Si eres de los que piensan “Juventud, divino tesoro”, como escribió Rubén Darío, es porque todavía no conoces a Laura Rosillo. Y si eres de los que opinan que los 30 son los nuevos 20, aún tienes mucho que aprender de ella, de su forma natural de entender la época madura, de sus cero ganas de teñirse un pelo plateado que le queda “muy chuli” ni de aparentar menos edad de la que tiene.

Es la guerra de esta mujer de 62 años: luchar contra la discriminación por edad y hacerlo desde la formación en recursos humanos, convenciendo a las empresas de la importancia del talento sénior, discriminado en el mercado de trabajo, porque el edadismo –o discriminación de la gente por su edad–, dice, es la más común de las discriminaciones en el universo laboral.

Después de trabajar siempre para empresas, a los 54 años Laura decidió aventurarse como autónoma para entregar su vida al age management. Colabora con la Obra Social ”la Caixa” dando charlas de lo más revitalizadoras, como la que dio en la jornada Incorpora “Sumamos Talentos” el pasado 30 de mayo en CosmoCaixa Barcelona.

¿Qué es la “madurescencia”?
Es la ilusión de recuperar sueños de infancia y de juventud. Es decir “¡Ahora es un muy buen momento!” al llegar a una cierta edad y tener la sensación de que la vida se te ha quedado corta, que has cumplido algunos de tus sueños, pero que tiene que haber algo más. Hay quien rompe con todo y hay quien se conforma después de entrar en una crisis profunda con el mundo, que tiene mucho de creativa.

¿Y si me asusta la vejez?
No envejecemos igual que hace 50 años. Ahora a los 50 me queda por delante muchísimo tiempo, y esa segunda edad puede ser una época preciosa de crecimiento y de retomar viejos sueños. Prefiero hablar de longevidad y de disfrutar de mi madurez que de vejez y estar enfermo. La medicina mejora nuestra vida cotidiana.

 

 

¿Qué sueños has cumplido tú?
Yo de pequeña quería ser monja misionera y cuando llegué a la adolescencia soñaba con ser reportera de guerra. Pero la vida hace contigo lo que le da la gana. Estudié filología y dediqué toda mi vida a la formación y a los recursos humanos. Cuando decidí dejar de trabajar para empresas y empezar por mi cuenta, fue como recuperar lo del reporterismo de guerra, porque la lucha contra el edadismo es mi verdadera guerra. ¡Y este verano quiero aprender a pilotar drones!

¿Lo de monja y corresponsal queda descartado?
Descartado, además son dos profesiones en extinción.

Hay quien piensa que vivimos demasiado.
Y estoy de acuerdo, pero lo importante no es cuánto vives, si llegas a los 80 o a los 100, sino que hayas vivido momentos de intensidad, momentos en los que hayas dejado algo.

¿El mundo está preparado para abandonar la obsesión por la juventud?
Aún no. En el mercado de trabajo se discrimina a los mayores de 50 y a los menores de 30. Pero los mayores de 50 tenemos las de ganar, porque en nuestro país ya somos el doble que los de 18. Somos la nueva mayoría. El imperio de la juventud se ha acabado.

Pero todavía se os trata como una minoría.
Sí, y lo que es peor, como a enfermos, cuando yo creo que estoy en mi mejor momento.

¿Cuál es el mayor activo de los mayores?
La experiencia enfocada hacia el futuro, no para ser un abuelo “cebolleta” que cuenta historias, sino para resolver historias que se han dado en otro momento de nuestras vidas.

¿Y las nuevas tecnologías?
Pues las sumamos. Es un prejuicio pensar que los de nuestra generación no estamos digitalizados. Yo empecé trabajando con una máquina de escribir, después me dieron un ordenador y más tarde, un smartphone. Pero era más complicada la máquina de escribir, así que he ido sumando tecnologías.

En tu estado de WhatsApp dices que eres una bimilenial.
Claro, porque he vivido en dos milenios. Como con las tecnologías, sumo la cultura del siglo xx y la del xxi. Soy estudiosa y disciplinada, con valores del siglo xx, aunque en realidad me identifico con todo lo que se dice de los milenials, porque no quiero trabajar en una empresa de 8 a 15 h, soy solidaria, quiero viajar y acumular experiencias.

¿Cómo convences a las empresas de todos estos valores?
Haciéndoles ver que las máquinas y las empresas envejecen, pero las personas evolucionamos, porque tenemos un cerebro de plástico que se adapta a la realidad que nos rodea. En todo equipo hace falta un sénior que aterrice con aquella maravillosa idea que seguramente ha tenido un joven. Nosotros vemos su viabilidad. Y también sabemos transmitir los valores de la empresa. Es posible que una persona mayor que esté en un rincón sepa mejor que nadie cómo es esa empresa, cuáles son sus diferenciales y cómo funciona.

¿Se puede ser más feliz a partir de los 50?
Eso dicen, que bajan las posibilidades de tener una depresión. Empiezas a disfrutar de las pequeñas cosas, y ¿qué es sino la felicidad? También eres más consciente de tus capacidades y limitaciones. Y además, con los robots, que acabarán haciendo todos los trabajos de esfuerzo, cada vez será más importante el talento que la energía. ¡Aunque, bueno, yo creo que tengo más energía ahora que a los 20!

Entonces los 62 son los nuevos…
Yo no creo en eso. A mí me gustan mis 62. Los he vivido uno detrás de otro y a todo trapo. No quiero rejuvenecer, quiero vivir mi madurez a tope. Por eso decidí no teñirme: me encanta el color plateado de mi pelo, es mucho más “chuli” que el que tenía cuando me teñía. Reivindico mi sabiduría, mi cuerpo, y mis 62 años uno a uno. No renuncio a los 62, solo quiero llegar a los 63.

 

Texto: Germán Aranda
Fotografía: Laia Sabaté