Un buen amigo es el que va contigo al fin del mundo y siempre está listo para apoyarte. El que, ante un problema, salta el primero a defenderte. Y, aunque no lo sepas, tu mejor amigo quizás sea un microbio. Tal cual. Porque, aunque nos hayamos pasado la vida intentando luchar contra las bacterias de nuestro cuerpo, los estudios más recientes dicen que estas, en realidad, nos regalan salud. De cómo nos ayudan los microorganismos y de su papel en terapias contra el cáncer o el sida se habló los pasados 21 y 22 de junio en la 4.ª edición de “The Barcelona Debates on the Human Microbiome”, que se celebró en CosmoCaixa. Hablamos con el Dr. Roger Paredes, investigador principal del grupo de genómica microbiana de IrsiCaixa y líder científico del congreso.

¿Qué es el microbioma, así en plan fácil?
El conjunto de microorganismos que viven con nosotros. Cada persona es un ecosistema en el que, aproximadamente, la mitad de las células son humanas y, la otra mitad, de microbios. Y vivimos con ellos en una situación de mutualismo: nosotros les proporcionamos nutrientes para su supervivencia y ellos nos permiten estar más saludables. Es una especie de pacto que hace que seamos como somos y vivamos como vivimos.

¿En realidad más que un solo individuo somos multitud?
Los microbios están por todo nuestro cuerpo; pero más del 95 % se encuentran en el intestino. Y, de ese 95 %, más del 90 %, en el colon. Los cálculos más recientes indican que tenemos un microorganismo por cada célula humana y que el peso global de las bacterias de nuestro cuerpo vendría a ser de unos 800 g. Realmente estamos rodeados de millones de ellos. ¡Hay más bacterias en nuestro organismo que estrellas en la Vía Láctea! Y la mayoría son beneficiosas para nuestro organismo, es más: suelen ser esenciales para la vida.

Entonces, ¿tenemos genes de microbios en nuestro ADN?
Exacto. Tenemos el genoma humano, que está dentro de las células eucariotas. Y luego tenemos el microbioma. El llamado segundo genoma. Aunque, en todo caso, sería un metagenoma: una suma de genomas bacterianos que viven en nuestro organismo.

¿Qué consecuencias tiene este encuentro entre genes y microbios?
Un montón. Una es que las bacterias interaccionan con nuestras células y hacen que sus funciones puedan ser, a veces, distintas. La otra es que modificar el contenido genético humano es muy complicado pero, en principio, a este metagenoma lo podemos cambiar eliminando, por ejemplo, unas cuantas bacterias para que, simplificando mucho, podamos quitar genes que no nos interesan. El microbioma no solo nos descubre que la naturaleza del ser humano es mucho más compleja de lo que imaginábamos, sino que, además, nos revela que hay una parte muy significativa de nosotros que podemos modificar.

 

 

¿Cada persona tiene un microbioma único?
Todos tenemos unos patrones comunes. Se podría usar el microbioma para recapitular la evolución de los seres eucariotas haciendo un árbol filogenético de chimpancés, gorilas, humanos… Te saldría el mismo árbol que usando los genes. Pero también es verdad que en las distintas partes del mundo la abundancia relativa de algunas especies de bacterias varía mucho: en África y en dietas más enriquecidas en fibra existe un predominio de prevotella, mientras que en zonas donde se come más carne o alimentos procesados hay más bacteroides. Y esto puedes ir llevándolo hasta el individuo. Hay tantos genes microbianos que, usando una gran cantidad de marcadores, uno podría incluso identificar a una persona en concreto. El microbioma es como una huella dactilar.

¿Y cómo adquirimos estos microbios?
La mayoría, en el momento de nacer. Aunque si bien es cierto que se está debatiendo mucho sobre si la placenta contiene también microbios, de haberlos habría muy pocos, así que la primera gran exposición ocurre al pasar por el canal de la madre, que nos pone en contacto con los microbios del fluido vaginal, la sangre, las heces y, posteriormente, también de la piel. Se produce entonces una colonización masiva de microbios que, cuando llegan al intestino, generan un estímulo muy potente que activa las células inmunitarias intestinales. Este estímulo inicial es fundamental para que nuestro sistema inmunitario se desarrolle y sea potente a la vez que equilibrado. Durante el resto de nuestra vida, las bacterias de nuestro intestino entrenan constantemente a este sistema, lo mantienen despierto y, a la vez, le enseñan a diferenciar qué células son propias y no tiene que atacar, y qué células son patógenos a los que sí hay que mantener controlados.

¿A qué descubrimientos ha llevado el estudio del microbioma?
Aún estamos aprendiendo cómo funciona y viendo los vínculos que hay entre algunas de sus funciones y determinadas enfermedades. Hace apenas 10 años que somos capaces realmente de caracterizar las bacterias con exactitud. Ahora mismo, estamos intentando simplificarlo todo con dos objetivos. Por un lado, desarrollar una herramienta para distinguir qué pacientes podrían responder mejor o peor a fármacos específicos y cuáles podrían tener más o menos riesgo de desarrollar ciertas enfermedades. Y, por el otro, queremos realizar intervenciones sobre este microbioma para, como he dicho antes, poderlo modular: frenar las bacterias que no nos gusten tanto y potenciar las que nos gusten más. Es un área de trabajo compleja que podría empezar a dar resultados en unos 15 años.

¿Qué efectos concretos puede tener esto en el tratamiento del cáncer?
Una de las grandes revoluciones de los últimos años en este campo han sido los tratamientos capaces de modificar el sistema inmune, de estimularlo para que pueda detectar las células cancerosas y eliminarlas. Y lo que se está viendo es que la presencia de determinadas bacterias puede hacer que respondamos mejor a estas inmunoterapias. A la vez, se está viendo que muchas veces las personas que no responden tan bien a ellas tienen una composición del microbioma distinta o debilitada por tomar antibióticos de forma masiva durante el tratamiento. En estudios con ratones se ha comprobado que, cuando les suplementamos las bacterias pertinentes, los animales empiezan a responder. Así que tenemos señales muy prometedoras. Ahora el reto es ver cómo pasamos del roedor al humano, y qué podemos hacer concretamente para asegurar una mejor respuesta a las inmunoterapias.

¿Con el sida pasa lo mismo?
En IrsiCaixa nos interesa el microbioma porque, de nuestros pacientes con VIH, los que cuentan con más alteraciones en el microbioma son también los que tienen el sistema inmunitario más deteriorado. Lo que queremos es, primero, ayudarles a fortalecer este sistema para que tengan menos complicaciones y, segundo, mejorar la respuesta a las vacunas que estamos desarrollando para, algún día, poder curar el sida.

¡Podemos estarles agradecidos a los microbios!
De hecho también se ha visto que hay cambios en el microbioma asociados al desarrollo de enfermedades autoinmunes como la esclerosis múltiple. Incluso podría usarse para reducir las alergias. Siempre el objetivo es conseguir un microbioma equilibrado. De verdad creo que es un momento muy interesante para la medicina y que, hasta cierto punto, el estudio de los microorganismos impactará en la medicina del futuro.

 

Fotografía: Clara de Ramon