Nacer en una familia de colores en el corazón de Río de Janeiro te pone muchos pasos por delante de la humanidad en cuestiones de diversidad. Es el caso de Angélica Dass, una niña que no comprendía que hubiese una pintura escolar de “color carne” cuando ella era de carne y de color chocolate. Una mujer que decidió fotografiar a su familia y acabó poniendo delante de la cámara a más de 4.500 mil personas para Humanae, un proyecto fotográfico en el que ha obtenido la paleta de colores Pantone de la humanidad, desterrando así la idea de razas y los estereotipos que las caracterizan. Un proyecto que ella misma ha estado presentando en varios centros CaixaForum del territorio.

¿Por qué nos importa el color de la piel?
Hubo un momento en la historia en que se decidió que algunas personas eran menos humanas que otras, y el criterio que usaron para esto fue la apariencia física. A partir de ahí, empezamos a crear esa narrativa en la que deshumanizamos a las personas por su apariencia. En mi trabajo en Humanae, he fotografiado a personas que tienen exactamente el mismo color pero una de ellas tenía el pelo afro y otra era una niña rubia, y te puedo asegurar que su experiencia vital es distinta. Por eso insisto en que hay que hablar de apariencia física, además del color de piel.

Me hablas de historia. ¿Que a la gente le importe el color es una reminiscencia de ese pasado de esclavitud o es que aún hoy se sigue educando en la desigualdad?
Lo que ocurre es que esa historia ha sido el punto de partida para estereotipos que mantenemos hasta hoy. Tengo muchos libros que hablan del concepto de raza, algunos fueron publicados en 1968 por un antropólogo director del Museo del Hombre de París. Probablemente, mis profesores estudiaron creyendo que existían diferentes razas y que mi capacidad de aprendizaje era diferente. Por eso es fundamental estudiar el pasado, para entender cuáles son las mentiras que seguimos manteniendo como verdades.

 

Angelica Dass y su proyecto sobre diversidad cultural

 

Justamente te preguntaba si era una cuestión de educación en la desigualdad, porque tú naciste en una familia de colores y no te llamó la atención esa variedad hasta que saliste al mundo.
En mi trabajo es fundamental la celebración de la diferencia. En mi casa, esa diversidad era natural. Imagina además el historial que tiene el país del que vengo [Brasil], que ha sido el último país del continente americano en abolir la esclavitud (1888) y el tráfico de seres humanos desde el continente africano. Eso significa que los que fueron esclavos al final del siglo XIX siguieron cargando esta mochila invisible de deshumanización durante todo el siglo XX y hasta hoy.

Tú te diste cuenta cuando llegaste a la escuela de que para otros niños y niñas esa diversidad no era natural. Y no comprendías aquella pintura “color carne” que no se correspondía con tu carne. ¿Crees que se educa en utilizar el resto de colores?
Cambiar la narrativa requiere mucho esfuerzo y una sociedad entera que de verdad quiera hacerlo. Hay que trabajar en la educación y con un método diferente, que no diga “eso no es color carne”, sino “piensa en los colores que ves en tu clase y compárate con este color que llamamos carne, ¿es correcto?”. Diálogo. Cuando pones ese ejemplo a los niños, rápidamente ellos se corrigen y se lo llevan a casa. Esa es la manera de cambiar, entender que hay muchos seres humanos en este planeta que jamás encajarían en esta narrativa del color carne. 

Hablas de provocar diálogo y, efectivamente, tu proyecto ha generado una participación masiva, un diálogo, una reflexión sobre cómo nos tratamos los unos a los otros. ¿Qué frutos has percibido tú que está dando?
Me escriben muchos adultos que me cuentan cómo Humanae les sirve de referencia en las discusiones. “Cojo el teléfono y les enseño Humanae”, me dicen. Por eso las fotos están colgadas on-line, son una herramienta para empezar el diálogo. También por eso me expongo en tantas conferencias y en idiomas diferentes, así más gente puede empatizar.

¿Y los más pequeños?
En las escuelas pido a los profesores formularios de feedback y tengo testimonios que dicen que los chistes sobre la nacionalidad de otros alumnos en clase se han acabado porque perciben que de verdad hacen daño al otro; o “en mi clase nadie más habla sobre el lápiz de color carne, porque si habla, son los compañeros quienes le corrigen”.

Precisamente el diálogo es la herramienta que utiliza el proyecto de Intervención Comunitaria Intercultural de la Caixa, que busca fomentar el diálogo y la convivencia entre vecinos de diferentes orígenes y culturas en barrios con una alta diversidad cultural. ¿Te parecen necesarios este tipo de proyectos?
Creo que son extremadamente necesarios. Qué increíble y qué falta de memoria la ausencia de esa convivencia en un país como España, que es un país que ha dado inmigrantes a todo el planeta. Me parece necesario conectar a esos vecinos, y también hay que conectar con uno mismo y recordar. 

