Cuenta una leyenda japonesa que hay personas predestinadas a encontrarse, unidas por un hilo rojo que los dioses han atado a sus meñiques. En nuestro siglo, sin embargo, parece que estos hilos que unen a las personas se están rompiendo. Cada vez hay más gente, pero cada vez más sola. Un problema que afecta especialmente a las personas mayores. ¿Cuántos caminan por la calle con la soledad como única compañera? ¿Cuántos ni siquiera salen de casa? Si los dioses no nos ayudan, ayudémonos las personas. La Dra. Sacramento Pinazo-Hernandis, vicepresidenta de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología y presidenta de la Sociedad Valenciana de Geriatría y Gerontología, nos cuenta cómo hacer frente a la soledad no deseada de las personas mayores.

¿Qué es la soledad?
La soledad es un problema social, porque es el resultado de la falta de relaciones sociales. Pero, además, es la percepción subjetiva de esa falta de vínculos. Muchas personas viven solas y están encantadas, porque ha sido su elección. El problema es la soledad forzada: cuando desearías estar con otros y no puedes. Esta es la situación de muchas personas mayores que han tenido hijos, vida social y laboral, pero que, al final de su vida, se encuentran sin nadie con quien hablar o salir. Muchas experimentan un sentimiento de fracaso en la vida.
Otras, un sentimiento de culpa. Piensan “pero ¿qué he hecho mal?”.

¿Qué lleva a uno a esta situación?
Primero, los hijos que se han ido de casa, o la pareja y los amigos que han fallecido. Segundo, el hecho de que muchas personas mayores no pueden desplazarse solas y muchas otras no tienen ni ascensor en sus edificios. Las pensiones también juegan un papel importante: algunos no pueden permitirse hacer vida social fuera de casa. Por no hablar de las ciudades y de lo poco amigables que son para las personas mayores.

¿En qué sentido?
No solo por los bordillos y demás obstáculos, por el transporte poco adaptado o por la falta de bancos en los parques, sino también por la misma gentrificación: las franquicias sustituyen los comercios de toda la vida y la persona mayor, acostumbrada a pasar siempre por la misma calle y que le salude el de la panadería de toda la vida, se encuentra que de repente pasea por un barrio en el que ya que no conoce a nadie. Así que la soledad no tiene que ver tanto con la edad de por sí, como con circunstancias del envejecimiento que hacen que las personas mayores sean más vulnerables a ella.

 

 

¿Por qué a veces se habla de la soledad como un problema de salud pública?
¡Porque está directamente relacionada con la salud! Las personas que pasan mucho tiempo en casa solas se alimentan peor y se mueven menos. Esto lleva a problemas cardiovasculares, de nutrición, osteoarticulares… La soledad puede contribuir al deterioro cognitivo y al desarrollo de enfermedades concretas, como la depresión, el alzhéimer, la obesidad, el accidente cerebrovascular o la hipertensión arterial. El aislamiento social y la escasez de contacto social, en definitiva, conllevan un mayor riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares e infecciosas y una mayor mortalidad.

En un estudio sobre la soledad en personas mayores, señalas que las mujeres presentan niveles de soledad más altos. ¿A qué se debe?
Por un lado, hay más mujeres mayores que hombres, porque somos más longevas. Pero esa esperanza de vida más larga suele ir asociada a problemas de salud y discapacidad. Además, los hombres que enviudan tienden a buscar una nueva pareja o a irse a vivir a casa de los hijos. Las mujeres, en cambio, suelen quedarse en sus casas, solas. Así que, si unimos el hecho de ser viuda con menores ingresos económicos y más probabilidad de pérdida funcional, tenemos ahí un coctel de circunstancias que propician más la soledad en mujeres que en hombres.

A principios de año fue noticia que, en Japón, cada vez son más las personas mayores que cometen pequeños hurtos para ir a la cárcel y sentirse menos solas. Este es un caso extremo, pero, de todos modos, ¿qué se podría hacer para evitar situaciones así?
La soledad es uno de los males de nuestros tiempos. El filósofo Zygmunt Bauman ya hablaba de las sociedades líquidas, en las que las relaciones sociales son cada vez menos fuertes. Por un lado, están Facebook y WhatsApp. Allí tenemos un montón de amigos y, cuando ya no queremos a alguien en nuestra red, lo borramos con un clic. Pero estas sociedades, donde todo es de usar y tirar, no van con el tempo de las personas mayores. Ellas no quieren ni están acostumbradas a las relaciones rápidas. Así que, en este mundo de la inmediatez, quizás deberíamos aprender de ellas a tener un poco más de paciencia.

¿Qué se hace actualmente para luchar contra la soledad?
Entre los programas más eficaces están los de visitas domiciliarias, los que intentan que las personas salgan a la calle y socialicen, y los que fortalecen las capacidades relacionales, como el programa Siempre Acompañados de la Obra Social ”la Caixa”. También hay programas intergeneracionales, en los que la persona mayor amplía su red social y comparte sus conocimientos y experiencia con niños o jóvenes, o los que se basan en llamadas telefónicas semanales de voluntarios e incluso los que funcionan a través de Skype. Y también hay iniciativas en residencias, porque vivir en compañía no siempre significa no sentirse solo. En esos casos, los programas más frecuentes son los de la terapia asistida con animales, los programas de risoterapia y la horticultura.

¿Y los programas en los que son las personas mayores las que hacen voluntariado?
Esos son, para mí, programas con un potencial tremendo. El sociólogo Erik Erikson decía que en las etapas finales de la vida necesitamos ser generativos: dejar un legado, algo que nos sobreviva. Esa generatividad incluye las obras que uno ha hecho, como lo de “escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo”. Pero también la ayuda que uno presta a otros a través de la participación cívica y el voluntariado. Estaríamos hablando del bienestar eudaimónico: sentirse bien haciendo que los otros se sientan bien.

En la literatura y en la filosofía se pone mucho en valor la soledad. Ahí están las Soledades de Góngora; o Arthur Schopenhauer, que veía en la soledad la verdadera libertad. ¿Se puede hacer de la soledad algo positivo?
La soledad es positiva cuando alguien elige encontrar un momento para sí mismo, para desconectar de los ruidos externos, de la música o de las series (algo cada vez más difícil con esos dispositivos móviles que nos llevamos hasta al dormitorio). Pero seguimos necesitando esos momentos de reflexión. Si enlazamos una actividad con otra, unas personas con otras, nunca llegamos a estar solos con nosotros mismos. Y únicamente en esa soledad podremos poner orden a nuestro caos interno. Parece que, si no estamos con otros, no somos. Y en cierta manera es así: porque es en comparación con el otro como uno descubre quién es. Pero, a la vez, tenemos que desarrollar nuestra propia individualidad. Y, para conseguirlo, la soledad es imprescindible.

 

Fotografía: Rita Puig-Serra