Mejor Opera Prima en la Berlinale, Biznaga de Oro en el Festival de Málaga, tres premios en el festival BAFICI de Buenos Aires, Premio Especial del Jurado en Estambul, ocho nominaciones a los Goya… Para muchos, Verano 1993 es la película del año. Pero para Carla Simón es, literalmente, la película de su vida: de cómo su madre murió de sida cuando ella tenía seis años, de cómo se adaptó a una nueva familia compuesta por sus tíos y prima pequeña, y de cómo se convirtió en una joven cineasta brillante, capaz de conmovernos a todos.

¿Sabías que iba a gustar tanto, que habías dado en el clavo?
¡Qué va! Yo un día antes de ir a Berlín aún estaba trabajando en el film. Cuando después del pase encendieron las luces y vi que la gente estaba llorando pensé: “¿Qué hemos hecho?”.

Que gente de todo el mundo entienda lo que querías contar.
Sí, esa conexión con el público es mágica. No hay receta. A veces pasa y punto.

¿Y qué querías contar?
Quería hablar de cómo los niños se enfrentan a la muerte desde mi punto de vista. Mostrar que los niños son niños, a pesar de que vivan situaciones dramáticas y tengan su lado oscuro. Ellos no dejan de reír, jugar y pensar en otras cosas.

¿Cuál fue el punto de partida?
Que no lloré el día en que murió mi madre y eso me hacía sentir culpable. Por eso el principio y el final de la peli tenían que ser los que son.

 

 

¿Lo que ocurrió aquel verano es lo que te convirtió en cineasta?
Es probable. Para hacer cine se necesita ser muy resistente. Y cuando te pasa algo así de pequeño, eso lo ganas. Yo salgo adelante pase lo que pase.

De hecho, lograste una beca de la Obra Social ”la Caixa” para estudiar en la prestigiosa London Film School.
Uf, eso fue como si me tocara la lotería. El hecho de estar lejos y hablar con gente de backgrounds tan diferentes hizo que le diera más valor a lo que me definía a mí: mi sitio, mi gente, mi familia… Encontré mis historias. Además, hacer cine es muy caro y ahí pude hacer varios cortos con el equipo de la escuela. Fue un proceso de formación brutal. De esas cosas que agradeceré toda la vida.

¿Cuánto hay de ti en Frida, la protagonista?
Digamos que la hice llegar más lejos de lo que llegué yo. Yo no hice lo del río —aunque igual en el fondo me hubiera gustado—, yo no le llevaba cosas a la Virgen y, aunque sí me escapé de casa, no llegué tan lejos, ja, ja.

La película habla del sida, pero solo de refilón.
No supe que mis padres habían muerto de sida hasta los 12 años. Entonces, si el punto de vista era el de una niña, la palabra no podía salir. Hace años hice un documental sobre el sida, Born positive, y me di cuenta del estigma que hay todavía sobre el tema, pero prefiero las historias personales que detrás dejen intuir cosas más grandes.

¿En qué te ha cambiado Verano 1993?
En los 3 años de hacer la película he crecido como 10, profesional y personalmente. He leído mucho sobre psicología infantil y adopción, he reconectado con mi historia (lo tenía todo muy cerrado y digerido), he dirigido a todo un equipo, no he parado de viajar… Imagínate.

¿Y qué sueño te queda por cumplir?
¡Seguir haciendo películas! Para mí lo importante es que cada una te abra la puerta de la siguiente. Lo que quiero es poder dedicarme a esto, que es lo que me hace feliz.

 

Entrevista: Ana Portolés
Fotografía: Rita Puig-Serra