Javier Hernández nació en Zaragoza, en 1979, sin brazos y con una pierna más corta que la otra. Siempre ha querido hacerlo todo con todos: casi siempre con los pies, cuando los demás lo hacían con las manos, pero con todos, siendo uno más. Hoy Javier da charlas por todo el mundo, ha trabajado de periodista deportivo, es el tercer europeo en sacarse el carnet de conducir con los pies, y con 33 años y tras solo tres de entrenamientos ganó un diploma olímpico en natación en los Juegos Paralímpicos de Londres. Sin duda, un tipo increíble, del que los chavales que participaron en el Campus Desafío Emprende 2018, organizado por EduCaixa, pudieron aprender de todo y más sobre el emprendimiento que practicamos todos al vivir la vida.

¿Qué es el emprendimiento para ti?
Suele estar muy ligado a lo profesional, pero a mí me parece que la mayor empresa a la que nos enfrentamos a diario, desde que nacemos, es nuestra propia vida. ¿Qué queremos ser? ¿Cómo queremos ser? Ese tipo de construcciones y proyectos son los más importantes. Mi experiencia es un caso de emprendimiento personal, seguramente no con todos los recursos, pero nadie los tiene todos. Emprender no consiste en empezar una partida con todas las cartas en la mano, sino con las cartas que te han tocado y, con eso, intentar hacerlo lo mejor posible. Yo creo que este es el emprendimiento real.

¿Cuál es el mayor reto de tu día a día?
Haber nacido sin brazos en un mundo que está diseñado para tenerlos. El reto consiste en tratar de, con lo poco o mucho que tengo y lo poco o mucho que me falta, intentar ser siempre lo más autónomo y capaz posible y tratar de llegar a mi cien por cien. Cada uno tenemos uno. Venimos con él de serie, no depende de nosotros. Pero sí depende de nosotros que en el día a día tratemos de alcanzarlo y establecernos en él, por un compromiso con nosotros mismos, y con los demás. Porque siempre he creído que el futuro de todos depende de cada uno de nosotros. Y tenemos que intentar dejar a los que vienen un mundo mejor.

¿Qué opinas de la palabra “discapacidad”?
A mí es una palabra que no me hiere y creo que cometeríamos un error si pensáramos que todo empieza y acaba en encontrar una palabra que suene mejor. Lo que tiene que cambiar es el concepto que socialmente tenemos de ella. Mientras no entendamos que la discapacidad es en esencia una imperfección y que, hasta que no nazca el ser humano perfecto, por extensión todos tenemos una discapacidad, no terminaremos con muchos prejuicios y tabúes que se resuelven con la convivencia.

 

 

¿Por qué es importante mostrar el día a día de las personas con discapacidad?
Mis conferencias no son exhibicionistas ni una clase práctica. Pero creo que antes de la clase de filosofía hay que resolver la de física. Y la clase de física consiste en silenciar el ruido que está en la cabeza de la gente cuando me ven por primera vez y se preguntan cómo lo hago para lavarme los dientes o encender un mechero. Así que suelo poner siempre un par de vídeos breves mostrando situaciones cotidianas que resuelvo con los pies. Para llegar a vernos, a veces tenemos que dejar de mirarnos. Hoy en día todavía nos miramos demasiado. Así que mírame, y una vez que nos hayamos mirado empezaremos a vernos.

No quisiste entrar en la carrera de Periodismo mediante el cupo que hay en las unis para personas con discapacidad. ¿Por qué?
A mí la ley me permite, por tener más de un 65 % de discapacidad —tengo un 90 %—, poder entrar a la carrera que yo desee aprobando selectividad. Este tipo de cláusulas y resortes deben existir, es más, se deben desarrollar e implementar. Pero yo desde niño, gracias al empeño de mis padres y a que el colegio al que fui se atrevió a ponerme en la clase con todos, siempre he querido ser uno más. Y eso ha sido una convicción que no se ha negociado nunca. Así que era una cuestión de coherencia conmigo mismo y de justicia con los demás. A mí, no tener brazos y escribir con los pies, después de hacerlo toda la vida, no me suponía sacar una décima más o menos en un examen.

También fuiste nadador olímpico. ¡Y solo con tres años de entreno!
En primero de carrera aprendí a escribir con los pies poniendo el teclado en el suelo; a los cuatro años trabajaba en el Heraldo de Aragón y en el diario As escribiendo con los dedos de los pies a más de 200 pulsaciones por minuto. No se llega de un sitio a otro en una tarde, está claro. A los 30 años vi que me estaba haciendo mayor y no quería mirar un día atrás y arrepentirme por no haberlo intentado. Obviamente sabía nadar, pero nunca había entrenado. Empecé a nadar una vez por semana y no me podía sentar de las agujetas que tenía. El último año hacía 12 sesiones, 40 horas y 30 kilómetros a la semana. Terminé clasificándome y, de las tres pruebas que nadé, en la de 50 metros espalda me metí en la final. El éxito no es ser mejor que nadie ni ser el mejor en algo, eso es un milagro. La competición real es la que tienes contigo mismo.

¿Qué es el fracaso para ti?
Dejar de intentar lo que sientes que te gustaría o debes hacer. Por supuesto, yo no consigo todo lo que me propongo. Para que te salga algo tienes que intentar mil cosas distintas. Ese es el juego. En esta sociedad se convive tan mal con la derrota que preferimos intentar menos por si no lo conseguimos. Y creo que ese es el peor modelo porque genera una llamada a la inacción, y a la sociedad que no avanza se la lleva la corriente y retrocede.

 ¿Y cómo se hace eso de no tener miedo al fracaso?
Fracasando mucho. Se pierde el miedo a las cosas cuando las conoces. Yo para poner pasta en el cepillo de dientes he tenido que limpiar muchas veces el baño, porque he armado unos follones de cuidado. Todos tenemos fantasmas. Y además, para cada uno, los nuestros, como son nuestros, son los más importantes. Pero si bajas al sótano que está muy oscuro y abres la luz y no ves ningún monstruo, pues, ostras, quizás sea que no existen. Y cuando bajes por centésima vez, entenderás que no tienes que tener miedo al sótano porque no hay nadie.

¿Qué papel tiene la educación a la hora de motivar a los más jóvenes?
Lo que hay que hacer es educarles desde la valentía, desde la acción y desde el intento. Y desde saber que son imperfectos, pero que sean lo más perfectos que puedan.

¿Y hacerles ver que lo que hagan importa?
Un mantra que nos ha afectado mucho a nuestra generación y que espero que no contagiemos a las siguientes es creernos que da igual, que el mundo no va cambiar hagas lo que hagas. Hay que recuperar el activo de cada persona como un patrimonio para el conjunto. Por supuesto que cada cosa que haces sirve para mejorar el mundo; quizás no todo el mundo, pero sí tu mundo. Y el mundo en conjunto es la suma de los mundos individuales de cada uno. El emprendimiento tradicionalmente se ha asociado a pegar el pelotazo y enriquecerse, pero me parece esencial añadirle una visión global y para todos, como se enseña a los chavales en el Campus. Que además de provecho personal haya un retorno, por ejemplo, al lugar en que vivimos. El foco tiene que ser que a todos nos vaya lo mejor posible.

 

Fotografía: Laia Benavides