Dicen que, si hay algo que diferencia a niños y mayores, es que los primeros siempre sueñan con cosas que no han ocurrido mientras que los segundos solo recuerdan lo que ha ocurrido ya. Nuestros abuelos tienen todo el pasado por detrás. Son los guardianes de unas historias que corren el riesgo de perderse en el olvido; a menos que nos sentemos a escucharlos y nos convirtamos, a su vez, en los nuevos guardianes de su memoria. Y así, de generación en generación. Hoy celebramos el Día de los Abuelos en CaixaForum Barcelona con la artista Ana Garcia-Pineda y su obra La curva del olvido: un homenaje a la memoria de su abuela, que es también la memoria de todos nosotros.

Junto a obras de artistas de renombre internacional como Bill Viola, Smadar Dreyfus o Harun Farocki, la pieza de esta artista de Sabadell forma parte de la exposición “Turbulencias. Colección ”la Caixa” Arte Contemporáneo” de CaixaForum Barcelona, comisariada por Nimfa Bisbe, que interroga críticamente nuestro mundo y nuestra historia con un objetivo: despertar nuestra conciencia y agudizar nuestros sentidos frente a todo aquello que nos rodea.

¿Ana, cómo se encuadra tu obra en este contexto?
La curva del olvido es un vídeo en el que rindo homenaje a mi abuela, quien siendo aún muy niña tuvo que huir sola de su pueblo en Andalucía para vivir una vida de adulta. Entró a servir en una casa, donde a ratos se hablaba un idioma secreto y prohibido que ella no entendía: el catalán. Hablar de su historia es también hablar de toda una generación que vivió la Guerra Civil, la Dictadura y la Transición. Una generación a la que asesinaron y torturaron hasta meterla en una cajita de miedo. Muchas de las personas que vivieron esa época ya no están y sus historias se están perdiendo. Recordarlas es comprender el ahora y entender parte de lo que somos.

Es interesante el paralelismo que construyes entre memoria histórica e individual.
Es una pieza paradójica, trata la memoria histórica a través de la vida de mi abuela, que murió de alzhéimer. Tanto el alzhéimer como las dictaduras son una enfermedad, un monstruo despiadado que se alimenta de la identidad de las personas. El alzhéimer no es un monstruo ideológico sino físico, pero también despoja a la persona de lo que la hace ser ella misma, de sus recuerdos… hasta que lo único que queda es un cuerpo que se olvida de hacer de cuerpo.

 

 

¿Cómo era tu relación con tus abuelos?
Yo tuve la suerte de crecer con ellos. Para muchas familias de la generación de mis padres, contar con su apoyo era la única forma de salir adelante. Soy muy afortunada de haberlos tenido en mi vida. Por eso creo que, cuando un niño que tiene abuelos no pasa tiempo con ellos, sufre una gran pérdida.

¿A qué te refieres?
Las personas mayores nos enseñan otra perspectiva de la vida, y eso nos enriquece. Todos tenemos algo que aportar, y eso debería garantizarnos un espacio en la sociedad. Si alguien no lo tiene, hay que hacerle sitio.

¿Hay alguna historia que te contara tu abuela que recuerdes especialmente?
Mi abuela se llamaba Armonía. Fue su padre quien le puso ese nombre en honor a la heroína de un libro. En su pueblo, la abuela tenía dos amigas: Libertad y Flor. Después de la guerra, las tres tuvieron que cambiarse el nombre, ya que los únicos permitidos eran los del santoral. De hecho, yo conocí a mi abuela con el nombre que le puso la funcionaria del registro: Dolores. Los falangistas habían matado a su padre y la dictadura le arrebató lo último que le quedaba de él…

En la pieza, cuando hablas del alzhéimer de tu abuela, dices “lo intentamos todo, fracasamos siempre”. Contra el alzhéimer no se puede luchar, pero ¿puede hacerse más llevadero?
El alzhéimer es una enfermedad terrible, tanto para la persona que lo padece como para los que la quieren. El paso del tiempo es más tangible. Mientras que un bebé cada día aprende algo nuevo, en el alzhéimer cada día hay algo que se olvida. Eso sí, la música a veces funciona como puente. Mi abuela, en sus últimos días, seguía cantando las canciones de su juventud.

También abordas la memoria a través de los cuentos, de la transmisión oral…
Si hay un hilo conductor en toda mi obra es el lenguaje. Me interesa jugar con él para construir realidades paralelas. Creo que si la gente conecta con La curva del olvido es porque hablo de una historia compartida, la cuento.

A veces los abuelos me recuerdan a los hombres libro de Fahrenheit 451, guardianes de un conocimiento que desaparece con ellos.
Contemplas solamente la parte dulce de la vejez, esa que todos querríamos para aquellos que amamos, una vejez en la que solo se ha desgastado el cuerpo. Pero a veces se intercambian los papeles: el cuidador pasa a ser cuidado.

Así que no se trata de pasar tiempo con nuestros abuelos porque nos vayan a transmitir una historia. También nos van a enseñar cosas intangibles que tienen que ver con el cuidado: yo me convertí en madre sin hijos. Te puede parecer triste, pero también es bonito, porque forma parte del ciclo de la vida, de cuidar de quien en algún momento te cuidó a ti.

 

Entrevista: Patri Di Filippo
Fotografía: Rita Puig-Serra