Recordar que todos somos migrantes…
Eso. Siempre recomiendo la definición de la RAE de emigrar. La primera acepción dice: “dicho de una persona: abandonar su propio país para establecerse en el extranjero”. La segunda es muy curiosa, “abandonar la residencia habitual en busca de mejores medios de vida dentro de su propio país”; la mejora se asocia a una emigración interna. Y la tercera es la más bella de todas: “dicho de algunas especies animales o vegetales: cambiar de lugar por exigencias de la estación, de la alimentación o de la reproducción”. Olvidamos que, como humanos, somos un animal más en este planeta y migrar es parte de lo que somos. Y, como españoles, somos una nación de personas que emigraron en muchos momentos de la historia. Y añado una cosa más sobre migración: yo siempre empiezo mis talleres de pintura con niños celebrando la primera familia de Homo Sapiens que decidió migrar desde el continente africano. Es por esa primera familia que hemos ocupado el planeta entero. 

Ahora con el tema de la COVID-19, queda todavía más claro que el concepto de raza es una construcción. Cuando se supo que venía de China, hubo una fuerte aversión a esa población, al menos en España. Pero ellos comenzaron a ayudarnos, y empezó a deconstruirse esa visión racista. ¿Qué crees que vamos a sacar de esta crisis?
Es un buen momento de reflexión. Mi primer pasaporte es el brasileño. Pero gracias a mi pasaporte español, viajo por el mundo, y es el que utilizo cuando quiero entrar en Estados Unidos, y la sensación que he tenido estos días allí es que mi pasaporte español apestaba. Creo que vamos a pasar por un momento inédito y es que el pasaporte europeo, que era oro, ahora no lo es. Y espero que eso nos sirva de lección.

Volviendo a la parte personal de tu proyecto. Recibes mensajes muy emotivos porque la gente ve en Humanae un espejo. ¿Esperabas ayudar de manera tan personal a la gente con tus fotografías?
No. Cuando empecé ese trabajo pensaba en contar lo que veía en mi casa, pero con las primeras fotos me di cuenta de que no estaba hablando de mí. Y cuando decidí presentar esas cuestiones vi que no estaba sola, y ese es uno de los mayores regalos que he recibido de Humanae. Otra cosa que entendí es que había que trabajar de manera interdisciplinaria sobre una temática que no va a desaparecer si no hablamos de ella, que es la discriminación.

Y tú la has sufrido. De hecho, en tus conferencias cuentas historias que llaman la atención, sobre todo habiendo nacido en 1979, como la del ascensor de ese edificio de clase alta en el que no te dejaron subir.
La verdad es que tampoco incido mucho en ello, porque entiendo que el público sabe que ser una mujer afrodescendiente e inmigrante en este planeta supone que hay muchas cosas en mi día a día que van a ser más complicadas y dolorosas. Pero tengo muchas historias sobre cómo he sido deshumanizada. Hace muy poco tiempo, cruzando la calle San Bernardo con una amiga, me gritaron “cerda africana”; he sido seguida en tiendas… Y he tenido respuestas para todos porque, como me han pasado tantas cosas, tengo muchas herramientas. 

Sigue habiendo racismo y cada vez tenemos sociedades más diversas. ¿Qué peligro corremos si no desterramos la idea de “raza” y la discriminación racial?
Yo es que creo que siempre avanzamos. Puede que haya miedo a perder derechos, a retroceder, pero seguimos luchando. Si yo hubiera nacido en 1968 en lugar de en 1979, en Estados Unidos habría sido ilegal que me casara con una «persona de otra raza». En los noventa, aún teníamos en Sudáfrica el apartheid. En Brasil, tienen el mayor número de crímenes LGBT de planeta, junto con México. Acabo de volver de Estados Unidos y aún hay barrios con red line que son solo para afrodescendientes. Y no estoy hablando de los años 60, estoy hablando de Cleveland (Ohio), donde yo viví en diciembre del 2018, y donde si alguien tenía miedo de mí en la calle, podía dispararme diciendo que era en defensa propia. Estamos mejor en algunas partes del planeta y debemos utilizar nuestro privilegio para ayudar, por eso Humanae tiene una perspectiva global. 

Ahora, cuando miras tu trabajo, ¿qué ves en toda esa paleta de colores?
Veo un montón de diferencias y similitudes. Es un lugar donde puedes interpretar a cada uno como un único individuo, pero a la vez como parte de un colectivo. 

Para terminar, quería comentarte que me llama la atención que hablas del color de uno de tus familiares como “el color de las tortitas”, o del de tu marido, del que dices que es “como una langosta quemada por el sol”. Y tú, ¿de qué color eres?
Yo siempre digo que yo soy un chocolate con mucha leche. De esos que son muy dulces, grasiento. He decidido que iba a ser dulce porque ya había demasiado dolor en mi narrativa. Cuando hablo en las conferencias de que tengo el objetivo de transformar todo esto en amor, lo hago de una manera completamente honesta.

 

Entrevista: María G. Aguado