevó a convertirte en escritora?
Hace poco redescubrí una redacción que escribí con 14 años. Ahí están todos los temas que he ido tratando en mis novelas: ya hablaba de machismo, de la sensación de desarraigo que tenía cuando viajaba a Marruecos, y expresaba también el sentimiento de culpa que eso me provocaba. Entonces, la escritura empezó a ser una herramienta para entenderme y abordar esa complejidad en la que vivía. Cuando migras te vas convirtiendo en otra persona. Hay un momento en que te das cuenta de eso y es muy doloroso, sobre todo por tus padres. Te das cuenta de que ya no eres la hija que ellos creían que serías, y existe un sentimiento de deuda respecto a ese legado. No obstante, el hecho de que las aspiraciones del hijo tengan poco que ver con las de los padres, genera un proceso de negociación para construir tu propia individualidad, sin dejar de renunciar a ese origen. Es un camino complejo y con la escritura vas poniendo las ideas en claro. 

¿Es difícil adaptarse a una cultura nueva? ¿Qué te ayudó?
La escuela tuvo un papel fundamental. Fui a un cole pequeñito, de barrio, con unas maestras muy combativas y vocacionales, que en seguida nos trataron con toda la naturalidad. No nos pusieron etiquetas ni nos clasificaron, y eso fue muy importante. Además, nos educaron para que entendiéramos cuáles eran nuestros derechos, nos enseñaron a luchar contra el racismo y pudimos sentirnos parte de la sociedad. La escuela es un lugar importantísimo en los procesos migratorios.

Justo en Vic ”la Caixa” implementa el Proyecto de Intervención Comunitaria e Intercultural (ICI) junto a la Associació Tapís para fomentar el diálogo y la convivencia entre vecinos de diferentes culturas. ¿Qué te parece este proyecto?
Creo que hay barrios donde hace mucha falta. La convivencia siempre es local, en abstracto no existe, y se expresa en elementos muy concretos, cotidianos y particulares. Hay muchas personas que necesitan apoyo y herramientas básicas. Y creo que la Administración pública no puede bajar la guardia ante estas problemáticas, porque están generando un malestar muy importante en esas personas. 

En tu último libro Siempre han hablado por nosotras, señalas distintas formas de discriminación, a veces sutiles, que se encuentran las mujeres. ¿Las dos culturas que has vivido, la marroquí y la catalana, tienen dos visiones muy distintas respecto al papel de la mujer en la sociedad?
Creo que la base patriarcal es común en todo el mundo, pero se expresa de formas distintas. En Marruecos existen leyes discriminatorias para la mujer y menos oportunidades de independencia. El acceso al trabajo remunerado es muy importante, a pesar de que la precariedad haga difícil esa independencia. La libertad sexual es también muy importante: poder elegir sobre tu cuerpo, con quién te emparejas, si te casas o si decides tener hijos. Pero aquí tampoco lo tenemos todo solucionado: las cifras de mujeres asesinadas por violencia de género son tremendas; hay violaciones y situaciones de acoso.

¿Las reivindicaciones de las mujeres blancas occidentales son también las de las mujeres de Marruecos?

Yo siempre he leído a mujeres feministas, y los temas de los que hablaban eran los mismos que a mí me afectaban. El feminismo es querer la igualdad entre hombres y mujeres, la no discriminación, que no seamos ni violentadas ni maltratadas. Creo que sería absurdo defender que porque la persona que habla no es de mi misma procedencia no pueda aprovechar sus ideas.

 

Entrevista: Bárbara Fernández
Fotografía: Clara de Ramon