¿Podemos hablar de ciudades inteligentes cuando su tecnología no se adapta a la diversidad de la población y deja atrás a las personas con discapacidad? La respuesta es un rotundo no. Primero, porque ellos son ciudadanos de pleno derecho y agentes del cambio social. Y segundo, porque todos tenemos capacidades, pero también discapacidades, en algún momento de nuestra vida. La tecnología será democrática o no será. Las smart cities sin solidaridad no son inteligentes.

Lary León es la coordinadora de proyectos y contenidos de la Fundación Atresmedia, y transmite una idea muy clara: “Las tecnologías que no se adaptan a las personas con capacidades diferentes están perdiendo riqueza”. Para León, si optimizamos las herramientas pensando en las personas con discapacidad, ayudaremos a toda la población, por lo que no se trata de un nicho pequeño de mercado. “Pensemos en las rampas”, apunta. “No solo sirven para las personas con discapacidad en sillas de ruedas; cualquiera que se rompa una pierna agradece una rampa en un momento dado. Se nos olvida que el índice de discapacidad sobrevenida es muy elevado, por enfermedad, accidente… Así que por la cuenta que nos trae, deberíamos aunar esfuerzos para que todos tengamos los mismos derechos”, anima convencida. “Y no hablo solo de ganar dinero, sino riqueza personal. Es muy enriquecedor cuando tienes que ponerte en el lugar de alguien que hace las cosas de forma diferente, investigar. Se aprende muchísimo. La gente, alrededor de las personas con discapacidad, abre los ojos, piensa: ‘¿qué es ser normal y qué no?’”.

Escuchándola a ella y al resto de ponentes del B-Debate titulado “Integrative Societies and Disability”, organizado por Biocat y la Obra Social ”la Caixa”, queda patente la necesidad de un cambio de paradigma. Pasar de la falta de poder al empoderamiento. De “permitir” la colaboración de las personas con discapacidad física e intelectual a disfrutar de su contribución activa en la sociedad. Del modelo médico-rehabilitador al modelo biopsicosocial. De la institucionalización masiva a respetar la voluntad de cada persona. Tal como destaca Facundo Chávez, asesor en derechos humanos y discapacidad en la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, “por fin estamos abandonando el enfoque de normal – no normal. Ahora el gran reto es ver cómo vamos a incluir a estas personas en los cambios que habrá en los próximos años, cuando el 80 % de la población viva en ciudades”.

La buena noticia es que ya no solo las administraciones públicas se sienten interpeladas. Empresas privadas como Google o Amazon han empezado a vigilar si se cumplen los derechos humanos en este sentido. “La responsabilidad es de todos los agentes implicados en la discapacidad, que somos todos”, reclama Lary León. “Incluso de niños y profesores, ya que la educación tiene un papel importantísimo. Y las personas con discapacidad también tenemos una enorme responsabilidad, no solo para dar voz a las necesidades, sino como espejo a esa naturalidad y normalización”, explica la experta desde su amplia sonrisa.

Al final, la solidaridad es más importante que la tecnología. Según Karen Heinicke-Motsch, asesora global en desarrollo inclusivo basado en la comunidad de CBM, “las smart cities sin solidaridad no son inteligentes. Solo son inteligentes cuando tienen en cuenta a toda la comunidad”. En el nuevo mundo, ni una sola persona debe quedar atrás.

 

Texto: Ana Portolés
Fotografía: Rita Puig-Serra